Los bienpensantes

El mundo era un poco menos cruel antes de que los bienpensantes tomaran el poder. O al menos es lo que me han contado. Hubo un tiempo en que, hastiados de tanta violencia, las personas de buenos sentimientos comenzaron a tener un mayor peso entre la opinión pública. “Se ofendían de todo”, me contó alguna vez mi abuelo, sobreviviente de aquella época. En ese entonces, los bienpensantes parecían inofensivos. ¿Quién podría estar en contra de los buenos deseos de unos cuantos jóvenes entusiastas, frente a los muchos problemas que padecía la humanidad? Nadie parecía advertir entonces, hasta dónde llegarían las nobles intenciones de los bienpensantes. Una generación de personas hipersensibles dispuestas a salvar un mundo en franco proceso de autodestrucción. Gente pura, inmaculada, incapaz de dejarse doblegar por las bajas pasiones humanas. O al menos eso era lo que intentaban aparentar.
Comenzaron a prohibirlo todo. Eran tiempos convulsos. Una segunda oleada de fascistas se extendía entre los países más poderosos del planeta. Racistas confesos, dispuestos a culpar de la desgracia nacional a grupos étnicos distintos al suyo, se propagaron como plaga con el único fin de justificar el exterminio de otros, los pobres, los desvalidos. Todo con el objetivo de mantener el poder. El viejo imperio comenzaba su declive, al tiempo que las tensiones geopolíticas entre las potencias emergentes iba a la alza. La migración y el cambio climático eran dos de los principales problemas de aquellos años, cuando la digitalización comenzaba su etapa de consolidación. El internet había dejado de ser un ente anárquico, pues fue justo cuando inició un profundo proceso de privatización del ciberespacio. La industrialización del internet se convirtió en una nueva forma de acumular riqueza. Las redes sociodigitales se volvieron de uso cotidiano y a partir de entonces, todas las personas podían expresar su opinión en la nube, aunque sólo unos cuantos de ellos hicieran un mínimo esfuerzo por primero tratar de entender lo que ocurría a su alrededor. Antes de siquiera tener una vaga idea de qué trataba algún asunto, la gente vomitaba sus prejuicios contra cualquier cosa. Los dogmas ideológicos de todos los colores volvieron a poblar la Tierra. Racismo, feminismo, xenofobia, clasismo, veganismo, capitalismo, socialismo, discursos de género… solían ser temas recurrentes, temas que solían generar largas y enardecidas discusiones entre la gente de aquel tiempo. Una colisión de ideologías en el ocaso de una era que se resistía a morir. Justo el tipo de cosas que suelen exacerbar el fanatismo, tan característico de los años previos a las grandes sacudidas, las grandes guerras. En aquel lejano 2020, todavía no era posible comprar un androide para realizar tareas domésticas; los humanos híbridos apenas estaban en fase de experimentación y todavía no había ocurrido el Gran Apagón Digital, consecuencia de la primera ciberguerra de gran escala, misma que terminaría por sumir en la oscuridad a la humanidad entera durante varias semanas. Pero ese es otro asunto. La historia que yo cuento ocurrió antes que todo eso. Yo la escuché de mi abuelo, quien durante años sufrió la persecución de los bienpensantes. Y todo, por algunas de sus peculiares aficiones literarias. Mi abuelo siempre habló con groserías, a pesar de la censura y las fuertes multas que aquello generaba en una sociedad gobernada por los amantes del orden y las buenas conciencias.
El viejo había estudiado literatura. En aquella época, las carreras universitarias duraban muchos años. Todavía se tenía la idea de que los estudios escolares permitirían conseguir un trabajo bien remunerado. Fue ahí, en la universidad, que mi abuelo descubrió la poesía de ‘los malditos’. Ese acontecimiento cambió su vida, según contaba. De ahí provino su afición por un poeta francés, de nombre Charles Baudelaire, quien escribió un libro titulado Las flores del mal.
