Las tres heridas
Para Miguel Hernández.
En su casa teníaun huerto con plantas.
Se levantaba temprano a pastorear las cabras.
De poesía se ahogaba mientras de amor se moría.
Cantaba a las flores entre el pan y la harina.
Su alma ligera resentía las fiebres de la juventud.
Dormitaba entre calles doloridas de anónima pobreza.
Herido y devastado, regresó al sur y las palabras parieron estrellas.
El amor lo alcanzó en los labios de una costurera.
Quién ha visto en sus ojos la sombra de lo que siempre fuiste.
De arte aromó su sueño como quien despierta a la vida.
Habría de ejercer la insana locura en la urgencia del amor.
Fueron los rayos de la tempestad que nunca cesaron.
La sangre bandolera se enterró en la soledad de su carne.
Temprano lloraban las lluvias y desalentadas primaveras.
Después de tantos avatares la dura militancia, una bofetada.
Regresaría a palpar el amor bajo la caricia de las acacias.
Pero la tierra tiembla y no da tregua.
Se alistó para cantar al frente, en el campo de batalla.
Vocero de la sangre humana dijo los versos combatientes.
Las palabras calientes dejaron corazón derramado sobre su pueblo.
Los días felices transcurrieron como el toro poco antes de la muerte.
El viento recogió su aliento de resignada tristeza.
Sonrieron todas las sonoridades de la luminosa mañana.
Nacieron las aguas salobres y marchitas sobre su cama.
El último trance, la herida primera, preso de su propia sombra.
Se extinguieron, en el alba, las consteladas horas de su ausencia.
Roídos los cañones, callaron los grillos de tanta soberana mierda.
¿Qué hubiera sido si los fusiles no hubieran enlutado su vida?
La angustia carcelaria le supo a cebolla amarga y desnuda.
La sangre brotaba de sus ojos al amarillento papel.
Una breve huida, el fresco tufo de la libertad.
La traición escribió con saña su fúnebre destino.
Dejarlo morir fue su condena, escarbando pulmones en el aire siniestro.
Murió con los ojos bien abiertos mirando el mañana.
Murió con los ojos bien abiertos saboreando la vida. ::.

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