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“La hora de la verdad”

Jun 15, 2009
3 min read
Por Manfredo Kempff Suárez

Por Manfredo Kempff Suárez

No nos llama a escribir sobre el tema marítimo ningún motivo de animadversión hacia Chile, sino un afán netamente patriótico, si es que en Bolivia se cree todavía en el patriotismo. Lo cierto es que desde hace mucho nos preguntábamos en qué se había avanzado dentro de la reservada Agenda sobre la que secreteaban bolivianos y chilenos. Y nos temíamos —y lo decíamos— que nos parecía que no existía ningún avance en absoluto en ese asunto vital.

Lo de la construcción de la confianza mutua ya lleva tres años y medio y si en ese tiempo la opinión pública chilena está más enconada que antes contra Bolivia, no sabemos con qué éxito se manejó ese acercamiento. Brillantes diplomáticos nos ha enviado Santiago a La Paz, y, sin excepción, supieron aproximarse al oído del canciller Choquehuanca y de los militares para persuadirlos de que todo marcharía bien dentro de la Agenda, y de que se llegaría a una solución satisfactoria en la dramática cuestión portuaria.

De otra parte, el presidente Evo Morales —hosco y peleador como pocos— quedó rendido ante la presidenta Michelle Bachelet. En cuanto la ve se le ilumina el rostro a S.E. ya sea en asambleas o encuentros bilaterales. El hecho concreto es que su amor hacia ella es tan hondo como su odio a Alan García. Por primera vez en la historia de la República se produce este fenómeno tan extraño. Y no es que critiquemos la relación afectuosa con la señora Bachelet, sino que deploramos el comportamiento rencoroso que existe con el presidente peruano.

¿A qué viene esta comparación? Es obvio. El canciller Choquehuanca ha afirmado sorpresivamente en la reciente asamblea de la OEA en San Pedro Sula, que, en cuanto a nuestro reclamo marítimo, se aproxima “la hora de la verdad”. En el argot taurino, “la hora de la verdad” es la de entrar a matar con el estoque. Significa, en tauromaquia, que ya pasó la suerte de capa, de pica y de banderillas; es decir que el toro ha humillado la testuz y espera el acero. ¿Así estará Chile?

Ahí es donde nos acuden las dudas porque ignoramos —como todos los bolivianos no masistas— qué es lo que realmente se ha avanzado con Chile. Y si se ha avanzado lo que deja entrever nuestro Canciller, qué papel jugará el Perú en este desenlace. Porque tratar de encontrar una solución al enclaustramiento, sin Perú, resulta disparatado. Y al nivel a que hemos llevado nuestras relaciones con los peruanos, no creemos posible que se les haya informado de nada y menos que se haya pedido su parecer sobre algo.

Entonces, o los “movimientos sociales” se van a tener que quitar la camisa y cavar el túnel desde Charaña hasta una isla artificial frente a Arica o tenemos una solución mágica que le hace una finta al Perú. Para que Chile no burle el tratado de 1929 —que no lo va a hacer— la solución a la que se ha llegado tendría que estar en territorios que fueron bolivianos antes de la invasión chilena de 1879. ¿Habrá una solución en ese sentido? Por lo menos Chile jamás lo ha aceptado. Si no es así ¿qué es lo que se ha negociado en los últimos años? Porque ya sabemos que ha existido un nutrido intercambio de personalidades, que se está fijando precio a las aguas del Silala, que sólo se necesita cédula para viajar entre ambos países, que hasta un toque de silencio rindió un escuadrón militar chileno a don Eduardo Abaroa. Pero eso es lo mismo que los chilenos hacían con Melgarejo. ¿O no?

No lo quisiera, pero veo que se viene una época de dificultades con Chile. Una tormenta. A Evo Morales no le gusta que le tomen el pelo. La cosa es cuando se dé cuenta que se lo han tomado. Y peor que, de yapa, vayan a acusarle de una traición inconcebible a Bolivia. El Canciller recibirá una tunda de improperios de S.E. que la tendrá merecida. Pero eso no quitará de un retroceso enorme en la solución portuaria. El retroceso más grande que se ha dado desde 1929. O más todavía, desde 1904.

Una política exterior errática, mala por donde se la mire, ignorante de los problemas, no podía sino traernos lo que hoy tenemos entre manos: nada.

 
 
 

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