La soledad perniciosa
Viajar hacia una isla de humo, al este de la nada,
perdida en la violenta inmensidad del océano,
y llegar arrastrado por los vientos grises con su
aliento a madera, llegar a la orilla del misterio
más profundo, sueños convertidos en papalote,
y manos bordadas de anhelos y esperanzas, manos
sedientas empuñando un corazón hinchado de
sol, arena y desamor, manos inquietas que añoran tu
vientre, nostálgico y discreto, melancólico como el
vino, cardo silencioso lleno de deseo, lleno de ti,
tren impetuoso donde los solitarios purgan condena
y se limpian las culpas en aguas vírgenes que ríen
remontando el tiempo del río y la montaña, aguas
teñidas de jade donde abrevan el azar y la memoria,
aguas como el barro cosechando estrellas en el
fondo de una gruta colmada de negras visiones,
génesis del abandono, metáfora del hombre y la mujer,
acompañados en su soledad perniciosa, tan plegados y
ajenos el uno del otro, tan fugitivos, con los labios llenos
y los ojos vacíos, marcados por una tristeza baldía
que moja el pensamiento con lluvias color tormenta.

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