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Libertad de expresión.

Mar 21, 2018
10 min read

¿Hay alguna cosa que no te atrevas a decir delante de tus compañeros?

Piensa un momento esta cuestión.

Pudiera ser que, de todos los aspectos de la realidad, tú hubieses llegado a conclusiones parecidas a las de la gente que te rodea. Pero eso seria bastante increíble estadisticamente.  Lo mas probable es que tu pensamiento se haya conformado para no desentonar con lo que piensan los demás.


La conformidad es un mecanismo estupendo. Los seres humanos somos seres sociales y aprendemos rápidamente que lo mejor no es ir por libre, sino parecernos a los demás. En la mayoría de los casos fijarnos en lo que hacen y piensan los demás y replicarlo es una buena estrategia.

No en todos los casos, claro. A veces los demás pueden estar equivocados. A veces sencillamente las circunstancias cambian, y lo que hacían nuestros abuelos no es ya apropiado. Es en esos momentos la conformidad es una estrategia equivocada. En esos momentos es necesario que haya inconformistas para no quedarse atascado en el error.

Los seres humanos tendemos a considerarnos mas inconformistas de lo que en realidad somos. No es muy común enfrentarnos a lo que dicen nuestros grupos de referencia. En muchas ocasiones cuando la gente se muestra inconformista no está mostrando su pensamiento individual, sino que está adoptando el punto de vista de un grupo de referencia distinto. Es lo que pasa por ejemplo, con el típico conflicto entre los adolescentes y sus padres. Dejan de pensar como ellos para pasar a pensar como su grupo de pares.

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Cuando pensamos en los errores morales que cometieron las personas de épocas pasadas, cosas como el racismo o la esclavitud o la tortura  o el machismo,  solemos creer que nosotros no cometeríamos un error así. Pensamos que lo detectaríamos y tendríamos el valor para denunciarlo. Pero esto es una ilusión. Seguramente estaríamos tan sintonizados con las normas morales del pasado como lo estamos con las del presente.

Todo esto significa que, previamente a la libertad de expresión, hay una libertad mas importante, la de pensamiento. Quien no tiene nunca ideas que difieran de lo que piensa su grupo nunca tiene que plantearse siquiera si lo que piensa puede decirse o no.

Lo que se puede decir y lo que no. 

En el caso de que tengas alguna idea divergente, tal vez te plantees si puede hacerse pública. Algunas de las ideas que tengas pueden meterte en problemas.

Podemos poner ejemplos de estas ideas; hubo momentos en los que se consideró peligroso hablar de ciertas ideas políticas, o religiosas. En algunos países es peligroso hablar de unas cosas, en otros de otras. En EEUU, en los años cincuenta, era peligroso hablar de comunismo. En la misma época, en la Unión Soviética, el peligro era hablar de democracia. En este enlace podéis ver a un ateo al que, en Egipto, aconsejan que se busque un psiquiatra.

Respecto a lo que se puede o no decir, somos como los peces que están dentro de la pecera. Nos resulta fácil ver la ausencia de libertad de expresión de la gente alejada a nosotros en el tiempo o el espacio, pero, ¿que limites a la libertad de expresión tenemos nosotros? ¿Que cosas no se pueden decir aquí y ahora?

La libertad de expresión en la ley y en la moral. 

Cuando se plantea el tema de la libertad de expresión a menudo se hace denunciando los abusos que los poderosos tratan de imponer; La coacción del estado, o de los grupos económicos.  Estas noticias son ejemplos de polémicas recientes.

Todas estas noticias plantean el debate de lo que puede o no puede decirse. ¿Que límites debe tener, si es que debe tener alguno, la libertad de expresión? ¿Deben perseguirse las ofensas, los insultos, las amenazas? ¿Que hacemos con el arte, que muchas veces es provocador?

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La frase del Juez Holmes, de los Estados Unidos, marca un límite a la libertad de expresión. El problema es que no es un limite claro. Es razonable que uno no puede bromear en un teatro abarrotado, pero la mayoría de los casos polémicos no son tan evidentes, y es difícil determinar qué constituye un llamamiento a la violencia,  y qué no.

Una cosa debería estar clara; la libertad de expresión, de reclamarse, ha de reclamarse también para aquello que no nos gusta o que consideramos erróneo. Es hipócrita rasgarse las vestiduras cuando alguien es perseguido por mostrar una opinión, y no hacerlo cuando otra persona es perseguida por mostrar la contraria. Vale aquí la famosa cita de Voltaire.

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En los siguientes enlaces puedes encontrar discusiones acerca de la libertad de expresión, que también ampara a veces opiniones que resultan reprobables, como el machismo

O incluso el nazismo.

¿Incluso en casos como estos debe ampararse la libertad de expresión? La pregunta de que cosas no hay que decir sigue siendo peliaguda. Todas las sociedades, sin excepción, consideran que hay ideas peligrosas. Nosotros, por ejemplo, ya hablamos de los bulos y las noticias falsas. ¿Deberían perseguirse en aras de la libertad de expresión? ¿Silenciarse?