“Para mí fue un latigazo, algo deslumbrante, darme cuenta que la poesía podía ser otra cosa. No se trataba solamente de decir cosas bellas, frases repletas de cursilerías. Con ‘los malditos’, descubrí que la poesía podía ser también una manera de revelar el lado oscuro del corazón”, me contó mi abuelo poco antes de morir, en aquellas largas conversaciones que solíamos tener los domingos por la tarde.
Después de aquel descubrimiento, pasó muchos años leyendo autores clásicos, que hoy casi nadie conoce. Cuando los bienpensantes comenzaron a ganar puestos de elección popular, la censura aumentó. Mi abuelo se ponía rabioso cada vez que recordaba aquella época de represión. “Esos cabrones no sabían nada. Trataban de disfrazar su frivolidad e ignorancia con buenas intenciones. ¡Vaya estupidez!”, solía decir, verde de furia.
Los bienpensantes querían acabar con la violencia y todos los males del mundo. Y harían todo lo necesario para conseguirlo. Primero comenzaron a imponer restricciones mayores en el uso del lenguaje. Quien no se expresara con propiedad, de acuerdo a los nuevos cánones, sería sancionado y condenado al escarnio público. Los perros callejeros pasaron a ser ‘perros en situación de calle’, para no sonar discriminatorios contra los pobres canes en desgracia. Hacer cualquier alusión al color de piel de una persona —aún sin hacer uso de esa carga peyorativa tan propia de las clases altas y su insoportable mamonería— era considerado una ofensa terrible, misma que debía ser sustituida por eufemismos ridículos y políticamente correctos como ‘afrodescendiente’ o ‘gente de los pueblos originarios’. Por alguna extraña razón, nadie parecía ofenderse con adjetivos como “pinche güero”, quizá porque se asumía de antemano que el pelo rubio era un privilegio, lo cual, en el fondo, me parecía incluso más discriminatorio, pues era como asumir que tener la piel oscura podía ser considerado un insulto o resultar ofensivo. Desde luego, estas cuestiones nunca han sido fáciles de discutir. Y menos con los discursos de supremacismo blanco que por aquella época comenzaban a germinar junto con todo tipo de expresiones xenofóbicas. En este álgido contexto, el florecimiento de los discursos de odio promovidos contra los pobres, cuyo número aumentaba de manera exponencial junto a la acumulación de riqueza en pocas manos, provocó un efecto de culpa entre una nueva generación de jóvenes provenientes de las clases acomodadas. Un remordimiento que trataban de compensar con retórica y otro tanto de ideología. Por ello, cualquier expresión subida de tono, aún cuando se tratara de una simple broma, sería castigada por los bienpensantes, bajo la premisa de que el lenguaje violento provocaba acciones violentas. Nadie parecía reparar que, en algunos casos, insultar y ofender podía tener un efecto liberador, escupir lepras contra el mundo podía servir también para desahogarse y equilibrar las tensiones de la psique. Y más en una sociedad repleta de histéricos rabiosos y depresivos, como eran aquellos autómatas, presos en la jaula de la ansiedad. “Los imbéciles no se daban cuenta de que a veces es bueno maldecir para expresar lo que duele y seguir viviendo”, decía mi abuelo.
A partir de esa época, todo aquel que no se expresara de manera políticamente correcta, tendría que pagar las consecuencias. La violencia se retiró paulatinamente de los servicios de streamming, del cine, la televisión, la música y los videjuegos. Todas las películas, todas las series, todas las canciones y todos los mensajes con algún contenido violento, por más mínimo que este fuera, podrían ser multadas, modificadas o descontinuadas, si alguna persona se sentía ofendida por algún fragmento de dicha obra, y presentaba la denuncia correspondiente. Luego comenzaron a meterle tijera a la literatura. Yo no conozco mucho de eso, pero para mi abuelo, aquel asunto fue un absoluto despropósito. Sobre todo, cuando empezaron a cambiar pasajes enteros de varias obras de ficción por considerarlas ofensivas y violentas. “Era la versión milennial de la Santa Inquisición”, decía mi abuelo. Así comenzó aquella mutilación de la humanidad y su pasado, siempre en nombre de las buenas conciencias.
