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La palabra es un arma

May 12, 2017
8 min read
Por: TereMike (Miguel Angel Aguilar Arreola)

El S. XVI fue un momento de esplendor pero también de mucho recelo en España, mientras las arcas del clero y la corona se llenaban, el miedo a que permeara el luteranismo y rompiera con la estabilidad del reino marcaba la vida diaria, la Iglesia imperial ejercía coerción sobre sus fieles con la inquisición y todo lo sospechoso, tanto en materia doctrinal como de costumbres, era sometido a escrupuloso estudio.

Este momento histórico no resulto muy amigable con las mujeres, estas tuvieron que someterse a modelos de virtud que las relegaban, la sociedad fue inducida a ver en lo femenino una debilidad espiritual e intelectual, incapaz de discernir y que necesitaba obligatoriamente la tutela masculina, dejando como único lugar de esparcimiento para ellas el hogar. Ejemplo de ello es lo escrito por Fray Luis de León:

“¿Por qué les dió a las mujeres Dios las fuerzas flacas, y los miembros muelles, sino porque los crió, no por ser postas, sino para estar en su rincón asentadas? […] Y pues no las dotó Dios ni del ingenio que piden los negocios mayores, ni de fuerzas las que son menester para la guerra y el campo, mídanse con lo que son y conténtense con lo que es de su suerte, y entiendan en su casa y anden en ella, pues las hizo Dios para ella sola”.

Teresa es consiente de esta situación de marginación “Basta ser mujer para caérseme las alas” (V 10, 8). Se atreve a expresar su experiencia en el campo espiritual, aunque sabe que esto es peligroso, pues cuando ella alguna vez ha hablado abiertamente, ha recibido críticas y censuras: “Preguntábanme algunas cosas; yo respondía con llaneza y descuido; luego les parecía los quería enseñar y que me tenía por sabia” (V 28, 17). Teresa de Jesús conoce muy bien el peligro de los inquisidores, quienes «…como son hijos de Adán y, en fin, todos varones, no hay virtud de mujer que no tengan por sospechosa» (CE 4, 1). Esto le hace ser cautelosa e idear ciertas estrategias para librarse del castigo por atreverse a escribir.

Teresa es una mujer moderna, apela siempre su la experiencia y sus acciones, da tanta preeminencia al papel del yo, que reitera, a veces de manera avasalladora, este pronombre, reforzando la centralidad del emisor, como puede apreciarse en la siguiente cita:

“… y como si YO pudiera algo o fuera algo, lloraba con el Señor y le suplicaba remediase tanto mal. Paréceme que mil vidas pusiera YO para remedio de un alma de las muchas que veía perder; y como me vi mujer y ruin e imposibilitada de aprovechar en nada en el servicio del Señor, que toda mi ansia era, y aun es que, pues tiene tantos enemigos y tan pocos amigos, que ésos fuesen buenos; y así determiné a hacer eso poquito que YO puedo y es en mí, que es seguir los consejos evangélicos con toda la perfección que YO pudiese, y procurar estas poquitas que están aquí hiciesen lo mismo, confiada YO en la gran bondad de Dios que nunca falta de ayudar a quien por él se determina a dejarlo todo, y que siendo tales cuales YO las pintaba en mis deseos, entre sus virtudes no tendrían fuerza mis faltas y podría YO contentar al Señor en algo para que todas ocupadas en oración por los que son defendedores …” (CE. 1,2)

Esta abundancia del uso del yo, obedece a la elección de que su obre gire en torno suyo, surgiendo la presencia de la escritora en su discurso, haciéndose manifiesta al lector.

Frente a este abundante uso del yo, de la apelación a la propia experiencia y la imposición de su autoridad, su estrategia, para quitarse los recelos de los teólogos, será excusarse tras un discurso de modestia y sumisión, hacerse la boba (V 18,5), decir que todo fue escrito por mandato (V. Pról. 1), e intentar borrar el yo mediante el uso de polifonía del discurso apelando a la Divinidad, haciendo a esta garante de sus actos (V. 39,23), la citación de otros autores en el discurso para indirectamente darle mas fuerza a su yo : la Biblia (V 20,10.), sus amigos instruidos (V 40,8) y lo dicho por los Santos (V 40, 6), tal y como se podría esperar en una sociedad teocéntrica como lo fue esa España del XVI.