Tal vez no, y por motivos prácticos. En las sociedades modernas, donde el control de la información es prácticamente imposible, el resultado previsible de tratar de prohibir algo es el Efecto Streisand. Desmentir cualquier noticia falsa es la segunda mejor manera de promocionarla. La primera mejor es perseguirla.

Y es que ocurre con las opiniones  algo parecido a lo que ocurre con las drogas. El efecto de prohibirlas no hace que desaparezcan, sino que pasen a un mercado negro, lo que es mucho peor. De igual modo, si prohibimos determinadas opiniones lo único que conseguimos es que las gente las siga consumiendo (tal vez con mas ahinco incluso, y adulteradas)

Aquí deberíamos hacer una advertencia; los ataques a la libertad de expresión no proceden únicamente de los estados. Solo cuando en la sociedad se ha establecido una creencia moral muy consistente el estado se anima a establecer algo así en leyes. La libertad de expresión, antes de ser una lucha legal, es una lucha moral. La gente se empeña en demostrar que determinadas opiniones son indignantes.

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Algunas ideas son tan peligrosas (dan que pensar tanto a la gente) que se consideran directamente venenosas. Son las cosas que consideramos sacrilegio, herejía, blasfemia. Estos términos provienen de la religión, pero han pasado a toda la vida cultural.   El tipo de cosas que se consideran nocivas solo de mencionarlas.

Es curioso observar las distintas encarnaciones de la herejía que ha habido en la historia. En los años cincuenta cualquiera podía señalar una herejía en su oponente utilizando los términos comunista, revisionista, masón…. Calificar cualquier idea con estas etiquetas era una advertencia al oponente; cállate o te meterás en problemas.

En nuestros días estos términos han perdido su carácter amenazante, pero seguramente tenemos otras etiquetas con las que descalificar a nuestros adversarios y condenarlos al silencio.  Seria interesante darnos cuenta de cuales son.

Sexista, racista, populista, fascista.… A menudo estas etiquetas funcionan como un punto final al debate. Una especie de venda en la boca con la que callar a tu oponente.

Sería interesante preguntarse como evolucionan estos tabúes morales. De pronto algunas cosas desaparecen del ámbito de lo que es apropiado decirse, o pasan a considerarse aceptables. Esto obedece a una especie de lucha de poder; un grupo de personas es lo bastante débil como para necesitar defenderse de ciertas ideas que consideran peligrosas, pero por otro lado tiene la fuerza de tratar de imponerlas como tabú.

Se diría que la moral funciona aquí como el estado de naturaleza que describía Hobbes. Para este filósofo la razón de la violencia estriba en la debilidad e igualdad de los seres humanos, pues en una sociedad regida por la ley del mas fuerte ni siquiera el mas fuerte puede estar tranquilo: siempre es posible que los demás se unan y acaben con él dominante. En nuestras discusiones morales parece pasar lo mismo; ni siquiera las opiniones mas fuertes pasan por definitivas, de modo que la tentación de proponer la solución hobbesiana (establecer una especie de Soberano Leviatan del pensamiento, que dictamine que algo es tabú) es una gran tentación.

De modo que, cuando nos encontremos con una polémica sobre libertad de expresión, es posible verla como una lucha de poder. Pero esto no es todo.

Es posible hacer un análisis de lo que se puede decir y lo que no desde el punto de vista de las modas. Como en la moda, la gente es consciente de como evolucionan (solo tenemos que mirar fotos de lo que estaba de moda hace cincuenta años, y lo que hacia reir a la gente entonces, para sentir un poco de vergüenza) Al igual que la moda, también la gente no tiene claro que es lo aceptable o valioso, pero tiene mucha mas idea de lo que no lo es. Los tabúes de la moda, como los del lenguaje, son poderosos; ni muerto me pondría algo como eso. 

Cuando pensamos en como evoluciona la moda encontramos lo siguiente; hay algunas personas, no demasiadas, interesadas personalmente en ella. Ellas son las que la crean y le dan el primer empujón. En buena medida son la gente que tiene ambición por distinguirse. A medida que crezca, el resto de la gente se unirá a la moda no tanto por interés genuino como por no sentirse aislados. Estos, paradojicamente, acabarán uniéndose a la moda por miedo a destacar. De este modo los que quieren distinguirse tienen que empezar de nuevo el proceso.


En resumidas cuentas para algunas personas, los que inician un movimiento, la moral es una lucha de poder. Para otras es solamente una moda a la que se unirán por la conformidad de la que hablamos al principio.

Lo que se dice. 

