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La dama y el tablero

Dec 2, 2020
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Un grito sobre otro soterrado, en el umbral donde van a morir las irrepetibles tardes que nunca más fueron, ahí, en el tranvía de las personas momentáneas.

De su boca derramaba el licor de los labios solos, la soledad que se acumula de golpe en el fondo del deshilachado corazón.

Una pieza sobre otra, una herida sobre otra, una ausencia que se repite a lo largo del tiempo y no escampa, sólo andanzas repetidas.

¿Será la vida acaso, una sucesión de instantes que no volverán, ecos pasajeros de las flores rotas sobre la mesa?

Son los recuerdos que se marchitan bajo la lengua, la suciedad que recubre aquella fotografía amarillenta, un diluvio de manos solitarias buscando el silencio de la noche entreabierta.

La dama alista su última jugada, la partida final, el mundo diminuto cuando estalla en aquella ridícula cuadrícula y la simetría perfecta del claroscuro.

La vida es otra cosa, no sólo guerra, no sólo ejércitos enteros devorándose entre sí, una herida sin principio ni fin, la primavera escarlata que sucede a la crueldad del invierno, como ojos que añoran un mañana.

La muerte nunca avisa, avanza sigilosa entre los escombros de la condición humana, como la carne roja cuando tiembla de amor y de sed en el último chillido de la guitarra, una vieja canción que resurge de pronto entre la neblina y la memoria, un sorbo de agua.

Volverán a doler las palabras y los sueños, como una mirada cuando cava profundo hasta la raíz.

¿Cuántas veces fuimos un solo ardor en el aire?

¿Cuántas veces estuvimos juntos, merodeando, la noche sin estrellas?

Cuántas jornadas de duros silencios, de vino y nostalgias, y los estertores de la sangre hirviendo, la sangre desnuda que se baña y se va por la coladera.

Fuimos a morir a las tumbas sin nombre donde duerme el amor.

La niña del cabello rojo despertó de su trance y las pastillas, el amor que nadie nunca dijo y ahí estuvo siempre, escondido, en el oscuro sótano de una prisión, la desvencijada morada de un viejo.

La vida es viaje, vivir el sueño, no detenerse ante nada, es la ternura que subyace en las almas infinitas, un café por la mañana, las cosas simples, la alegría diminuta que respira en cada fría bocanada, una luz que danza en la tiniebla, la tibia recompensa de vivir siempre con el corazón en la mano, tan galopante, como un navío atravesando el cielo, un aullido que se siente y no se ve. ::.

 
 
 

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