Para ello se instauró la Comisión Internacional Contra la Violencia de Género, Clase, Raza y Credo (CCVGCRC o simplemente, la Comisión), un tribunal de expertos de diversas disciplinas encargados de reescribir, reeditar y corregir para bien, aquellas obras que pudieran resultar ofensivas. Uno de los casos más sonados de aquel tiempo, fue el de William Shakespeare. Las obras del legendario Cisne de Avón fueron prohibidas y estigmatizadas por violentas. En su obra Tito Andronicus, por ejemplo, el personaje central, en venganza por la violación de su hija, asesina y despedaza a dos tipos que luego son cocinados y convertidos en pastel de carne, mismo que habrá de ser degustado por su madre, Tamora, quien, sin saberlo, terminó engulliendo a sus propias criaturas durante un gran banquete. “La brutalidad de aquella escena es propia de un sociópata y un mal ejemplo para las nuevas generaciones”, afirmaba el dictamen final donde la Comisión trataba de argumentar que ese tipo de comportamientos resultaban anacrónicos para la época. Ni se diga de las otras muertes horribles que ocurrían en obras como Macbeth y Otelo, el feminicida que asesina a Desdémona por un arranque de celos. Esas obras también fueron mutiladas. Lo mismo pasó con Romeo y Julieta, cuya escena final fue cambiada porque decían que incitaba al suicidio de los jóvenes, un fenómeno que en la época en que mi abuelo era apenas un muchacho, resultaba cada vez más común.
Pero ese no fue el único caso que hizo ruido. Toda la obra de un tipo conocido como el Marqués de Sade fue prohibida por misógino. Prohibieron también Crimen y castigo de Dostoievski porque decían que la célebre novela, que iniciaba con el asesinato de una usurera judía, resultaba doblemente ofensivo al tratarse del homicidio de tintes raciales, podía ser interpretado como un discurso de odio. De Flaubert cambiaron varios pasajes de Madame Bovary con el fin de acabar con la visión heteropatriarcal que predomina en la decimonónica novela, en la cual se calificaba de adúltera a una mujer que en realidad se estaba rebelando contra la opresión del pobre diablo de su marido. El Perfume, de Patrick Süskind también fue retirada de las librerías y las bibliotecas. Ni se diga del loco de Nietzsche, el filósofo cuya idea de superhombre había, supuestamente, inspirado a los nazis para arrasar con poblaciones enteras en los campos de exterminio. La poesía también habría de ser censurada cuando aludiera a las malas conciencias. Rimbaud, Verlaine y el Conde de Lautréamont fueron proscritos por hacer apología de las bajas pasiones humanas. Neruda fue calificado de agresor sexual por un incidente ocurrido en su juventud, en la isla de Ceilán, y también fue censurado. Algo similar ocurrió con el machista de Bukowski y sus prosaicas escenas sexuales que representaban una ofensa para la mujer. La Biblia y el Corán también fueron retirados por contener pasajes violentos que no se adecuaban a los nuevos tiempos, a pesar de la molestia que detonó aquella decisión entre los creyentes religiosos que todavía quedaban.
“Eso no era un mundo libre, sino un mundo lleno de hipócritas”, señalaba el abuelo.
La violencia explícita también fue prohibida de los noticieros, los periódicos y las redes sociodigitales, por considerar que promovía el amarillismo. Los algoritmos de los buscadores de internet fueron configurados para evitar que la gente accediera a contenido que pudiera herir susceptibilidades, e incluso, se promovieron varias iniciativas de ley para detectar la dirección IP para castigar a aquellos usuarios que realizaran comentarios ofensivos contra otras personas. De ahí que el lenguaje soez y políticamente incorrecto se convirtió en una especie de nuevo impuesto, diseñado para fomentar la moderación del debate público. Pero aún con las multas, la gente seguía insultándose sin ton ni son en cada rincón del ciberespacio. Algo inevitable, en una sociedad conformada por gente hipersensible y sobrexpuesta al bombardeo moralista de los medios. Lo mismo pasó cuando, en un acto de buen corazón, algunos gobiernos del mundo prohibieron el consumo de carne para erradicar la violencia contra los animales. Lo único que se consiguió fue generar un mercado negro para la compra-venta de carne. A pesar de que la evidencia científica de aquel tiempo permitía demostrar que las plantas también eran seres sensibles al dolor, la restricción de comer carne sólo era válida para las vacas y otros adorables animales de pezuñas. Los insectos, como eran considerados una especie inferior, quizá por feos, sí podían ser consumidos sin el menor remordimiento. Todo es cuestión de enofque.
