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La voy a seducir, la llevaré al desierto y le hablaré al corazón.

Feb 16, 2023
7 min read

La experiencia transformante en Cristo de San Pablo y Santa Teresa de Ávila.

Por: David Uziel Mejía Jiménez

Nada te turbe, nada te espante;todo se pasa, Dios no se muda;la paciencia todo lo alcanza.Quien a Dios tiene nada le falta.Sólo Dios basta.

Santa Teresa de Ávila, también llamada santa Teresa de Jesús, fue una monja carmelita, mística y prolífica escritora del siglo XVI. Es una de las santas más amadas de todo el santoral, y creo que es apropiado sostener que de ella nunquam satis, es decir, que nunca diremos lo suficiente de ella. Previo a entrar en materia, es preciso subrayar una de las cosas en las que yace la relevancia de esta mujer, a saber: el haber sido proclamada primera Doctora de la Iglesia (eminente maestra de la fe) por el papa Pablo VI, con este hecho rompió con el esquema que sostenía que las mujeres no podían llegar a tener ese honorífico título, puesto que no se veía con buenos ojos el que las mujeres enseñaran. Pero pese a esta tradición, no se podía negar que nuestra santa era efectivamente una gran  maestra de la Iglesia, tanto que de su doctrina bebieron varios santos, entre ellos, los más destacados, San Francisco de Sales y San Alfonso María de Ligorio. 

Lo que pretendo con el presente artículo es hacer una reflexión sobre la experiencia de Cristo (un encuentro pleno con Él) en el apóstol San Pablo y en Santa Teresa. Hablaremos de la conversión como un acto de dejarse mirar y seducir, pero también un acto de compromiso, como lo veremos en las vidas de estos santos.

La conversión de san Pablo inició en su viaje a Damasco, en donde se le apareció Cristo, quien le preguntó la razón por la cual lo perseguía (recordemos que Pablo era perseguidor de los cristianos), luego le indicó que entrara en la ciudad y ahí le diría qué hacer. Posteriormente, Cristo desapareció y Pablo, llamado entonces Saulo, quedó ciego y entró en Damasco, donde un tal Ananías le sanó y quedó lleno del Espíritu Santo. 

Después de este encuentro con Dios, San Pablo no empezó inmediatamente a predicar, sino que pasó un tiempo de preparación. Lo que hizo fue marcharse al desierto de Arabia para sumergirse en la soledad y la oración, y es ahí donde el mismo Jesús le enseña el Evangelio, y en consecuencia se convierte en apóstol. El santo permaneció en Arabia tres años.

A raíz de esta experiencia plena con Cristo, en Pablo surgió el ferviente deseo de morir para estar con Cristo. Este ardor  de experimentar directamente lo que es la gloria, el tercer cielo, la plenitud, configuró un profundo deseo de gozar a Cristo. Pero como el amor es como aquella lámpara que no se puede guardar bajo un almud, a medida que va entendiendo su  camino espiritual, Pablo empieza a anunciar lo experimentado y amado, convirtiéndolo en el “apóstol de los gentiles”, empresa que no quedó en el solo anuncio, también en la fundación de comunidades, su administración y su consuelo, esto por medio de viajes y de cartas. Pues como él mismo nos dice: 

“teniendo el deseo de partir y estar con Cristo, pues eso es mucho mejor; y sin embargo, continuar en la carne es más necesario por causa de vosotros.Y convencido de esto, sé que permaneceré y continuaré con todos vosotros para vuestro progreso y gozo en la fe, para que vuestra profunda satisfacción por mí abunde en Cristo Jesús a causa de mi visita otra vez a vosotros” .

(Fil. 1, 22- 26).

Pues bien, ahora es momento de conocer la experiencia de Cristo en Teresa de Jesús, donde podemos encontrar ciertos ecos de la experiencia paulina.

Teresa de Cepeda y Ahumada, decía ser “enemiguísima de ser monja”, sin embargo, por el miedo a la condena eterna, y por las circunstancias históricas y sociales, a los veinte años ingresó al Monasterio de la Encarnación. Por años llevó ahí su vida de modo corriente y con tibieza espiritual, pero aconteció que, estando en compañía de una persona de quien recibía frecuentes visitas, Jesús se le presentó firme para hacerle entender que no le convenía esa amistad, y nos dice que lo vio más bien con el alma que con el cuerpo. Se lo hizo saber inmediatamente a los confesores, quienes le dijeron que era pura imaginación, por tanto ya no le dio mucha importancia. Unos pocos días después, estando de nuevo con la misma persona, observó, al igual que la gente que estaba ahí, lo que parecía ser un sapo grande, que percibió como recordatorio del mismo aviso que ya Jesús le había dado. 

