India: primer encuentro
Nada me preparó para ese primer encontronazo contigo, Delhi, puerta que se abre ante mí para descifrar ese inmenso continente lleno de misterios e historias, ese anhelado lugar que eras también tú, India, la de los mil dioses de los mil brazos de las mil almas de los mil colores.
No sé por qué razón me sentí atraído hacia ti, pues ya te quería desde hace mucho tiempo antes de conocerte.
Serían las muchas fantasías que me contó el Adampol, o sería la huella que dejó en mí el Mahatma, los versos de Tagore, la prosa imprudente de Rushdie o las aventuras de Kipling, serían las odas que Valmiki dedicó Rama y al imponente Hanuman, o quizá fueron tus muchos secretos infumables, India, tierra de gurús, elefantes y rishis lo que me trajo hasta aquí, seducido por tu enervante embrujo de dioses azules, hombres bigotones y ensortijados, y enjoyadas mujeres con velo de arcoíris.
Nada de lo que oí antes me preparó para tus calles sucias, el penetrante hedor de la orina entre las piedras, nada me preparó para el ruido y el caos, el rechinido de los insoportables claxonazos, el riesgo siempre latente de morir atropellado por un frenético tuk tuk en avenidas sin sentido, nadie me adivirtió suficiente sobre tu gente adorable, tan amigable y elocuente, ni tus oscurísimos mendigos, ni los monos trepando por cables eléctricos en el bullicio de la ciudad o las vacas siempre sonrientes, adornadas con collares de flores amarillas.
Yo quería saber por qué vienen hasta aquí aquellos que anhelan un poco de paz interior y lo primero que encontré fueron embaucadores y extravío en las reticencias de la noche profana, calles hirviendo de silencio en las horas más inciertas de la inhóspita madrugada, esa fue mi primer bofetada con la India real, la que no sale en los libros, ni en las gestas heróicas que cuentan aquellos que se atreven a recorrer sus muchos laberintos.
Y de pronto ya era oriundo de aquí, y desfilaba por lóbregas callejuelas, y descubrí que el grano tiene otra resonancia, que las lentejas eran dal y el pan era chapati, y que masala más que un destino era una fragancia tatuada en la lengua.
Y visité a tu padre, India, ese señor flaco y chaparrito que en realidad era un gigante, un alma claridosa que ayudó a los más pobres a vencer el miedo y la ira, para sobrevivir a este mundo caníbal y reescribir la historia del hombre con su maquinaria bélica, esa sonora monstruosidad a la que siempre se opuso tu padre, India, ese señor menudito y descalzo que movía montañas con su hinchado corazón, que convirtió el hambre en fuerza para llevar a cabo su demencial anhelo de la no violencia, porque sólo los locos sueñan con un mundo donde las personas no tengan que hacerse daño, ni matarse los unos a los otros por mera costumbre.
Y me quedé atónito, India, al adentrarme en tus templos descalzos que buscan preservar la vida y la paz a toda costa, tu milenaria paciencia hecha de rezos y harina.
Eres polvo rojo, condimento molido en las arenas del tiempo, eres inagotables parvadas eclpisando el cielo brumoso, volando ida y vuelta del crepúsculo a la aurora.
Y me sumergí en tus ashrams, fuentes del saber y la pregunta, donde se enseña que las palabras sagradas sólo son verdaderas cuando resuenan en el alma, y vi también a la niñita saltimbanqui hacer piruetas fantásticas al borde de una cuerda para conseguir un poco de pan al final del día.
Delhi de los mil dioses de los mil brazos de los mil colores, tienes un dios para cada alma en pena, tienes una bendición para cada una de las mil flores que habitan en una plegaria.
Así te conocí yo, India, despeinada y numerosa, atolondrada, entre turbantes y saris, arando milenios de historia sagrada en cada respiro, un poco de eternidad para apreciar la tierna crueldad del instante, una flor de loto para cada uno de los corazones marchitos que pueblan la Tierra, eres una bendición para el mundo, India, una reserva de espiritualidad para el hombre moderno y prosaico que prefiere mutilarse por dentro y seguir siendo esclavo de su idolatría al dinero y la mentira, quizá por eso eres diferente, India, pues a cada paso hay un templo, un lugar para orar y mirarse hacia dentro, eres otra cosa, colorida y atroz, eres polvo, polvo rojo, polvo amarillo, polvo acumulado en los ojos y las manos y los pies, eres polvo que barrieron los antiguos, eres leche dulce sobre la herida, eres tiempo y eres ahora, India, adorable, insistente, resplandeciente, eres búsqueda y sacrificio, eres viaje y camino y azar y destino, eres el poema que brotó de unos labios hechos de sol y de artificio, un sorbo de agua fresca en las llamas de la ira, eres aire transparente que se desprende del sueño de la montaña, la puerta de entrada al mundo invisble donde el alma se confunde con lo eterno. ::.

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