La moral es buena y necesaria. Resulta importante que la gente discuta y se ponga de acuerdo acerca de que normas seguir. Pero también, hemos visto, puede adoptar la forma social de una moda. La gente puede adoptar determinadas ideas morales porque quedan bien, o, mucho mas frecuente aun, abominar de ciertas ideas morales porque quedan mal, igual que abominamos de los pantalones de campana de nuestros abuelos. En este caso la moral se pervierte, porque pasa de considerar cosas como lo bueno o lo justo a centrarse en la imagen correcta ante si mismo o los demás. Hablamos entonces de hipocresía, fariseismo, narcisismo moral o exhibicionismo moral. El objetivo del discurso moral entonces no es discutir sobre el tema, sino convencer a los demás de lo bueno y justo y noble que yo soy.

Una consecuencia de este fariseismo es la escalada moralizante. Si tenemos un tema sensible (por ejemplo, el maltrato infantil) no basta con que digamos que estamos en contra. El exhibicionista moral se dedicará a subir el listón un poco mas que los demás, para destacar, denunciando como maltrato infantil algo que el resto de la gente no ve. Así podemos demostrar a los otros lo “sensibilizados” que estamos con el tema. Las personas normales tendrán que tener cuidado para no despertar su indignación.

Esto se hace de muchas formas. Podemos por ejemplo utilizar la pasmosa expresión “fomenta”. Así, aunque unas cosas y otras no tengan mucho que ver siempre podemos evitar este hecho molesto diciendo que una cosa fomenta otra. Si somos creativos, podemos encontrar mil cosas que se fomentan unas a otras.


El exhibicionismo moral se alimenta de emociones como la ira y la indignación. El fariseo hará muchos aspavientos y dará muchas muestras de su indignación para mostrar que su moralidad es superior a la de los demás.

El fariseismo es un problema para la moral. En primer lugar genera cinismo, pues la gente puede reaccionar menospreciando los problemas que plantean los moralistas. También tiene tendencia a polarizar la sociedad,  haciendo mas imposible el acuerdo entre la gente en las cuestiones que les atañen. En tercer lugar puede desviar la atención de problemas morales importantes pero menos publicitados hacia problemas morales que estén en la agenda de un grupo de poder capaz de mostrar su indignación. En cuarto lugar genera injusticia hacia la gente que recibe palos del fariseo, pues la estrategia es demostrar lo bueno que es él denunciando y lo malos que son los otros. En muchas ocasiones una escalada moralizante termina en una caza de brujas.



Lo que no se puede decir. 

En nuestro mundo la libertad de expresión ha sufrido una mutación. En el pasado, donde la información estaba centralizada, el poder tenía cierta capacidad para controlar lo que se decía o lo que se publicaba. Pero esto resulta imposible en un ecosistema como internet, donde la información circula de manera no centralizada. En la actualidad, ya dijimos,  se da el paradójico efecto Streisand; cualquier intento de coartar la libertad de expresión obtiene lo contrario a lo que pretende; mayor difusión.

El poder es, por tanto, impotente para controlar completamente la información, y debe ser mas sutil. Mas que atacar la libertad de expresión prohibiendo cosas su estrategia pasa por distraer o controlar la agenda de lo que se discute.

Mucha mas efectiva es el control de la información que se efectúa de manera difusa. Nuestro grupo de referencia (nuestra red social) puede hacer una censura implícita, como observamos al principio de este post.  La gente sencillamente no se atreve a llevar la contraria a los demás, o a lo que supone que piensan los demás. Sucede en ocasiones algo parecido a lo que narra El Traje Nuevo del Emperador, el famoso cuento.

Y todo esto ¿por qué importa? Podemos aclarar la importancia de la libertad de expresión acudiendo a un filósofo como Jurgen Habermas, que propuso la Ética Discursiva. La idea de Habermas  es que las normas morales se consideran correctas si emanan de un dialogo racional entre todos los afectados, de modo que si no hay un dialogo correcto es imposible determinar que es lo que consideramos bueno o no y nuestra moral sufre un colapso.

Las reglas de este diálogo racional, según Habermas, son las siguientes.

  • Cualquiera tiene derecho a hablar y actuar como participante del dialogo.

  • Cualquiera puede problematizar cualquier afirmación

  • Cualquiera puede introducir cualquier afirmación.

  • Cualquiera puedes expresar su opinión, sus deseos y sus necesidades.

  • No se puede impedir a nadie hacer valer sus derechos mediante la coacción.

También un filósofo como Grice propone normas para una conversación leal.  Herbert Grice estudió los actos de habla entendiendo que se basan en un principio de cooperación; los hablantes desean entenderse y eso posibilita que se den implicaturas y sobreentendidos. Si este principio cooperativo se rompe, los hablantes pueden no entenderse o tergiversar sus palabras, de modo que al final el dialogo se hace muy difícil o imposible.

Este principio de no-cooperación es lo que encontramos entronizado en los medios de comunicación y las redes sociales, donde se busca activamente el zasca.

 
 
 

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