Fue así que la Comisión se convirtió poco a poco en una Policía de la Moral, encargada de vigilar y regular la conducta de las personas bajo el canon de los nuevos tiempos, el dogma sagrado de los bienpensantes: todos son culpables de algo hasta que se demuestre lo contrario. De este modo, todos los remordimientos sociales tratarían de ser corregidos por el nuevo orden moral, dictado desde las inmaculadas conciencias de los bienpensantes, encargados de determinar lo que resultaba ofensivo y lo que no.
La gente se fue haciendo cada vez más retraída. Temerosos de meterse en problemas, las personas de aquel tiempo trataban de medir sus palabras en público, para no ser tachados de retrógradas o denunciados ante las autoridades correspondientes. Algo así como el Ministerio de la Verdad descrito por George Orwell en 1984, novela que, paradójicamente, sobrevivió a la censura de los bienpensantes. Pero lo peor, más allá del poder institucional que había adquirido la llamada Policía de la Moral, era la manera en que los grupos extremistas de bienpensantes utilizaban cualquier comentario subido de tono para vengarse de sus enemigos. Bastaba que algún bienpensante encontrara algún comentario políticamente incorrecto en las redes sociales de sus adversarios para ajustar cuentas por agravios cometidos en el pasado. De este modo, un comentario ambiguo podía ser utilizado como un eficaz instrumento de venganza. Sólo bastaba darle la interpretación correcta a cualquier oración mal redactada para desatar la furia de las masas bien intencionadas. Cualquiera que tratara de defenderse de las acusaciones en su contra sería doblemente exhibido, vejado y linchado mediáticamente. En el nuevo dogma bienpensante, no existía la presunción de inocencia. Y bajo el asedio de muchedumbres digitales enfurecidas, a veces resulta difícil demostrar que uno no hizo nada malo. Las pruebas eran lo de menos. Bastaba la sola sospecha de los bienpensantes para condenar a alguien a la hoguera del desprestigio social. Una situación que, además, era bien aprovechada por grupos políticos que veían ahí, un campo fértil para arremeter contra sus enemigos, valiéndose de los grandes medios de comunicación, manejados por una junta directiva de amigos y compadres, un arma letal para amplificar cualquier calumnia con el incondicional respaldo de los siempre inocentes bienpensantes. Una situación doblemente ventajosa para las élites, que enfrentaban menos obstáculos para controlar a una sociedad dividida, la cual perdía el tiempo discutiendo cosas absurdas, tales como si los hombres debían ser hombres y las mujeres debían ser mujeres, o por el contrario, si incrustarse orejas de gato podía ser considerado como parte de un nuevo género poshumano.
En este contexto, la depresión era la coartada perfecta para la apatía social, mientras la culpa era el combustible que alimentaba el ofuscamiento sistemático de los bienpensantes. Esta situación, decía mi abuelo, derivó en una debilidad crónica de la gente que, al ofenderse por todo, hacían escándalo de cualquier nimiedad, una tormenta en un vaso de agua, mientras los grandes temas pasaban prácticamente inadvertidos. Por ello, el abuelo decía que aquella sociedad de bienpensantes era el resultado de una sutil estrategia de control, pues a final de cuentas, resulta más fácil manipular a las masas temerosas que se sienten vulnerables ante todo. Bastaba generar un pequeño escándalo mediático para provocar una gran turbulencia social. Y eso era siempre bien aprovechado por las élites globales que se repartían el mundo a su antojo mientras el grueso de la población peleaba por migajas. La discordia se convirtió en arma de destrucción masiva, pero muchos ni siquiera lo notaron, por estar enfrascados en discusiones sin sentido. “Llegará el día en que será preciso desenvainar una espada por afirmar que el pasto es verde”, solía afirmar un tal Chesterton. “Ese día había llegado”, afirmaba mi abuelo. Y todo, en nombre de las buenas conciencias.
