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La carta de la princesa

Aug 13, 2021
5 min read
Miguel Angel Aguilar Arreola (TereMike)

Me mandan escribir esto como si no fuese lo suficientemente pública mi vida. Mi nombre es Ana de Mendoza, Princesa de Éboli, y escribo esto desde la prisión de mi hogar, una palacio que han tapiado, que han convertido en pocilga. Es difícil la soledad, pero ya debería estar acostumbrada. La vida de las que vivimos en la corte no es mas que una continua soledad acompañada, siempre rodeada de lujos y gente aduladora, pero tan secas y vacías en la realidad. ¿Qué pecado he cometido para que viva ahora así? … no le llamaría pecado, es tan solo la vida, una vida llena de desengaños y pérdidas. Iniciando por mi padre, aquel que deseaba un varón con ansia y engañó a mi madre, cuando descubrí esto muy moza, monté en cólera y cayéndome de las escaleras me lastimé el ojo derecho, por ello me lo cubro con un elegante parche. Este fue el inicio mi carácter orgulloso, dominante y altivo pero también voluble, rebelde y apasionado. Aprendí a no amilanarme ante nada y ante nadie, pues la mujer sumisa no consigue nada, y yo era una mujer con metas que cumplir. A mis trece años, mientras vivía en la corte, el Rey me obliga a casarme con su consejero Ruy Gómez, como agradecimiento a sus servicios, haciéndolo gozar de los honores que solo mi apellido le podía dar. Obligar es una palabra fuerte, y no me gusta usarla, hasta hoy nadie me había obligado a algo, todo lo hacía por mi cuenta viendo primero el beneficio, y lo que me ganaba con Ruy Gómez era una enorme fortuna acompañada de toda su influencia en la corte, incluyendo la cercanía con el Rey. Durante los años maravillosos que pasamos le di seis hijos, y un renombre con la casa de los Médicis, con quienes entable grande amistad. No así con mis primos los duques de Alba que querían quitarle el puesto a mi marido para dejarme en la ruina. Este fue el tiempo de mis obras pías, pues la noble que ayudara más conventos era la mas reconocida, así fue como conocí a esa beata conocida por la severidad de su reforma religiosa: Teresa de Jesús. Aunque parezca extraño esa mujer no era diferente a mí, a las dos nos consideraban bellas, inteligentes, rebeldes y cortesanas. Nuestra manera de ser era tan parecida que me hizo entablar una guerra de la que ahora me arrepiento, pues no contaba con sus propios contactos ante el Monarca y su no darse por vencida. Largos meses le insistía para que me visitara e hiciese su fundación, pero solo recibía cartas de disculpa aplazando la vista, decidí hacer todo por mi cuenta y cuando construí el convento en mi villa de Pastrana le hice traer a la fuerza. Al llegar, esa maldita, no se contentó con lo que había hecho y mando hacer reformas al edificio y a las normas que yo había planeado. Por capricho me hice de aquel libro que escribió sobre su vida, me lo dió con la condición que no lo enseñase. sin embargo, no pude resistir leer a mis amigas lo que me parecían estupideces de una visionaria. La tristeza que vino con la muerte de mi esposo me llevó a querer ser religiosa, encerrarme entre los cuatro muros y vivir la vida de Teresa. Ante el mismo cadáver de mi esposo y en presencia del prior descalzo de mi comarca, exigí a este que se quitase su hábito para ponérmelo. Tomé un nuevo nombre: Ana de la Madre de Dios e Inmediatamente le escribí al Rey para que tomara la tutoría de mis hijos a cambio de mi silencio sobre nuestra aventura tenida en vida de su ya fallecida mujer Isabel de Valois, a la que le servía de compañía en sus diversiones. Todo me pareció tan fácil, pero no contaba con las influencias de Teresa, la testarudez de la priora de Pastrana: Isabel de Sto. Domingo y su regla de rigor en cuanto a la obediencia. La vida descalza terminó por fastidiarme y exigí llevar una vida conforme a mi alcurnia. Hice que mis criadas tomaran el habito, tome a la fuerza el priorato y me hice construir una celda en el jardín donde vestía mis lindas ropas y joyas mientras tenia contacto con hombres desde mi ventana, llegando a embarazarme. Estas cosas horrorizaron a esas infelices monjas e hizo que huyeran de mi lado una noche. Nunca me sentí tan humillada, y montada de cólera llevé a esa monja a la inquisición, pues matarla resultaría muy peligroso y evidente, denuncié ese libro que tiempo atrás me había prestado, desatando un proceso judicial muy largo. Sin embargo, ella salió victoriosa, una santa, y yo, ¡solo soy la ramera del Rey! Las situaciones y las críticas nunca me detuvieron, no tarde en regresar a la corte haciendo gala de todos mis talentos, entré a Madrid reclamando mis derechos como viuda de Don Ruy. El Rey fingió descontento a mi llegada, pero ya habría de arreglarse todo en el lecho, como en los viejos tiempos. Sin embargo, nunca me perdonó el trato que le di a esa monja , cosa que hasta hoy me trae problemas. El regreso a la corte no fue fácil, llegue confundida sobre el tiempo que debería permanecer ahí, pero el reencuentro con mis hijos me ayudo a mantenerme dentro, pues necesitaban de mi protección y de mi ayuda para poder colocarse en puestos importantes en el gobierno o en la iglesia. Felipe era buen amante pero no me daba mi espacio. Como Rey, creía que todos eran súbditos y ese papel nunca me ha gustado, en ese trance estaba cuando se me acercó un galante caballero, joven y apuesto, era mi ahijado y ahora ostentaba el puesto de secretario real, su nombre: Antonio Pérez. Cuanta diversión, esas noches en Granada y esas arcas llenas de oro real, esos fondos que astutamente desviamos para nuestro idilio y que es el motivo de mi prisión. Una noche ya no volví al lecho del Rey, los brazos de Antonio se me hacían mas confortables. Su Majestad nos encontró juntos en los jardines del Escorial y se descubrió no sólo nuestro amor, también el desvío de recursos y lo más grave: la conjura que planeábamos para aliarnos con los príncipes de Flandes con la finalidad de destronar a Felipe y poner a Don Juan, el hermanastro de Su Majestad. Todos fuimos castigados, no he sabido ya nada de mi Antonio, ni de Felipe, sólo vivo aquí encerrada, sin ver el sol, custodiada por guardias y asfixiándome con mi aliento. Pero aún vivo, no a modo de escarmiento, si no como signo de una libertad que no todos se atreven a vivir como yo.

 
 
 

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