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La paradoja de la acumulación (o cómo superar el capitalismo)

Sep 9, 2020
6 min read

Llevo años tratando de comprender el mundo en que nos tocó vivir. En el camino me he encontrado con cosas fascinantes. Una de ellas es tratar de desmenuzar las entrañas del sistema económico capitalista y sus efectos.

En las últimas semanas he pensado mucho en lo que llamo la ‘paradoja de la acumulación’. Me parece que este es un punto central para salir del estancamiento en que se encuentra la humanidad, cuya historia reciente ha sido marcada por la depredación del sistema capitalista. 

La paradoja consiste en lo siguiente: La acumulación de unos posibilita la dominación sobre otros.

Suena obvio, pero he aquí el meollo del asunto. La acumulación de capital, producción, alimentos, armas, tecnología e información facilita el sometimiento de un grupo sobre otro.

Tú puedes evadirte y pertenecer a una comunidad ajena al sistema, que viva en armonía con la naturaleza y los ciclos naturales. Pero eso no impedirá que una empresa minera arrase con tu pueblo y su gente, con tal de explotar minerales para acumular ganancias. 

De este modo, la acumulación se convierte en una necesidad de defensa ante una voracidad cada vez mayor, infinita, dentro del proceso de acumulación capitalista. Si un país deja de acumular, vendrá otro más fuerte y terminará sometido. Algo común en países con riquezas naturales.

La acumulación implica acumular energía. El capital permite acumular grandes cantidades de energía a través de la explotación (salarios miserables y precarización de las condiciones de trabajo, a cambio de mayores márgenes de rentabilidad: la famosa competitividad).

Este proceso de acumulación de energía es evidente en las megaciudades que tienden a acumular capital, para lo cual, demandan una gran cantidad de insumos (electricidad, petróleo, comida), lo cual se traduce en un mayor poder de la metrópoli sobre la periferia. 

Esto explica el nacimiento del Estado como una forma de organización social que permite acumular poder, utilizado, simultáneamente para someter a los más débiles de la propia sociedad y defenderse ante posibles ataques de grupos externos. (Por eso no funciona la anarquía).

El capitalismo es consecuencia de un proceso histórico complejo, donde el comercio y la acumulación de bienes materiales, fueron ganando terreno frente al poderío religioso y militar que sostenía a los regímenes de la antigüedad.

El capitalismo como proceso histórico florece paralelamente al colonialismo y la globalización. La acumulación de riqueza, forjó una nueva clase social, la burguesía, y permitió el desarrollo de la ciencia. Este proceso en su conjunto es lo que se denomina como la ‘modernidad’.

Es en este periodo de la historia que los comerciantes y los banqueros, empiezan a tener una importancia social que no habían tenido antes. La acumulación crece mediante el sometimiento de otros y detona una disputa por el poder político ante la monarquía. 

Durante este periodo, que Hobsbawm denomina como las “revoluciones burguesas” iniciadas en Francia, termina de conformarse un nuevo modo de organización social: el Estadio-nación, cuyos orígenes se remontan a la conformación de España al inicio de la época colonial. 

El Estado-nación surge ante todo, como una necesidad de cohesionar simbólicamente a distintas sociedades, asentadas en grandes extensiones territoriales. En este periodo surgen cosas como los himnos nacionales, los símbolos patrios y una nueva narrativa mitológica. 

De este modo, el Estado-nación y las democracias liberales que surgen con fuerza en este periodo, son consecuencia del proceso de acumulación capitalista. La burguesía toma el poder, no por derecho divino, sino como ‘representante’ de las mayorías. Algo ambiguo y muy relativo.

Luego vendría la Revolución Industrial, que modificó el proceso de producción con el surgimiento de la industria, acelerando el proceso de acumulación capitalista y modificando por completo las relaciones sociales.

La Revolución Industrial marcó un antes y un después en la historia de la humanidad, haciendo más amplia la brecha entre ricos y pobres (lo cual se tradujo en el auge colonialista del siglo XIX y dos guerras mundiales) además de un proceso de devastación ambiental sin precedente.

Tras las dos guerras mundiales, donde se evidenciaron los horribles alcances de la industrialización orientada al exterminio humano, el mundo se dividió en dos proyectos políticos que marcaron la Guerra Fría: el bloque socialista y el capitalista. 

El bloque socialista perdió la Guerra Fría con la Caída del Muro de Berlín y la Perestroika, algo que en buena medida ocurrió por las limitaciones impuestas por el Estado al proceso de acumulación, algo que de hecho se exacerbó en el bloque capitalista con el neoliberalismo.

El neoliberalismo fue un proyecto económico y político que buscaba expandir el proceso de acumulación más allá de las fronteras nacionales, luego de que el mercado interno de las potencias se quedara corto frente a la ambición insaciable de los grandes capitalistas.

