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La otra nostalgia

May 12, 2017
3 min read

Rafagueantes y solemnes se fueron marchitando las palabras en la pertinencia de mudarse a otro cuerpo cuando la soledad aprieta y no puede más.

Es la ingobernable apetencia de quien le canta al amor cuando las flores no germinan, porque la vida también es querer sin ser correspondido.

Son las palabras de quien freneció rumiando sospechas, ese sentimiento bucólico de respirar la verde alegría de los campos.

Era como encontrar la verdad bajo una piedra junto al mar, lejos de todo rastro de bondad y de maldad, solo personas procurando no ahogarse en el lío de la vida, como las flores que no son malas ni buenas aunque estén llenas de veneno.

La fantasía es un azar de la memoria, es una enredadera cobijando un árbol, como la selva que se abre paso entre el árido concreto, trepando edificios.

Yo no hacía más que escribir para seguir viviendo, no hacía sino beberme esa nostalgia tan mía y tan tuya en las cantinas para curtirme el alma a chingadazos.

¿De dónde nacerá ese extraño placer de morirse recordando lo que nunca ocurrió, de morirse olvidando lo que nos marcó de por vida?

Ahí van dos corazones despoblados como tulipanes amarillos brotando entre la nieve y la humareda rosa del volcán imaginando ser una nube.

Es la secreta melancolía que nos hace palidecer frente al espejo llegada la hora.

Y así se me fueron las ganas de ver el mar escurrirse a pinceladas, así se fueron silbando las luciérnagas, así se fue royendo el corazón como la temblorosa flama de una vela que ilumina pero no calienta.

Somos un huerto de ataúdes y tumbas, por eso preferimos un jardinero antes que un sepulturero, porque la tierra más fértil para hacer el amor es donde se ha labrado la alegría bajo el monzón del verano, los gusanos, el estiércol, y la luna llena derramada en tus ojos felinos.

La oscuridad que nos habita es fresca y dentellada, es la misma calma fría y silenciosa que yace en el fondo de una cueva, como estalactitas que gotean en el tiempo subterráneo.

Yo no enfermé de tanto dormir, a mi la enfermedad me vino de lejos, en la humedad de una canción y las cuerdas de la guitarra que apretaban y dejaban marcas de asfixia en la insensatez de una caricia, un corazón caliente que no sabe sino remar a contracorriente y decir groserías porque sí.

No soy sino una hemorragia ambulante vagando de cama en cama, una mancha de sangre fermentada volando a cielo abierto, un aullido que se evapora entre las piernas de una mujer, un cúmulo de estrellas haciendo explosión hace apenas un segundo, o quizá un millón de años luz.

Yo me sentaba a disfrutar de la tarde boscosa y lacustre junto a ti, una tarde sofocada por un ligero ventarrón que mecía los recuerdos y el aire imperturbable.

Dirán que yo no sé de lo que hablo y puede que tengan razón, pero yo no sé sino cantar lo que me va dictando la vida al oído.

Las etiquetas siempre salen sobrando cuando uno sabe quién es.

Esta no es una nostalgia como las otras, es una nostalgia alegre y necesaria, como la anhelada soledad de encontrarse consigo mismo.

Por eso hoy te pido: cuéntame un verso que todavía no conozco, dime si me equivoco cuando digo que para mirarse hacia adentro no se necesita abrir los ojos, tan sólo es preciso dejarse envolver en el misterio y disfrutar la función.

Así se escriben los grandes dramas, las grandes comedias, las grandes pasiones de la vida breve que se va entre sueños y ficciones, ladridos del alma que nunca podrán domesticarse. ::.

 
 
 

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