Pero por alguna extraña razón, los bienpensantes poco solían reparar en las consecuencias fatídicas que ocasionaba la acumulación de riqueza en el mundo o las turbulencias económicas promovidas por los especuladores financieros, capaces de difundir rumores que se convertirían, como por arte de magia, en millones de dólares gracias a operaciones de compra-venta a la distancia de un clic. Quizá por ello, la Comisión consideró que los salarios de miseria que pagaban las grandes empresas trasnacionales, las condiciones de esclavitud en que vivía buena parte de la población, no eran consideradas como un acto violento. La Comisión tampoco encontró motivos para decretar la censura del Estado como forma de organización social, luego de que algunos anarquistas y otros cínicos, como mi abuelo, opositores del bienpensantismo, argumentaban que toda Constitución era en realidad una imposición de un grupo social sobre otro y por lo tanto también debía ser considerado como una forma de violencia contra los sectores marginados de la toma de decisiones. Pero al tratarse de una “violencia no explícita”, la Comisión decretó que no había elementos suficientes para censurar los textos constitucionales.
De este modo, la violencia “no explícita”, lo que sea que significara eso, era un tipo de violencia tolerada por los bienpensantes. “Era como meter la basura debajo del tapete”, decía mi abuelo. Las protestas que afectaran el derecho de libre tránsito, uno de los pilares de la civilización, también habrían de ser estrictamente prohibidas y acotadas, pero no así, los casos de represión policial. Por el contrario, el Estado estaba dispuesto a aceptar actos de barbarie siempre y cuando dichos actos estuvieran motivados por los buenos deseos, como por ejemplo, manifestarse contra la extinción de las tortugas, provocada por una epidemia masiva de popotes de plástico en el océano. Las autoridades se habían percatado que esas expresiones de descontento social eran efímeras y tenían un propósito bien acotado: que los sentimientos de culpa colectivos hicieran catársis para que luego todo volviera a la normalidad. De este modo, muchas de las protestas sociales promovidas por los bienpensantes, paradójicamente, permitían administrar el descontento social, soltando las riendas en pequeñas dosis, para evitar que las cosas se salieran de control. Cuando las cosas subían de tono, las imágenes de violencia difundidas en los noticieros una y otra vez, terminaban por herir la susceptibilidad del público y provocaba una oleada de discusiones que se diluían en un par de semanas, tiempo en el que seguramente ya se había logrado detonar algún otro escándalo.
Con estas nuevas normas, el mundo habría de ser en adelante, un mundo sin violencia de ninguna índole, un mundo feliz donde los buenos deseos lograrán imponerse a la monstruosidad de la condición humana. Pero la violencia seguía ahí, latente, como siempre. Los bienpensantes pasaron de oprimidos a opresores, e iniciaron una cacería contra todos aquellos que osaran pensar diferente o tener una opinión contraria a la mayoría. “Decían que era por el bien de todos, pero yo siempre les respondí que por mí podían irse todos a la mierda”, arremetía mi abuelo, a quien le tocó vivir en carne propia la persecución de los bienpensantes. Perdió su trabajo como profesor de literatura en una universidad privada, por un texto que dejó leer a sus alumnos, el cual resultó terriblemente ofensivo para algunos de ellos. El texto en cuestión era Lolita, de Vladimir Nabokov, quien según mi abuelo, fue uno de los más grandes prosistas del siglo XX. El libro causó indignación porque decían que fomentaba la pederastia. Ya se imaginarán el revuelo que causó aquel libro en el año de 2032, en pleno apogeo de los bienpensantes. La manera en que el personaje central corrompe a la sensual nínfula de tan sólo doce años de edad, resultó insoportable para algunas alumnas, que acusaron al abuelo de ser un misógino por dejarles leer algo así. El escándalo llegó a redes sociodigitales y la rectoría de la universidad presionó a mi abuelo para que dejara su cargo como profesor. Aquel incidente, por supuesto lo impactó mucho. Defendía que era estúpido que la mojigatería de los bienpensantes privara a las nuevas generaciones de una de las grandes obras maestras de la literatura universal. Como si el mundo, fuera de sus moldes mentales, no fuera un nido de víboras rapaces, donde la violencia, la corrupción y la maldad andan libres por doquier. El problema de los bienpensantes, afirmaba el viejo, era que negaban la realidad, eran incapaces de aceptar las terribles verdades del mundo, y por lo tanto, resultaban fácilmente heridos por cualquier circunstancia que saliera de su estrecha y sesgada visión del mundo. Trataban de imponer un nuevo dogma, basado en un ideal, donde la maldad del ser humano no tuviera cabida.