Tras la experiencia de las Dos Guerras Mundiales, las potencias capitalistas (EE.UU. y Reino Unido) se dieron cuenta que no hacía falta someter militarmente a otros países para expandir sus dominios. Bastaba con exportar capital para dominar los Estados de países más débiles. 

Esta exportación de capital, fue posible gracias al desarrollo de las tecnologías de la información, que marcarían una nueva fase de la Revolución Industrial. Algo que Bauman denominó como la “desterritorialización del capital”.

El neoliberalismo marca un nuevo proceso de colonización con la bandera del ‘libre mercado’. Esto, desde luego, maximizó las ganancias de las potencias capitalistas y las élites cómplices de los Estados-nación avasallados.

Esto provocó que las élites económicas y políticas de los países avasallados, fortalecieran su hegemonía sobre otros grupos, al interiores de sus propias sociedades. La historia de América Latina el último medio siglo es un claro ejemplo de esta situación, de la cual no salimos.

Al exportar capital hacia otros países avasallados, detonó una devastación sin precedente de comunidades y territorios en el llamado Tercer Mundo, debido a que los países ricos exportaron a los países pobres los efectos nocivos de la industrialización, como la contaminación.

(Algo que la llamada economía verde busca maquillar con un bonito empaque ideológico, basado en esa ridiculez del “consumo responsable”, mientras se acumula la evidencia de la devastación ambiental como ocurre con el cambio climático, hijo de la Revolución Industrial).

Esta devastación de las comunidades y territorios, detonó un éxodo masivo y global sin precedentes de gente pobre hacia lo países ricos. El fenómeno migratorio actual es consecuencia del neoliberalismo. Paradójicamente, esto ha roto la cohesión simbólica de los Estados-nación.

Sin embargo, la misma dinámica de acumulación y maximización de ganancias (mediante la precarización del trabajo), provocó que buena parte de la planta industrial de las potencias occidentales se trasladara a la periferia, principalmente a Asia. 

Los países asiáticos asimilaron a su manera, dentro de su propia tradición -cultural, histórica y política- el proceso de industrialización y acumulación de capital. Esto explica el auge de China y los llamados Tigres Asiáticos. 

Las características demográficas, políticas y culturales de China, provocaron una explosión de su industria nacional, cada vez más independiente del capital extranjero. Ahora los chinos le compiten a las potencias capitalistas en tecnología y el sistema bancario.

Esto explica la nueva guerra geopolítica entre las potencias Occidentales (EE.UU.-Europa) frente las potencias Orientales (China-Rusia). 

Un escenario que inevitablemente explica el auge de las ideologías, con ciertos paralelismos a lo ocurrido previo a las 2 Guerras Mundiales.

Es por ello que, en mi opinión, la caída del capitalismo no será consecuencia de una revolución como tal, pero sí, de un proceso histórico en el cual, las revoluciones juegan un papel fundamental. Sin embargo, una verdadera revolución hoy, debe ser consciente de esto. 

Me parece que el hecho de que, la manera en que Asia ha ido desplazando a Europa-EE.UU. como el nuevo centro geopolítico del mundo, cobrará una nueva dimensión con el crecimiento económico de China e India, los dos países más poblados del planeta. 

El crecimiento de las potencias asiáticas hace impensable mantener los mismos patrones de acumulación, producción y consumo que todavía predominan en Occidente.

Es posible que las tensiones entre los dos bloques deriven en nuevas formas de conflicto bélico.

Pero me parece que el mundo se encamina hacia una nueva etapa histórica donde habrán de imponerse medidas más restrictivas a la acumulación de riqueza, y una distribución más equitativa, mediante el uso de otras formas de propiedad, como la social y la comunitaria.

Quizá eso pueda detener el irracional proceso de acumulación y explotación que padece la humanidad actualmente, junto a los otros bichos que pueblan el mundo, que es también su casa. 

Quienes siguen aferrados al caduco modelo civilizatorio en que vivimos, la pasarán muy mal. Así como el feudalismo no duró eternamente, tampoco lo hará el capitalismo, que está autodestruyéndose.

Por eso es importante conocer la historia e interpretar desde esa perspectiva el fascinante y complejo mundo en que vivimos. Necesitamos una nueva filosofía y una nueva estética, para resacralizar la existencia humana y nuestra relación con la naturaleza. 

Esa es la gran revolución que yo veo, y desde la cual, interpreto el mundo en que vivimos hoy. Lástima que estos grandes temas no tengan cabida en los grandes medios de comunicación, hijos de un capitalismo decadente.

Una nueva revolución que, en mi locura personal, he decidido proclamar como la nueva era ficcionalista, un tiempo donde todos los relatos, de todos los tiempos y todas las culturas, habrá de darnos luz en tiempos de oscuridad.

A veces sólo falta un poco de imaginación y atreverse a generar una idea, para modificar el curso de la historia. Tiempo al tiempo. Porque la vida es cuento y la realidad es ficción.

¡Salud!

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