LOS BURGUESES- COLUMNA DE OPINIÓN
Inaugurando este nuevo proyecto de columna semanal, debo expresar que siento demasiadas ansias al respecto.
En primera, porque la dinámica de una columna presenta la disposición para abrirme en intimidad a un grupo no específico de personas, la cuales, entiendo que tienen sus propias ideas y planteamientos sobre el eco mismo de la existencia y, en segunda, porque en la medida que acrecientan mis análisis, en ocasiones el equilibrio entre lo que hay que acomplejar y lo que hay que aceptar (por alguna forma vaga de llamarlo) se muestra con diversos dientes y mordidas, que en temas críticos filosóficos, pueden plantear discusiones inacabables, así como conclusiones siempre faltantes de precepción por parte de alguna de las ramas del conocimiento.
Pero bueno. A darle…
Hace poco trataba el tema de “los burgueses” con una amiga. Le platicaba a cerca de como entré a trabajar a un periódico y como mi experiencia en los ámbitos de redacción política comenzaban a mermar en entusiasmos, puesto aquellos “de arriba” interferían directamente con lo que buscaba de mis redacciones periodísticas (ya fuese en favor o en contra de tal y cual figura pública) por lo que, y en buena manera, referí que el problema que tenemos como individuos hoy en día, son las constantes jerarquizaciones a las que se nos somete tanto moral y sobre todo, laboralmente, porque bueno, uno puede construirse idealismos en los ámbitos académicos o inclusive parámetros axiológicos emanantes de lo vivido en infancia (que es cuando acumulamos y repetimos la mayor cantidad de valores) pero no es sino hasta ese momento cúspide de la vida (para algunos antes y para otros un poco después) en que trabajas por tus propios anhelos y te das cuenta que (al menos para quienes nos manejamos en este escalón medio de los estratos sociales) las ideas buenas de la gente creativa y esmerada pueden verse inferiores ante quienes (por cuna y suerte) les haya tocado un poco más de beneficios. La meritocracia es ficticia en tanto las reales capacidades con que uno puede aportar a la comunidad, se ven opacas si se les mira a través de la lupa de la fortuna.
Todo esto surgió, a su vez, por una de las declaraciones a las que más reproche he tenido para mí con estimadísima: “Los burgueses son gente bonita, que hace bien a otros…”
¡Alto ahí!
En primera, hay que definir que la mayor parte de la gente que dice “amar a los burgueses”, tal vez no conozca a ni uno… Esto, porque en la medida que la voracidad capitalista aumenta, los estratos cada vez difieren en más condiciones de vida, extinguiendo progresivamente los puntos medios y arrojándonos despavoridos a una radical separación.
Me explico: Hoy en día así se sea un asalariado con demasiados beneficios, el hecho de ser asalariado ya coloca una brecha enorme entre aquel que es dueño y se lleva todo el pastel, a quien apenas le toca un pedazo de la rebanada repartida entre varias personas (así sea un pedazo muy bueno).
El “hacer bien a otros” o “ser bonitos, son en realidad resultados de la voracidad en que compiten por hacer crecer sus vanidades intrínsecas. En buena medida, las condiciones desfavorables que hoy azotan al 80% de la población (al menos para el caso mexicano) vienen no de que la gente no trabaje o no se esfuerce, sino de que, por motivos prácticamente del azar, algunos pertenecen al porcentaje de humanidad que tal vez no posee mayores capacidades y talentos, pero que sí aguarda más malicia; malicia que saben cómo usar para explotar a su propia especie.
El hombre es la única especie que ha fallado como especie. Somos el único ser que disfruta de matar y explotar a sus seres semejantes… ¿Qué los burgueses son buenos y bonitos? Lo son porque así lo han definido ellos (mediante opresiones y deslealtades) y a costa de quienes no han sido capaces de amarse a sí mismos.
Basta por hoy. Con tanto odio por el ser humano, terminaré odiándome yo mismo.
Fosforo III

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