La locura de imaginar locos que imaginan
Hoy leí un breve texto sobre la vida y obra del poeta Gerardo Arana, el poeta maldito de moda en los barrios bajos de la poesía mexicana, que me voló los sesos: “¿Tú crees que algún día tu terapeuta pueda decirte: oiga, lo que usted tiene es un problema de la imaginación?”, preguntó en alguna ocasión Arana a su amigo Antonio Tamez durante la presentación de un libro. La frase fue para mí una implosión telúrica. La imaginación y la locura van muy de la mano. La primera es una fuga; la segunda, un paso en falso por el precipicio. Quizá por eso la rigidez típica de la gente “normal” insiste en llamar locos a quienes conspiran en el suelo movedizo de la imaginación. Quizá por ello, los imaginantes están tan predispuestos a la locura. La imaginación es un aforismo de lo imposible: la locura es el caos absoluto. Dos muecas para un mismo rostro, sin líneas que delimiten el territorio ambivalente de cada cual. Es entonces cuando la cínica pregunta de Arana pega en seco. En este mundo loco, imaginar es un crimen imperdonable que se persigue y castiga. Los imaginantes habrán de ser llevados a la cruz para expiar las culpas de los locos. Vaya sarcasmo.


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