Santa Teresa, aún con dos visiones, todavía no había tenido esa experiencia con Cristo, sino hasta una tercera ocasión, curiosamente de un modo nada extraordinario. Lo que pasó es que al entrar un día en el oratorio, contempló la imagen de un Cristo muy llagado, y entonces sintió tanto impacto y dolor porque tal imagen representaba bien lo que padeció en la cruz por ella y por todos; y con lágrimas se arrojó al suelo y le suplicó que le ayudará para que no pecara más y que no se levantaría hasta que la escuchara.  

Posterior a este suceso, al igual que San Pablo, Teresa se retiró a la soledad y la oración, aunque sin necesidad de irse del monasterio, fue entonces cuando se hizo pleno el encuentro. Al principio se entregó a la oración basándose en varios libros de espiritualidad, y en el momento en que estaba más entusiasmada, el inquisidor mayor, Francisco de Valdés, prohibió los libros espirituales en español y dejó solo los que estaban en latín. Esto evidentemente le pesó mucho, pero es entonces que sintió como Cristo le decía que no se afligiera porque él le daría “libro vivo”. En ese momento no comprendió el significado de tales palabras, sino hasta poco después que cayó en la cuenta de que Cristo mismo, su vida y actitudes, le servirían de guía y  escuela.

Como era de esperarse, posterior a estos hechos, la Santa tuvo el fuertísimo deseo de morir lo más pronto posible, y cabe destacar que no era ajena a que su situación se asemejaba a la de San Pablo, pues nos dice lo siguiente en Camino de perfección: “Quiero decir algo para darme mejor a entender. Da un gran deseo de verse ya con Dios y desatado de esta cárcel, como lo tenía san Pablo…” (CV 19, 11.)

Y por supuesto Santa Teresa, como buena escritora que era, reflejó muy bien esta ansia en sus textos, en especial en su poema Vivo sin vivir en mí. Sin embargo, ese ímpetu de morir que tuvo en el inicio de la vida espiritual es menguado conforme pasaba el tiempo, pues apuntala ella: “Querría tener mil vidas para emplearlas todas en Dios, y que todas cuantas cosas hay en la tierra fuesen lenguas para alabarle por ella” (6M 4,15).

La carmelita es consciente de que su proceso fue de muchos ires y venires, y atesora tres experiencias interiores como las causantes de hacer de ella una mujer de apostolado: una visión del infierno, que la llevaría a desear siempre lo más perfecto y un gran ímpetu por acompañar a las personas a que alcancen esta perfección; la gracia del dardo, que la hace experimentar las delicias del Amor Divino;  y la visión del velo, que le confirma su camino espiritual y le da ánimos para emprender la empresa de la Reforma del Carmelo. 

Teresa se siente llamada a cantar las misericordias de Dios y hacer que otras personas las experimenten. Su principal cometido y llamada será a la oración, entendida como relación amorosa con Cristo, en la que correspondemos a aquel que nos ama locamente, “No es otra cosa, oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama” (V 8,5), que busca transformarse en Él, como lo expresaría también Pablo: “ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí.” (Gal. 2, 20)

Teresa era una mujer inteligente, consciente de sus realidades y preocupada por su contexto, y en especial fueron dos las cuestiones que le duelen: las guerras de religión y la situación de los indígenas de América, que le fue dada a conocer gracias al franciscano Alonso Maldonado, defensor de los naturales. Esto le da fuerza para recorrer los caminos con el fin de crear y consolidar diecisiete comunidades orantes, sororas, totalmente evangélicas, o en sus palabras: “hacer eso poquito que era en mí, que es seguir los consejos evangélicos con toda la perfección que yo pudiese y procurar que estas poquitas que están aquí hiciesen lo mismo” (C. 1,2).

Por último es importante recordar a Teresa como escritora, ella, pedagoga, amiga y legista. Redactó un buen cúmulo de cartas y libros que, como con san Pablo, se han convertido en doctrina para toda la Iglesia, no por nada es reconocida como la primera mujer Doctora de la Iglesia.

No me queda más que terminar invitándolos a dejarse seducir por Cristo, siguiendo el ejemplo de Pablo y Teresa, quienes nos dicen que es posible. Cristo nos ama con locura,  ha querido necesitar, y por ello nos implora como un niño que le amemos, pero no solo con amor sacrificial y de entrega, ágape, sino también con amor eros, es decir, con nuestros sentimientos, nuestras pasiones, nuestros cuerpos, pues recordemos que Cristo es también verdadero hombre. 

Dejémonos, pues, seducir por el Señor, y que el amor al prójimo sea lo que deje al descubierto esa apertura de nuestro corazón, puesto que aquel que ama a Dios, en consecuencia, ama auténticamente a su prójimo, tal como lo dice el apóstol Juan: 

“Si uno dice «Yo amo a Dios», y odia a su hermano, es un mentiroso. Si no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve. Pues éste es el mandamiento que recibimos de él: el que ama a Dios, ame también a su hermano.”

(1 Jn. 4, 20-21)

 
 
 

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