“¡No saben un carajo! Hipócritas, ignorantes”, dijo mi abuelo una tarde que se soltó a contarme, largo y tendido, cómo fue su expulsión de la universidad. “La riqueza de la humanidad consiste en la dualidad, en la luz y la sombra que habita dentro de todas las personas. Son los matices, las contradicciones, las que definen la conducta de los hombres y mujeres del mundo, desde el principio del tiempo. Quien no entiende eso, es incapaz de comprender la verdadera dimensión del alma humana. La moral maniquea de los bienpensantes evadía estas cuestiones, trataba de disfrazar la naturaleza humana con una fachada de buenas intenciones, como si el ser humano no fuera también otra cosa. Eran incapaces de dialogar con su propia oscuridad. No se conocían a sí mismos, y por lo tanto, menos aún podían indagar en el corazón de los otros. Por ello solían frustrarse a menudo. La enorme complejidad del ser humano no cabe en la inmaculada conciencia de los bienpensantes. Sólo quien desciende a las entrañas mismas del infierno puede explorar las profundas cavidades de nuestra especie. El ser humano es un animal terrible y maravilloso, capaz de hacer las cosas más sublimes, sentir compasión por los demás, amar sin condiciones… pero el ser humano también es capaz de ser despiadado y vengativo. No existe la maldad, sólo un puñado de gente herida. La maldad proviene de un profundo dolor que busca ser aliviado. Quien no comprende esas cosas, es incapaz de entender la raíz de la violencia. Y la literatura, el arte en general, nos permite aproximarnos a la naturaleza prohibida del hombre, a los paredones más íntimos de nuestra existencia, develando al ser humano desnudo, tal cual es, sin el disfraz que le ha sido impuesto por la cultura y la sociedad. Sólo quien enfrenta su propia sombra es capaz de crecer y desarrollarse espiritualmente. Sólo quien se conoce a sí mismo y ha logrado reconocer su propia maldad, es capaz de vivir en plenitud y controlar al monstruo que duerme en nuestros adentros, ese animal intempestivo que muerde y lastima cuando se siente amenazado. Recuerda bien esto que te digo, querido nieto, pues la vida es un dulce no apto para cualquiera. Aprender a convivir con este mundo obsceno es un acto reservado para las grandes personas. El destino del mundo está en tus manos. No te mientas a ti mismo, no niegues aquellas pulsiones que resuenan en la sangre. El monstruo que habita en tu interior puede ser un gran maestro si le prestas atención. No tengas miedo de explorar el lado oscuro del corazón. Te lo dice un viejo como yo”, dijo poco antes de dar un último sorbo a su vaso de mezcal.
Las palabras del abuelo me impactaron y conmovieron profundamente. A partir de entonces comprendí mejor muchas de sus actitudes, su animadversión a usar un antifaz con el cual pudiera ocultar sus propios fantasmas. Solo quien se vence a sí mismo puede mirarse a los ojos frente al espejo. Es quizá la lección más importante que aprendí del viejo. Cuando el abuelo murió, recordé con enorme cariño aquella larga charla que sostuvimos esa soleada tarde, un caluroso domingo de agosto, sentados en el pórtico de su casa, mirando el jardín. A partir de entonces me prometí que haría todo lo posible por indagar las profundidades de la conciencia humana. Entre todos los nietos, el abuelo decidió dejarme su colección de libros prohibidos. Con el tiempo he comprendido, al menos una parte, de esa fascinación del abuelo por adentrarse en el corazón del otro. ¿Por qué la gente hace lo que hace? Esa es la gran pregunta para la cual no existen respuestas fáciles, ni explicaciones sencillas. El ser humano es una enorme contradicción todavía por descifrar, a diferencia de lo que suelen decir los bienpensantes y sus estúpidas certezas, tan falsas, llenas de remordimientos, tan vacías de sentido.
