La pretensión del poder total
Por Nicómedes Sejas Terrazas
“El deseo del poder total” de Evo Morales, publicado en días pasados en la prensa nacional, deja de ser una expresión hilarante cuando proviene del titular del Poder Ejecutivo. Pero al mismo tiempo es un desconocimiento de las bases de legitimidad democrática del poder que, no obstante sus deficiencias, es el mayor logro político de
la sociedad moderna. El deseo del poder total connota impotencia y desconocimiento de los instrumentos democráticos para ejercer el mandato popular. Un hombre formado psicológicamente para un papel mesiánico, con la adulación, con gran experiencia sindical y su manifiesto desprecio por el conocimiento sistemático, por cuestiones que sólo puede explicar la historia, tiene que conformarse con un poder “descuartizado” en tres órganos, denominados también poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial, que además de tal división tienen una jerarquía que debe ser respetada. Qué contrariedad.
Entre los numerosos caudillos registrados en nuestra historia hubo otro apasionado por el poder, Agustín Morales (1871), (digno sucesor de Mariano Melgarejo), en cuya conflictiva personalidad convivían la mansedumbre y la intemperancia, quien supo ocultar sus verdaderas ambiciones detrás de sus poses de ferviente demócrata, invocando la tolerancia popular a su gobierno con promesas de cambio, para luego conculcar la legalidad y la libertad; su final trágico salvó a Bolivia de mayores penalidades. En este período la rebelión indígena había conmocionado la tiranía del sexenio de Melgarejo (1870) apoyando decididamente a Morales hasta lograr su derrocamiento como respuesta a las mayores atrocidades que aquél cometió contra la propiedad comunitaria, convirtiéndose en el mayor aliado del feudalismo de la época (Ramiro Condarco, 1966).
El caudillismo, profundamente apasionado, sin serenidad ni respeto por los principios, casi siempre asume la forma autoritaria del poder con rasgos de despotismo y vehemencia discursiva; se recuerda que el mismo Agustín Morales en pleno recinto congresal declaró “traidores infames” a los congresistas (Enrique Finot) por no acceder a sus exigencias. Evo Morales no es más original en sus calificativos contra el Senado, se puede afirmar que nació a destiempo, para ejercer un poder omnímodo como el que a su modo ejercieron los “caudillos bárbaros” (Alcides Arguedas) o los iconos de la monarquía para quienes el poder era considerado una gracia de Dios, por lo que podían ejercer una autoridad por encima de las leyes, su último destello se apagó con Jacobo I de Inglaterra (1603-1625), cuyo sucesor en el trono habría de lamentar el despotismo real al pretender imponer gravámenes impositivos sin respetar al Parlamento; fue el último acto de soberbia monárquica y comienzo de la monarquía constitucional.
El rebrote del autoritarismo en Bolivia es indicio de una larga transición democrática del colonialismo interno caracterizada por avances que no terminan de fraguar en instituciones estables y funcionalmente eficaces. La pretensión del poder total de Evo Morales nos plantea el viejo debate de la antinomia autoritarismo/democracia, desde una perspectiva de cambios radicales y una comprensión muy particular de la democracia y sus categorías más importantes como la representación popular, la soberanía popular, la libertad y la igualdad.
Si bien la crisis de representatividad de los partidos ha creado las condiciones para la emergencia de una mayoría electoral indígena popular en torno a un liderazgo con evidentes tendencias autoritarias, también existen otros factores explicativos enraizados en nuestra cultura política.
En primer lugar, nuestro régimen de gobierno caracterizado como presidencialista, con un presidente con amplios poderes para gobernar, mediante Decretos Supremos, permitiéndose ignorar la fiscalización de la representación popular parlamentaria; pero, también por este medio terminar perpetrando atentados contra los intereses del Estado, como la modificación de las “normas de contratación de bienes y servicios”, alentando que una red de corrupción se enquiste en YPFB, así como el manejo discrecional de los “cheques venezolanos”, para citar los casos más ilustrativos. Segundo, las pretensiones autoritarias encuentran terreno propicio en la debilidad de nuestra institucionalidad democrática, socavada aún más durante la presente gestión, con el avasallamiento del Poder Judicial, con el cierre del Tribunal Constitucional, con el sometimiento de la Contraloría y el Banco Central de Bolivia y la presión ejercida sobre el Congreso Nacional para torcer sus resoluciones.
Tercero, Evo Morales intenta legitimar su pretensión autoritaria y sus actos con una dudosa finalidad revolucionaria, a falta de un programa coherente, con la estrategia de desprestigio de nuestras instituciones, los partidos tradicionales y cualquier brote de disidencia, atribuyéndoles el estigma de su filiación neoliberal y proimperialista, asociado con las causas de la pobreza y otras formas de desventaja de los pueblos originarios y amplios sectores populares frente a los “ricos y egoístas”. Cuarto, invoca la mayoría plebiscitaria obtenida en las urnas para obrar por encima de las normas vigentes con la supuesta legitimidad sustentada en los movimientos sociales con los cuales ha establecido una asociación corporativa para manipular el voto popular sin importar que con ello se sacrifica el libre ejercicio del voto.
En realidad el autoritarismo, el partido único, el centralismo, la homogeneidad y el clasismo revolucionario socialista desarrollados durante la revolución rusa con Lenin, alcanzaron su apogeo con Stalin. Posteriormente, el anquilosamiento político y estancamiento económico en que se debatía la URSS, impuso un nuevo ciclo de reformas democráticas con Mijail Gorvachov, desde su llegada al poder en 1985, aceptando que el marxismo-leninismo no es precisamente la verdad última, abogando por el debate abierto y el reconocimiento de una pluralidad de intereses en el seno de la sociedad soviética.

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