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LA CRISIS DEL AUTISMO

Se llama Leucovorina y es un fármaco. Se suministra a pacientes en quimioterapia para ayudar a contrarrestar efectos secundarios en la absorción de folato (esencial para crear células , glóbulos rojos y ADN). También existe una enfermedad genética relacionada con la absorción del folato llamada Deficiencia Cerebral de Folato (DFC) y que se presenta en uno de cada millón de niños. Cuando el niño no recibe suficiente folato en su cerebro, se manifiesta con regresión y síntomas parecidos a los del autismo antes de los dos años.

Esas señales, porque no se puede llamar evidencia, fueron suficientes para que la FDA, la Agencia que controla alimentos y medicamentos en la unión americana, confirmara este medicamento como la primera vía para el tratamiento del autismo. En su declaración dicen “Hemos presenciado un trágico aumento de cuatro veces en el autismo en dos décadas. Los niños sufren y merecen acceso a tratamientos potenciales que han demostrado ser prometedores”

Ningún estudio con una muestra lo suficientemente grande ha demostrado relación entre la DFC y el autismo. La decisión se basa en unos pequeños estudios con muestras de población poco significativas (menos de doce pacientes) y una duración inferior a la requerida para que fuesen concluyentes.

Adicional a estas falencias, el seguimiento de los pacientes autistas tratados con Leucovorina presentaron una evaluación deficiente de sus habilidades lingüísticas y sociales con relación a su edad. Por lo que el estudio tendría errores metodológicos que llevaron a relacionar directamente la condición al autismo y no a reconocer que puede haber pacientes con DFC dentro del espectro sin que esto signifique que es un determinante del autismo.

Pero se aprobó a pesar de las reservas de la comunidad médica y científica. El medicamento lo produce GSK (Glaxo Smith Kline), la sexta compañía farmacéutica más grande del mundo cuyo producto bandera es un antidepresivo. Así que saben de nichos rentables y, ante la “crisis de autismo”, no se podían quedar fuera ya que la FDA estaba interesada en ayudar a esta castigada población de pacientes autistas.

La comunidad médica pide realizar estudios más amplios sobre los efectos de la Leucovorina en edades tempranas. Les preocupa también que no se estime la dosis indicada para cada caso y por cuánto tiempo deben tomar el fármaco para ver el “retroceso” del autismo, cuándo se empiezan a ver los efectos y si es necesario que terminen suministrándolo para toda la vida, que es la base rentable de muchos medicamentos.

Esos estudios más específicos pueden tardar mínimo cinco años, si se hacen bien. Pero al emitir el anuncio de forma tan espectacular y viral, los padres fueron los primeros en decir “queremos el medicamento” y el mandatario que anunció “el hallazgo”, con su ya conocida actitud, quiere resultados inmediatos de descenso de la tasa de autismo en su país.

Ahora, el asunto con el Tylenol, producido por Johnson&Johnsons en principio y cuya patente pasó a ser de un laboratorio más pequeño y que se separó de la gigante farmacéutica, ahora tendrá, también por orden de la FDA una alerta en sus cajas sobre el riesgo de causar autismo. Quizá si fuera la J&J no habría pasado lo que pasó.

Así que el autismo seguirá siendo un laboratorio rentable donde todo es experimental y justificado en una epidemia creada. Creada no por las amenazas alimentarias y ambientales, sino por un sistema de salud que maneja cualquier condición neurocognitiva como autismo debido al amplio paquete terapéutico que ofrece esta condición. Si tiene retraso del habla: autismo; si tiene TDAH: autismo; si tiene retraso de desarrollo: autismo. Así, las cifras escalan al nivel de epidemia y genera un coste económico que solo en el país del norte ascendió de $268 mil millones de dólares en 2015 a $461 mil millones en 2025.

Pero así ha sido con el autismo siempre. Recordemos que el autismo ha sido tratado más con medicamentos que son para otras condiciones, como es el caso del Risperdal (J&J) que está indicado para la esquizofrenia, el Ácido Valpróico (Depakene) que se usa para epilepsia y que se receta aún si el paciente no presenta esta afectación por los efectos neurológicos que mantienen un estado de ánimo más controlado. Lo mismo con los antihistamínicos y antialérgicos que recetan para mejorar el sueño por sus efectos colaterales letárgicos.

En este momento los grupos dedicados a la cura del autismo con Leucovorina se incrementaron en número y miembros. Las ventas de complejo B, tratamiento paralelo al fármaco, se dispararán seguramente. Testimonios favorables de “familias” empiezan a inundar las redes sociales y el autismo seguirá siendo un nicho aprovechado por aquellos que saben cuánto pagaría un padre o una madre por quitarse el problema del autismo de encima.

Y entre culpar a las madres y respaldar curas milagrosas sin estudios científicos, las voces del autismo, personas diagnosticadas y familias que no ven el autismo como una tragedia, declaran que el autismo no es algo que pueda revertirse ni prevenirse. Que las personas con autismo son miembros valiosos de la sociedad y merecen respeto, apoyo y oportunidades para prosperar como todos los demás. Presentar el autismo como una tragedia o una epidemia solo perpetúa el estigma.

 
 
 

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