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La doctrina del shock, Naomi Klein

Apr 23, 2020
9 min read

Qué mejor momento para recomendar un libro que en su día y cuando además estamos confinados en casa con mucho tiempo libre. El que traigo hoy viene muy pegado a la actualidad, ya que lo que relata en sus páginas establece un paralelismo con lo que estamos viviendo.

En La doctrina del shock la periodista y escritora canadiense Naomi Klein repasa la historia mundial reciente (desde los años 50 del siglo pasado hasta poco antes del momento de su publicación en 2007) y pone en evidencia cómo el capitalismo se ha aprovechado de las crisis para introducir medidas de choque económicas. Esta investigación de cuatro años desmonta el mito del mercado libre y muestra cómo mientras la ciudadanía aún se está recuperando del trauma, los poderosos aprovechan para vender la red estatal a los agentes privados.

El libro arranca repasando experimentos encubiertos realizados por el psiquiatra Ewen Cameron en connivencia con la CIA y establece un paralelismo entre estas pruebas y la terapia de choque económico, en la que los organismos gubernamentales se aprovechan de una sociedad debilitada para torturarla. Presenta también a Milton Friedman, profesor en la Facultad de Economía de la Universidad de Chicago, Nobel de Economía e ideólogo de un movimiento que frente a la corriente keynesiana que confiaba en una economía mixta en la que el Estado fija los precios para que algunos productos sean más asequibles, establece salarios mínimos para proteger a los trabajadores contra la explotación y fomenta una educación pública accesible a todo el mundo;  defendía un capitalismo puro sin intervención del Estado, aquello del libre mercado y que este se autorregula solo si se le deja a su libre albedrío (si hay fallos, es porque ha habido alguna intromisión).

Friedman se oponía a cualquier reglamentación y regulación que impidiera la acumulación de beneficios. No proponía la eliminación completa de los impuestos, pero de existir, debía tratarse de tasas fijas (y bajas) en las que se gravara por igual a todos los ciudadanos, independientemente de sus ingresos. Además, defendía la privatización de sanidad, correos, educación, pensiones… Estas ideas quedaron recogidas en su libro Capitalismo y libertad, un ensayo que caló muy bien en el sector conservador estadounidense, que veía cómo el mundo iba recuperándose económicamente tras la II Guerra Mundial, pero esa riqueza se redistribuía a través de los impuestos llegando también a clases no tan pudientes. Así pues, pronto se convirtió en su programa económico  de referencia.

El problema de estas medidas privatizadoras y de liberación del mercado donde el Estado no interviene y todo queda en manos de empresas privadas no son fáciles de implantar de golpe porque la sociedad se rebelaría (o al menos eso es lo que se esperaría). Por tanto, lo que queda es esperar el momento oportuno para introducirla. Este se da ante una crisis a gran escala, cuando la ciudadanía está traumatizada y pensando en sobrevivir (en solucionar lo más urgente) confiando en el gobierno para que se encargue del resto. Para cuando se quiere recuperar la normalidad las políticas desiguales que enriquecen a las élites y debilitan al resto ya están en pleno funcionamiento. Hay veces que estas crisis han sido fortuitas, pero otras, como bien recoge Klein a lo largo de su libro, han sido conscientemente orquestadas.

Uno de los ejemplos que expone la autora es el de Chile, donde durante los años 60 se becó a muchos estudiantes para que fueran a estudiar a la Universidad de Chicago y así conseguir adoctrinarlos en esta teoría política de Friedman, ya que en Estados Unidos no gustaba el rumbo que estaba tomando el Cono Sur (Chile, Argentina, Uruguay y partes de Brasil) implantando medidas keynesianas. Sin embargo, las ideas no calaron en los partidos políticos chilenos como sí habían hecho en Estados Unidos, es más, en 1970 Allende ganó las elecciones. Cuando este quiso nacionalizar las minas de cobre, a Estados Unidos no le gustó y se fraguó un golpe militar que pretendía, por un lado, expulsar a Allende del poder y, por otro, implantar las ideas de la Escuela de Chicago. El general Pinochet instauró la dictadura, reprimió y torturó a la población para que no hubiera oposición y siguió los consejos de Friedman de privatizar empresas, eliminar control y de precios y recortar gasto público (salvo el militar que aumentó). No obstante, las medidas no funcionaron y una década después había aumentado el paro y la pobreza. A mediados de los 80 Pinochet se vio obligado a nacionalizar muchas empresas. Hoy, casi 40 años después, Chile es uno de los países del mundo con mayor desigualdad.

