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LOS DEVORÓ LA SELVA

Feb 24, 2020
6 min read
José Eustasio Rivera

“Tu tienes la adustez de la fuerza cósmica y encarnas un misterio de la creación”

La Vorágine

Irreductible, ¿quién no se ha quedado extasiado observando en el horizonte de los llanos colombo-venezolanos aquella línea perpendicular que se dibuja en la inmensidad de una espacialidad sin fin?  Después de esos largos recorridos, por lo general los viajeros se asientan en pueblos que en su tiempo representaron caseríos y grandes haciendas ¿Pero acaso el llano solo se limita a infinitas extensiones de pasto? No, y eso lo podemos observar con el choque que tuvo Arturo Cova en La Vorágine, al tener que ir en búsqueda de Alicia, raptada rumbo a las caucheras del Vichada. Este imaginario es planteado por José Eustasio Rivera reconociendo una visión del llano más allá de las consideraciones románticas, enfocadas como un ideal de “Embrujo verde donde el azul del cielo, se confunden con tu suelo en la inmensa lejanía.” (Himno del Departamento del Meta, 1979)

Previo a la publicación de la Vorágine en 1924, en la vida de Rivera se registran acontecimientos que influyen directamente en la escritura de esta obra, entre ellos está la denuncia política de la existencia de crisis humanitaria y el abandono estatal que se estaba dando en los departamentos de Putumayo, Caquetá y en la Región Amazónica. Esto se identifica en las obras Las crueldades de los peruanos en el Putumayo y en el Caquetá (1910), El libro rojo del Putumayo (1913) y La Amazonía colombiana (1917). También gracias a su título de Abogado tuvo la oportunidad de viajar a los llanos orientales, junto con la comisión limítrofe Colombo venezolana en 1922, en donde pudo tener un acercamiento más profundo y así viajar a la zona selvática de la Orinoquia.

Ya ubicándonos en la travesía de Arturo Cova, nos encontramos en un contexto donde el llano incluye factores como mestizaje, explotación cauchera, abuso indígena, problemas limítrofes y la vivencia en la selva. Teniendo en cuenta la trascendencia histórica que tiene estos problemas sociales y económicos, se puede considerar la relación del protagonista y algunos de sus personajes  con la idea de lo selvático y su vivencia. Por ello se identifica en la segunda parte de la novela diferentes posturas frente a este imaginario.

Una de ellas consiste en un primer impacto donde la desesperación ante presencia de arboles imponentes y espeso ramaje se apodero de Arturo, quien estaba acostumbrado a la libertad de la llanura, que para él era una cárcel.  Así mismo el se refería a ella como: “! Oh selva, esposa del silencio, ¡madre de la soledad y de la neblina! ¿Qué hado maligno me dejo prisionero en tu cárcel verde?” (RIVERA, 1946, Pag 122). A su vez, cuando Arturo ya había sido víctima de largas caminata, fiebres altas, frecuenes alucinaciones y terrores fomentados en las circunstancias de dificultad de su camino,  su percepción de ella se convierte en una “selva sádica y virgen procura al ánimo la alucinación del peligro próximo. El vegetal es un ser sensible cuya psicología desconocemos” ( RIVERA, 1946, Pag 229).

En contraposición de la experiencia de Arturo, encontramos la descripción de las comunidades indígenas, donde su relación con el ecosistema está fundamentada en la concepción mística de la vida y una estructura social influida por los ciclos vitales naturales. Lo anterior se ejemplifica en la escena donde Arturo despluma a uno de los patos grises muertos, motivo de espanto para la tribu,  ya que “ las almas de aquellos barbaros residen en distintos animales y que la del cacique se asemeja a un pato gris” (RIVERA, 1946, Pag 137). Otro hecho que representa ese misticismo y voluntad que dotan a la selva, fue cuando el Pipa, realiza una toma de Yagé y obtiene las siguientes predicciones:

“Las visiones del soñador fueron estrafalarias: procesiones de caimanes y de tortugas, pantanos llenos de gente, flores que daban gritos. Dijo que los árboles de la selva era gigantes paralizados y que de noche platicaban y se hacían señas. Tenían deseos de escaparse con las nubes, pero la tierra los agarraba por los tobillos y les infundía la perpetua inmovilidad. Quejábanse de la mano que los hería, del hacha que los derribaba (….)”(RIVERA, 1946, Pag 142).

