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La sal terrestre

May 16, 2015
3 min read

(Lo sensato era tomar un taxi. Pero a veces uno siente la necesidad de caminar durante horas bajo la lluvia, juntando los pedazos que uno va dejando por la vida, como un isopo de algodón que va limpiando una herida lenta con ardor y un poco de agua oxigenada. Será que la película sobre la vida y obra del fotógrafo Sebastião Salgado me dejó tocado. Y ahí, bajo la lluvia, me brotó un poema: :

La sal terrestre :

Salgado vio el mundo.

La terrible hermosura del mundo parpadeando en la humedad de sus ojos, y sus pies desgastados de caminar y caminar entre ruinas y escombros, cadáveres hechos polvo.

Salgado quería conocer lo qué había detrás de sus montañas, y descubrió el hambre, la feroz violencia del hombre.

Ahí estuvo cuando quemaron el sol en el humo negro de la codicia.

¿Cómo hacías para volver una y otra vez a las entrañas del horror sin ser devorado por ese fiero monstruo de la condición humana?

¿Cómo mirar la catástrofe del hombre directo a los ojos sin acabar quemado?

Me vi en tu necesidad de recorrer los muchos caminos del hombre, para encontrar respuesta a este silencio que persigue sin descanso en la carretera del sueño y el pasado.

Yo también intenté gritar los crímenes del odio, y hundirme en el dolor humano para aliviar este inconfesable dolor innato, pero no pude tanto.

Será que nunca fui tan ecuánime.

Soy demasiado volcánico cuando de aullar se trata.

Salgado sintió el mundo apagado y lo pintó de luces y andares, como las manos de una iguana reescribiendo la historia de esta gran familia terrestre.

¿Con qué ojos se mira el mundo cuando se ha visto lo terrible del hombre? Con ojos de resurrección.

Somos lo que vemos, Salgado.

Si solo vemos podredumbre, se nos enferma el alma.

Si vemos el milagro de la vida florecer alrededor, se nos llena el alma siempre de verdor.

Somos lo que queda de nosotros cuando vemos dentro de los otros.

No fuimos arrancados del mundo, seguimos encarnados en la tierra, somos una sal abrasiva y luminosa, tan endebles e insondables, solo humanos viviendo sin saber por qué.

Desde aquí te escribo, Salgado, bajo un aguacero de nostalgias, intentando reconocer mi lugar en este campo lleno de ataúdes y zozobra.

Se me abrió el corazón como una almeja solitaria.

En el llanto, el dolor y la alegría comparten cama, la misma habitación por donde escurre el rudimentario frío de la noche.

El mundo es un suplicio cuando solo alcanza para ver el horizonte infestado de hambre y sed.

Pero es tan fecundo cuando el mundo se puebla de murmullos en las copas de los árboles y se deja acariciar por el río.

¿Cómo enverdecer desde adentro?

¿Cómo habitar la hostilidad del mundo sin quitarnos la coraza?

¿Cómo respirar el aire tóxico que enturbia el cielo si llevamos siempre el alma expuesta?

Apenas un ligero brillo, un parpadeo, una luz que palpita bajo el océano y rara vez encuentra respuesta.

La nostalgia me arrojó lejos, hasta el cerrojo sin llave donde enmudecieron todas las puertas.

Dejaré que la lluvia me despinte la tristeza, y se diluya en la calle, entre las muchas capas de vinil con las que recubro mi desnudez y mi añoranza: ese estado donde la poesía lo encuentra a uno siempre desecho.

Habrá que fundir en un solo disparo la claridad y la sombra.

Regresar al origen es hallar la clave de un nuevo comienzo.

Salgado vio el mundo, y yo me vi reflejado en la luz detrás de sus ojos. ::.

 
 
 

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