LA TORMENTA
Llegué aquí hace diez años y siempre es lo mismo con aquel hombre, pasa cronometrado con el reloj de la apatía, camina desde su casa que no sé dónde está, hasta una tienda de licores donde tal parece siempre compra lo mismo. Lo he visto en su recorrido cada vez en que me he asomado por la ventana y que es justo la hora en que alguien muere; aquel hombre busca su trago irremediable. Lo he visto también cuando llego de madrugada, a veces en el transitar de la calle o mientras espero a que el portero abra el zaguán. Es un hombre viejo, tan viejo como le ha sido posible, su vestimenta es de lo más común y su mirada nunca la he chocado.
Hace diez años que me asomo por esta ventana, afuera está el letrero de la farmacia titilando constantemente, vivo lejos de la polución que ha acumulado la ciudad y regularmente me dejan de arder los ojos como a la misma hora en que el viejo comienza su recorrido. Desde mi panóptico limitado, gran actividad sigue ocurriendo a las afueras de una ciudad que se supone de melancolías constantes, algunos se quedan mirando televisión o haciendo alguna otra cosa y yo lo sé porque observo sus habitaciones encendidas y solo discretas porque existe la costumbre de colocar persianas. Algunos desdichados nunca duermen, para soportar las calles es más fácil la embriaguez que el trabajo, hay tantas voces que se llenan de polvo y yo las escucho desde dónde estoy porque no soy más afortunado que ellos, ni menos desdichado que las gentes que logran mirar desde más arriba.
Hoy caerá una tormenta sustanciosa, según sé, hasta la electricidad frenará por algunas horas. En el trabajo nos dejaron salir antes para estar con nuestras familias, yo no tuve prisa porque desde hace diez años nadie me espera. Me tomé mi tiempo para acabar ciertas cosas que generalmente dejo pendientes, uno se vuelve aprehensivo cuando de alguna manera percibe la fragilidad de lo cotidiano. Antes de llegar a casa, a por eso de unas horas aún lucidas y con truenos flácidos, paré en el supermercado para comprar tres botellas de vino tinto, regularmente compro menos, pero uno nunca está preparado para cuándo le advierten del mal tiempo, así que pagué mis cristales y encendí el auto sin elegir una canción adecuada. Llegué a casa y no me preparé la cena, en ocasiones dejo algún guisado listo para no perder tiempo si los pies me piden estar descalzos, lo caliento en el microondas y desisto de la ropa con el silencio empalmando algunas fibras que se descubren frías y me siento agusto a encender el televisor. Esta vez subí al cuarto con las tres botellas de vino, el destapa corchos y una silla, acomodé todo enfrente de la ventana donde el mundo ocurre y encendí un cigarrillo.
En el noticiero advirtieron que lo mejor era sellar fuerte toda abertura, pero yo abrí la ventana y me senté en silencio porque siendo de otra forma no sabría si el señor viejo de alma vieja y recorrido viejo, pasaría inaudito y vivaz, preciso y equilibrista, por la misma calle que ha recorrido desde antes que alguien lo observara.
Las tormentas tienen ciertas mañas finísimas para ocurrir, son como un huevo esperando a ser estrellado; primero se escucha el cascarón tronando y algo se paraliza entre un cuarto de minuto que se traduce en sucesos aún más finos de los que el sentir humano percibe. Vibras de todo tipo se hacen presentes en la piedra y demás materiales que hemos usado para construir el mundo, los desdichados sin escuela, o religión, o nombre, son los primeros en sentir.
Destapé la primera botella y sorbí directo, el grito de alguien, no entiendo bien si de un niño o de algún ser menor a un niño, aturdió el aire entero que frenético empezaba con su danza. No paré el trago hasta que la primera mitad de la botella estuviera terminada, luego comencé a sudar. El rapidísimo contacto del hielo estalló contra el asfalto, la puertita de la ventana comenzó a revolotear y yo la ajusté para que no distrajera mi vista.
La tormenta encontró un ritmo de mil diablos, el estribillo del arrebato comenzó con el cartílago de algunos árboles que enfurecían su melena estirándose frenéticos. El agua empezaba a cruzar y a empaparme, abrí la siguiente botella de vino y en esta ocasión mantuve el pulso en mi boca aún más tiempo. Terminé el tercer trago justo cuando el portero cerró de tajo su estación de servicio, el portón quedó abierto y nadie tendría interés en cerrarlo ahora que ni el dinero justificaba las obligaciones del hombre.
Estaba tan borracho y mojado, que tardé un poco más en coordinar para destapar la siguiente botella, cuándo lo logré, supuse que era la hora en que nadie debía salir a ningún lado, así que me asomé por la ventana sacando la mitad del cuerpo. Seguramente fue por el concierto que yo no percibí al hombre que estaba tocando a mi puerta, mi casa era la primera del fraccionamiento y la primera a la que tocaría cualquiera. Apenas y logré reconocer al hombre, era viejo y tenía resguardado algún licor barato, comencé por arrojarle la primera botella vacía
– ¡Señor, por favor, abra la puerta!
– ¡Lárgate de aquí, mal oliente!
– ¡Señor la tormenta me alcanzó apenas iba de regreso! ¡Por favor abra!
– ¡Que te largues, desgraciado! ¡Aquí no queremos a ninguna mierda como tú!
Le aventé la siguiente botella vacía, el viento acrecentó y no logré darle. Ni siquiera se escuchó el estallido del cristal que andaría reventando por algún lado. El hombre salió corriendo y tropezó pisando un ligero escalón que separaba la calle con mi propiedad rentada. La tormenta siguió hasta la mañana siguiente, yo bebí todo el alcohol que logré encontrar en la casa; enfermo y ebrio, no le abrí la puerta a nadie, tampoco decidí escuchar.
Así fuera por al menos un piso, ningún hombre (supongo) debe ayudar a otro que esté debajo de él.

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