De las descripciones de las dos escenas presentadas, se reconocen dos formas de acercamiento a un ecosistema desconocido.  Uno donde destaca el temor hacia lo ajeno y desconocido.  Otra donde existe un respeto hacia la selva porque es un ente del cual depende del equilibrio vital. Ambos casos reconocen la imponencia e inmensidad selvática, por eso un tratamiento cuidadoso hacia ella, asegurando su presencia vital como ecosistema.

Otro caso que supone una relación totalmente diferente que ha desencadenado horrores humanos y el inicio de una destrucción exponencial de la selva colombiana, es el papel que juega los explotadores de caucho en la novela. Ellos sin tener ese temor o ese respeto hacia la grandeza selvática, ven un espacio virgen y sin protección para ejercer actos criminales y de explotación ilegal del caucho. Esto se representaba en:  violaciones a derechos humanos, masacres, mutilaciones, tortura y destrucción de todo obstaculo a los fines económicos de unos pocos. En la obra esto se manifiesta en distintos niveles de atrocidad y relaciones de poder que enceguecen a todos los que están implicados en el magnánimo crimen.

En un primer nivel esta la esclavitud y matanza de indígenas en la búsqueda de un dominio territorial y una mano de obra para sus negocios. En un segundo nivel están las medidas preventivas frente a todo quien se considere espía o soplón de esos actos, de allí que hayan mutilado al Pipa de la siguiente forma: “¡Este es el espía de San Fernando!  -y vos, animal, replicóle el cauchero corpulentísimo que lo seguía (…) ¡Préstame las uñas pa examinártelas y tirándolo de la coyunda, lo llevaba de rastra, entre las rechiflas de los gomeros, hasta que, furibundo le cercenó los brazos con el machete (…)” (RIVERA, 1946, Pag 316). Por último, en un tercer nivel, se evidencia las disputas de los dueños por alcanzar un mayor grado de explotación cauchera desde la ilegalidad, desencadenando una mortandad de sus mismos participantes. “Todos aquellos ríos presenciaron la muerte de 10!l gomeros que mató Funes el 8 de mayo de 1913. Fue el siringa terrible -el ídolo negro- quien provocó la feroz matanza. Sólo se trataba de una trifulca entre empresarios de caucherías. Hasta el gobernador negociaba en caucho.” (RIVERA, 1946, Pag 283).

Después de las 3 visiones presentadas cabe preguntarse ¿En qué va a consistir la relación del hombre con la selva, después de la publicación de La vorágine, y su continuidad en el presente y futuro? Como se ha tenido experiencia, en la medida que el hombre occidental va conociendo, hay detrás un afán de dominio como cultura y especie dominante. La colonización que se ha venido emprendiendo desde 1525 en Latinoamérica, ha determinado unos arraigos frente a la forma de relación con la naturaleza. Las comunidades indígenas que planteaban una convivencia equilibrada del hombre con su medio han ido sido exterminadas material y culturalmente, predominando el pensamiento occidental.

Ya el miedo que hacía que un visitante no se adentrase más allá de lo conocido, está desapareciendo y al mismo tiempo pone en riesgo la existencia de las selvas Orinoco amazónicas, debido a que la forma de relación predominante después del miedo instintivo es el colonialismo.  Poco a poco ese temor hacia lo selvático se ha ido disipando, manifestandose en una percepción de lo indígena sin salvajismo, una selva domesticada y el abandono de los grupos armados en los territorios. Consecuencia de ello y de los proyectos macroeconómicos, fácilmente se configura un tipo de relación sin respeto a la habitabilidad de otros ecosistemas y culturas originarias. 

De lo que se puede hacer hoy día, teniendo en cuenta la relación presente del hombre occidental y la selva, es tomar consciencia hacia el futuro de la posición respecto a la selva. Considerando las visiones de la Voragine,  podríamos intentar ubicarnos en la de un Arturo Cova, un Explotador de caucho o una Comunidad indígena. A partir de esto lo que queda es responsabilizarnos de alguna de las 3 formas:   1) de la inacción frente a lo que sucede allá en la selva, ajena a mi cotidianidad; 2) del emprendimiento de unas acciones que sigan perpetuando el colonialismo y la destrucción de nuestro ecosistema; 3) comenzar a relacionarnos con la selva, fuente de oxígeno, vida y cultura, desde nuestro rango de acción.

Karen Nataly Peralta Sánchez

 
 
 

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