El caso de Argentina y su dictadura entre el 76 y el 83 fue muy similar. El país también había crecido en la década de los 50, llegando a tener la clase media más numerosa de todo el continente. Con la llegada de Videla al poder, la población fue reprimida, se aplicaron las tesis de Friedman, el país se endeudó y aún hoy intenta recuperarse. En toda dictadura militar de América Latina las deudas nacionales crecieron de forma desorbitada. Cuando los regímenes cayeron, los acreedores exigieron sus pagos, por los que las democracias posteriores tuvieron que lidiar con unas economías de posguerra. Lo paradógico del asunto es que entre estos acreedores estaban el FMI y el Banco Mundial, dos entidades que se supone que nacieron para evitar precisamente estas situaciones y sacar a países de la pobreza (el mismo Keynes participó en la fundación del Banco Mundial); sin embargo, en la realidad han sido los mayores exponentes de la Escuela de Chicago exigiendo a los países que privatizaran sus riquezas endeudándolos más aún.

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Klein recoge también los casos de Reino Unido y Bolivia. En el primero de ellos Margaret Thatcher aprovechó la Guerra de las Malvinas en 1982 para despertar un sentimiento patriota y desviar la mirada de la problemática minera que se vivía en casa; mientras que en el país latinoamericano Víctor Paz cambió su programa electoral tras ganar los comicios de 1985 provocando gran pobreza y desempleo. La población se echó a las calles, pero el gobierno aplacó las protestas casi como si de una dictadura se tratara.

En la cuarta parte de La doctrina del shock  la autora sigue con el repaso mundial analizando lo ocurrido en Polonia, Rusia, Sudáfrica y algunos países asiáticos. Todos los casos se parecen mucho. Veamos:

  • Cuando Polonia se independizó de la URSS, el gobierno de Lech Walesa se dejó asesorar por los teóricos de la Escuela de Chicago y siguió los pasos de Bolivia aplicando unas medidas contrarias a las que había prometido en su programa electoral. Por supuesto, esto endeudó al país más aún e hizo que el partido no revalidase su mandato.

  • El G7 y el FMI pretendían que Gorbachov aplicara la terapia del shock en la URSS allá por 1991, sin embargo, este era más partidario del sistema socialdemócrata escandinavo, por lo que se resistió a seguir sus “recomendaciones”. Como reacción, Yeltsin, presidente de Rusia, forzó su dimisión y, formando alianza con otras repúblicas, provocó la disolución de la URSS. Con las manos libres, Boris se dejó aconsejar por economistas liberales seguidores de Friedman que recomendaron las famosas privatizaciones, liberación de precios y recortes sociales. Esto provocó el empobrecimiento absoluto de 72 millones de personas en sólo ocho años y el nacimiento de millonarios. Yeltsin también tuvo su oposición, pero como ya había ocurrido en otros países, se comportó como un dictador reprimiendo cualquier crítica (incluso quemando el Parlamento en 1993). De cara al exterior se vendía el discurso capitalismo vs comunismo que tanto había funcionado durante la Guerra Fría para apoyar al presidente. En este caso Yeltsin volvió a ganar las siguientes elecciones gracias al shock de la guerra chechena y a su control de los principales medios de comunicación.

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  • En Sudáfrica, cuando Nelson Mandela llegó al poder tras 27 años en prisión consiguió acabar con el aparthaid, sin embargo, en el ámbito económico ya estaba todo atado y no pudo nacionalizar la banca, las minas o los monopolios tal como había prometido en campaña. La desigualdad no desapareció, sino que se hizo más patente cuando en 1996 se siguió privatizando y recortando en gasto público. Allí tampoco funcionó la terapia de shock.

  • En cuanto a Asia, Klein repasa cómo a finales del siglo XX países como Corea del Sur, Indonesia, Malasia, Filipinas y Tailandia entraron en una gran crisis y el FMI miró para otro lado negándose a ayudarles porque si sus economías se hundían, las empresas occidentales podrían comprar las locales a precio de ganga. Una vez que el FMI intervino, impuso sus condiciones ya bien conocidas: privatizaciones, despidos masivos y recortes en servicios públicos. Como ya se vio en los países anteriormente citados, la fórmula no funcionó.

  • Un caso aparte es el de China, que se la sigue considerando comunista, pero que en los últimos 30 años ha ido privatizando empresas y desregulando precios y salarios. Estas medidas también tuvieron su respuesta en las calles, pero fueron rápidamente aplastadas y han llevado al país a ser hoy en día la fábrica más barata del mundo con trabajadores en condiciones de esclavos.