Conforme fui profundizando en estas cuestiones, cada vez me costaba más trabajo convivir con los demás. Mientras la lectura de los libros prohibidos del abuelo parecían abrirme puertas hacia otras dimensiones, el mundo de los bienpensantes me parecía cada vez más estrecho, más insoportable. “Te pareces cada vez más a tu abuelo”, dijo mi madre un día cualquiera durante la hora de la comida.
Camino a la escuela no dejaba de pensar en esas cosas. Sentado al interior del autobús, saqué el libro de Nabokov. Estuve leyendo durante varios minutos, absorto en la lectura. Una señora de mediana edad, que rondaba cerca de los cincuenta años de edad, se quedó mirando la tapa del libro.
—¿Sí sabías que ese libro está prohibido? Lo escribió un pederasta —dijo molesta.
—Algo había escuchado, pero no me importa. El relato está interesante.
—¡Maldito pervertido! —dijo la mujer antes de levantarse del asiento y marcharse.
Aquel incidente me desconcertó un poco. Me dejó molesto. ¿Qué carajos me tenía que insultar aquella señora sólo por leer un libro, aunque no fuera bien visto? Tras varios minutos tratando de entender lo sucedido, seguía un poco aturdido. Recordé las palabras del abuelo. Tomé el teléfono y escribí un mensaje en mi cuenta de Happshit, la red sociodigital más usada entre personas de mi generación.
“El grueso de la gente anda por ahí tan felizmente enajenada con respuestas fáciles. Pobrecillos. Por eso nunca entienden nada. Acceder a la verdad requiere pensar un poquito, estar atento, no dejarse caer en el autoengaño. Que sigan recluidos en su amargura. Ese es el papel que les toca interpretar en el teatro de la vida. Yo en cambio, prefiero jugar sin tomarme demasiado en serio esta farsa. La vida es un dulce no apto para cualquiera”, decía el mensaje que escribí en mi muro.
No pasaron ni cinco minutos cuando recibí una respuesta en la red sociodigital, de una antigua amiga bienpensante. “Cuánta superioridad moral, mi estimado”, escribió la chica. “Hablas como si fueras la gran cosa, más humildad no te caería mal”, dijo otro tipo con el que había tenido un par de fuertes discusiones en clase. “La gente que atraviesa por una depresión no es pendeja, ni está esperando a que les digas cómo debe comportarse”, dijo otra conocida que, por alguna extraña razón, pareció sentirse aludida por mi comentario. Comenzó el linchamiento. Me sentí molesto. No había escapatoria. La Policía de la Moral estaba en todas partes. Por un momento, olvidé que en esta sociedad libre de “violencia explícita”, toda aquella expresión contraria al credo hegemónico sería debidamente sancionada, no por una autoridad, sino por el escarnio público: la denostación convertida en aparato represor. Luego de algunos minutos, se me pasó el coraje y sonreí, con cierto cinismo. Recordé que esto no era sino una mentira diseñada para tratar de ocultar nuestras deformidades, aquellas que nos hacen irremediablemente humanos. Yo me había rehusado a actuar como uno de esos simples autómatas, tan predispuestos al autoengaño solo para tratar de evadir el dolor. De eso se trataba aquel estúpido juego: fingir una asquerosa mueca de alegría para mantener en secreto aquella otra insoportable tristeza que se esconde bajo la máscara. Ahí es donde anida la violencia, en la absurda inercia del oprimido que se convierte en opresor, la víctima que busca venganza para tratar de aliviar todas las heridas por las que alguien debe pagar. Ese es el nuevo mundo feliz que hemos creado, un mundo libre de maldad, lleno de nobles sentimientos.
El abuelo tenía razón: en el nuevo dogma bienpensante, todos somos culpables de algo hasta que se demuestre lo contrario.
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