Esta auto promoción teresiana chocaba con la situación de marginación femenina mantenida por el sistema de esa época, incluso el Nuncio papal Felipe Sega llegó a decir de Teresa que era una: “Fémina inquieta y andariega, desobediente y contumaz, que a título de devoción inventa malas doctrinas, andando fuera de clausura, contra la orden del Concilio Tridentino y de los Prelados, enseñando como maestra contra lo que S. Pablo enseñó mandando que las mujeres no enseñasen.” Dado este desprestigio, nuestra autora tuvo que ingeniar otra táctica que le consiguiera el reconocimiento de los que sabía serian sus primeros lectores: los censores eclesiásticos.

Las expresiones: “me vi mujer y ruin” (C.E.12), “… a cosa tan flaca como somos las mujeres todo nos pueden dañar” (C.E. pról. 3), “basta con ser mujer para caérseme las alas” (V.10,8), “mujer y ruin” (V. 18, 4), “en fin mujer y no buena” (V. 18,4), se consideraban hasta hace no poco como referencias a la humildad de la escritora, o incluso conformidad al pensamiento misógino de su entorno. Sin embargo, los críticos y estudios literarios actuales han sospechado de la excesiva repetición de desprecio a si misma a causa de su sexo, tiene una intencionalidad de refutación anticipada y captatio benevolentiæ. Dejando claro que reproduce irónicamente discursos de su contexto sociocultural que ella no comparte, ya que en otros textos del libro defiende enérgicamente las capacidades de la mujer y se lamenta de su discriminación, tanto por parte de la sociedad como de la Iglesia.

Teresa sabe que las criticas a su obra le vendrán por ser mujer, por su falta de letras o su incoherencia personal, aspectos que aparecen reflejados en sus apelaciones, lo que hace nuestra literata es adelantarse estratégicamente a estas criticas y las anula anticipadamente, ganándose así la voluntad del lector, con lo cual pretende dar énfasis a la experiencia no importando de donde venga, así Teresa logra posicionar su conocimiento a la par del letrado varón. Esta maniobra teresiana es considerada como uno de los elementos más subversivos de su obra, pues esto le permite hacer criticas veladas, y otras muchas abiertas, las cuales fueron censuradas en un principio y hasta hace poco pudieron salir a la luz, como ejemplo tenemos:

“Ni aborrecisteis Señor de mi alma, cuando andabais por el mundo, las mujeres, antes las favorecisteis siempre con mucha piedad y hallasteis en ellas tanto amor y más fe que en los hombres, pues estaba vuestra sacratísima Madre en cuyos méritos merecemos- y por tener su hábito- lo que desmerecimos por nuestras culpas. ¿No basta, Señor, que nos tiene el mundo acorraladas… que no hagamos cosa que valga nada por Vos en público, ni osemos hablar algunas verdades que lloramos en secreto, sino que no nos habías de oír petición tan justa? No lo creo yo, Señor, por vuestra bondad y justicia, que sois juez justo y no como los jueces del mundo, que –como son hijos de Adán, y en fin todos varones- no hay virtud de mujer que no tengan por sospechosa (…) porque veo los tiempos de manera que no es razón desechar ánimos virtuosos y fuertes, aunque sean de mujeres.” (C.E. 4,1)

Tras su muerte y gracias a su canonización, la figura teresiana fue contenida dentro de los cánones del poder, lo cual ayuda a la rápida propagación de sus escritos, de sus quejas. La institucionalización de la figura de Teresa, paradójicamente, ayudó a que su mensaje a veces rebelde fuera propagado, guardado e incluso defendido.

Una pluma subversiva.

“En aquella época de prohibiciones en la que se decía que en el plano religioso a las mujeres les basta con oír sermones y oír alguna lectura mientras hilan, Teresa de Jesús alza la voz: “Querría dar voces para dar a entender qué engañados están”. Le llueven persecuciones y dicen que quiere enseñar en vez de aprender. Pero ella sigue su camino. Enemiga de todo rigorismo, quiere que el espíritu vuele libre en diálogo con el pensamiento. Por eso se hizo escritora. Necesitaba contrastar su propia experiencia interior, sus vuelos, y sentía necesidad imperiosa de asociar a todos a su fascinante aventura.”