La parte más interesante (y escalofriante) del libro es cuando ejemplifica el capitalismo de desastres y cómo las empresas han sabido sacar rédito incluso de estas lamentables situaciones. Por ejemplo el huracán Mitch en 1998 dejó devastados países centroamericanos que después recibieron ayudas a cambio de privatizar empresas (que fueron compradas por empresas extranjeras) y liberalizar mercados. En 2004 el tsunami en el Índico fue aprovechado en Sri Lanka, Maldivas, Tailandia e Indonesia para echar a los pescadores de las playas, cambiar las leyes y construir grandes hoteles de lujo. En Estados Unidos, tras el huracán Katrina en 2005, la Heritage Foundation propuso 32 medidas para recuperarse de la catástrofe que incluían privatizar la educación pública (que es vista como una interferencia en las leyes del mercado). En lugar de invertir para reconstruir y mejorar el sistema, se entregaron cheques a las familias para que se pasaran a las escuelas privadas y así cerrar las públicas. Todo siempre en beneficio de las empresas privadas, como impedir que voluntarios recogieran los cadáveres porque se había contratado a una empresa que ya cobraba por cada uno de los cuerpos.

En esto Estados Unidos ya era todo un experto, pues lo acontecido en la invasión de Irak de 2003 había sido un ejemplo de manual de esta doctrina y que merece capítulo aparte. La doctrina del shock recoge la teoría de Stephen Kinzer de cómo el país americano siempre que lleva a cabo operaciones de cambio de régimen sigue el mismo proceso: una multinacional estadounidense sufre una amenaza financiera en otro país (ya sea con obligación de pagar impuestos o respetar leyes locales), Estados Unidos lo ve como un ataque y comienza una ofensiva contra ese país vendiendo su intervención como una liberación. Es lo mismo que ha hecho en Vietnam, en Corea, en Irak…

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Klein analiza la guerra de Irak y lo que han vendido como reconstrucción posterior que no ha sido otra cosa que (de nuevo) privatizaciones masivas y liberalización del mercado (menos el petróleo). El dinero fue a parar a empresas británicas y estadounidenses provocando que la industria local se hundiera. El paro empujó a muchos iraquíes al fundamentalismo religioso, que desde entonces fue creciendo dándole alas al Estado Islámico. El mismo del 11S, otro suceso que también se aprovechó para obtener rédito económico. George W. Bush ya venía privatizando todo lo que podía: prisiones, la seguridad de los aeropuertos, el control del espacio aéreo y hasta tareas del departamento de Defensa. Sin embargo, se sirvió del shock de los ataques terroristas para ir más allá y privatizar incluso los interrogatorios de prisioneros. A más información obtenida, más cobraban las empresas, por lo que no es de extrañar que subieran las torturas y muchas confesiones no fueran veraces.

Es un libro extenso pero que se lee rápido gracias a la redacción en tono periodístico y el aporte de datos y de opiniones de gente diversa para ejemplificar cómo esta teoría de Friedman se ha intentado desarrollar una vez tras otra sin éxito alguno. Aunque todo depende del cristal con que se mire, claro, ya que esta doctrina del shock genera grandes beneficios, sí, pero solo para unos pocos. Como bien indica Klein, no se trata de una economía liberal, conservadora o capitalista, sino corporativista, ya que elimina cualquier línea entre el gobierno y el sector empresarial. No es que haya puertas giratorias, es que hay campo abierto.  En cuanto un país avanza hacia políticas de redistribución de la riqueza y mayor inversión social en sanidad y educación, salen manos negras que intentan contrarrestar estas medidas aplicando otras que favorezcan la transferencia de riqueza pública a la propiedad privada, que se incremente la distancia de las clases sociales y todo ello envuelto en un nacionalismo agresivo que justifica que la única inversión del estado sea en defensa y seguridad. Es decir, gasto militar.

Visto lo visto, y leído lo leído, siguiendo la teoría de Naomi Klein, da mucho miedo el futuro. Porque ya estamos ahí, en el germen de la doctrina del shock. Ya tenemos el coronavirus como trauma que nos cambia la visión a lo próximo, a lo actual, y nos perdemos la perspectiva global de lo que sigue ocurriendo en el mundo. Se habla mucho de que deberíamos aprovechar esta situación para imponer una nueva normalidad, más justa, sin embargo, también es el momento perfecto para suspender las reglas del juego democrático e imponer las doctrinas liberales. Ya se vio en el 2008 con el rescate de los bancos y cómo las élites políticas y económicas entendieron la crisis como su oportunidad para especular y lucrarse a costa de una ciudadanía empobrecida. Podemos seguir la senda que ya ha marcado Estados Unidos rescatando a la industria petrolera, o podemos intentar reforzar la sanidad, la educación, la inversión en ciencia y en investigación. Difícil horizonte se nos presenta.

 
 
 

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