La pareja monógama

[…] Ante este panorama, ¿seguimos necesitando la pareja? La pareja parece haberse convertido en una institución innecesaria, algo que perturba el desarrollo individual y obliga al individuo a enfrentarse y afrontar sus contradicciones. La pareja crea confusión, conflicto, soledad y dolor. Las cifras hablan contra la pareja, en la medida en que cada vez hay más personas que deciden vivir solas. Pero quisiera sugerir que sigue siendo importante defender el concepto, pues la pareja representa una forma social cuyo valor reside precisamente en el hecho de que es contrario al ethos dominante de nuestro tiempo.
¿Por qué? Si nos ceñimos a la definición convencional, la pareja monógama tal vez sea la última unidad social que opera según principios opuestos a los de la cultura capitalista.
Una pareja es de hecho una proclamación contra la cultura de la elección, contra la cultura de la maximización de las elecciones, contra la cultura de que se deben improvisar las elecciones y contra la idea de que el yo es una sede permanente de excitación, gozo y realización personal. En cierto modo, la pareja opera sobre una economía de la escasez. Por tanto, requiere virtudes y un carácter para el que la cultura moderna ya ha dejado de entrenarnos: requiere la capacidad de singularizar al otro, de suspender el cálculo, de tolerar el aburrimiento, de frenar el desarrollo personal, de vivir con una sexualidad (frecuentemente) mediocre, de preferir el compromiso a la inseguridad contractual. De manera que, pese a todo su convencionalismo, la pareja parece cada vez más defender valores que se han convertdo en las auténticas alternativas radicales al mercado. Podemos preguntarnos si, mediante un largo rodeo de la historia, la pareja y el amor no han vuelto a convertirse en la alternativa radical al ethos dominante de su época no como forma de transgresión, sino como afirmación de esa firmeza enérgica y difícil que nos ata a los demás y a ese viejo yo nuestro de siempre, tan pasado de moda.
Eva Illouz, en “Contra el deseo”,La maleta de Portbou, p. 11

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