En 1895 abriría sus puertas la Biblioteca Nacional en Madrid, España. Su fachada neoclásica se ve decorada con estatuas y medallones que representan a los más ilustres escritores españoles de todas las épocas, Entre tantos escritores de sexo masculino, solo una mujer consigue aparecer entre ellos, Teresa de Jesús, obra del escultor Antonio Alsina y Amils. Y es que como afirma Rosa Navarro, catedrática de Literatura Española de la Universidad de Barcelona: “Teresa de Jesús no sólo es patrimonio de la Iglesia. Es una escritora única que creó la primera autobiografía de no ficción en lengua romance y una innovadora en la expresión”.

Como vimos, el discurso teresiano es, sustancialmente, de carácter argumentativo. Para ella, escribir fue presentar abiertamente, un alegato en defensa propia y en defensa de loa grupos vulnerados a los que ella pertenece (mujer, espiritual, judeoconversa, monja…). El conjunto de sus circunstancias personales y sociales que condicionaron su labor creadora, no se convirtieron nunca en un impedimento a la hora de utilizar la pluma. La obra teresiana es un trabajo emancipador y revolucionario donde, si bien la oración es la principal preocupación de nuestra autora no deja de lado otros tópicos de empoderamiento propio y para su comunidad, como es el acceso a la cultura (V 7,13) y la posibilidad de gobernarse solas (Cta. Gracián 19.11.1576), prácticas que le pertenecían y en muchos aspectos aun hoy son exclusivos del varón solo por nacer varón.

Ella, escritora única, transgresora de “los modelos de virtud”, quien se atrevió a plasmar sus pensamientos en letras, fue modelo y abrió las puertas para muchas otras figuras femeninas alrededor del mundo. Teresa, se volvió un referente al cual religiosas y laicas buscaban parecerse, incluso la misma Sor Juana llegó a tenerla como argumento para justificar su vocación literaria. Teresa es solo un fragmento de la punta del iceberg de una manifestación artística creada en una subcultura que es la vida conventual femenina, pertenece a todo un cúmulo de voces calladas a lo largo de los siglos, escritoras desdeñadas por la perspectiva espiritual de su obra, sin querer entender que corresponden al conjunto, y son pieza fundamental, de la historia de las mujeres, del discurso de la otredad.

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SIGLAS

V       Libro de la Vida

C       Camino de Perfección (Códice de Valladolid)

CE     Camino de Perfección (Códice de El Escorial)

F       Libro de las Fundaciones

M       Castillo Interior o Las Moradas

Const. Constituciones

Cta.     Cartas

Fray Luis de León, La perfecta casada, Taurus, Madrid, 1987. P.158

Francisco de Santa María, Reforma de los descalzos de nuestra señora del Carmen: de la primitiva observancia, hecha por Santa Teresa de Jesus, en la antiquissima religion, fundada por el gran profeta Elías, lib IV, cap 30, nº 2, Madrid, 1644.

Alison Weber, Teresa of Avila and the Rethoric of Femininity, New Jersey: Princeton Univ. Press, 1990, pag. 51

Juan Antonio Marcos, Mística y Subversiva: Teresa de Jesús,Editorial de Espiritualidad, Madrid, 2001. p. 37-38

Víctor García de la Concha, notas leídas en su ausencia, por el también académico y director de «Cómicos de la lengua» José Luis Gómez el 31/3/2014 en el Teatro María Guerrero, con motivo de la sesión sobre Teresa de Jesús.

Ma. Isabel Barbeito Carneiro, Mujeres y Literatura del Siglo de Oro. Espacios profanos y espacios conventuales. SAFEKAT, S. L. Madrid, 2007. Pag. 67.

Sor Juana Inés de la Cruz, Respuesta a Sor Filotea. En: Obras Completas. Porrúa, México, 2010.

“una subdivisión de la cultura nacional que resulta de la combinación de factores o situaciones sociales tales como la clase social, la procedencia étnica, la residencia regional, rural o urbana de los miembros, la afiliación religiosa, y todo ello formando, gracias a su combinación, una unidad funcional que repercute integralmente en el individuo miembro”. (Wolfgang, M. E.; Ferracutti, F.: La subcultura de la violencia. México: Fondo de cultura económica, 1975, p. 116.)

 
 
 

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