India mística

India emana espiritualidad. “A veces vengo a estos lugares cuando necesito paz mental”, me dijo un joven indio mientras bebíamos el agua que ofrecen en la Gurduwara Bangli Sahib, el templo más grande de los sijes en Delhi. El joven no pertenece a esta religión (de hecho es hindú), pero da igual. Los lugares sagrados son sagrados para todas las personas, sin distinción. Así lo deja de manifiesto el Templo del Loto, creado para que vaya a orar ahí gente de todos los credos. Si uno no supiera sobre las disputas políticas e históricas entre diversos grupos religiosos indios sería difícil advertirlo. Las distintas religiones coexisten entre sí de manera cordial. O al menos eso es lo que se percibe. Quizá porque la espiritualidad está siempre tan presente en la calle. Los yoguis organizan meditaciones masivas con duración de todo una noche y que se anuncian en grandes pancartas como si fueran conciertos de rock. Akshardam -extraña mezcla entre parque temático, templo hinduísta y museo- es un vivo ejemplo de cómo los grandes líderes religiosos han sabido adaptarse a los nuevos tiempos de la convergencia digital. En su interior hay proyecciones de cine en gran formato, espectáculo con robots y paseos en bote al estilo Disneylandia. Pero a diferencia de otros grandes centros de entretenimiento en Occidente, el fin último de este lugar no es el consumo, sino el desarrollo espiritual. De hecho, la entrada es gratis, y lo que cobran en su interior por comida y algunas atracciones es muy barato, accesible para muchos indios.
A pesar de la evidente pobreza en que vive la gran mayoría de la población, las instituciones religiosas han creado mecanismos para contener este fenómeno. Incluso pareciera un concurso de quién es más caritativo, ya que en los centros religiosos se ofrecen servicios de salud, asilo y comida, tal como ocurre en las gurduwaras. Se dice que la más grande de Nueva Delhi alimenta a 35,000 personas al día, producto de las donaciones que realizan las personas que asisten a los templos.
Pero la contribución más importante de la religión es ofrecer un mecanismo para sobrellevar las carencias materiales. Aunque India también ha sido tierra de grandes palacios y marajás, la austeridad voluntaria es un asunto propio de personas honorables, tal como demostraron grandes personajes como Gandhi o el gran poeta bengalí, Rabindranath Tagore. De este modo, llevar una vida libre de apegos materiales es una condición indispensable para convertirse en brahmán, más allá de las limitaciones de castas que algunos movimientos reformistas intentan abolir pese a que esa diferenciación de clase se mantiene entre los sectores más ortodoxos.

























Según el hinduísmo, el camino espiritual consta de varias etapas. Desde jóvenes, los aspirantes a purificar el alma asisten al Ashram para recibir instrucción. En el interior del Ashram Ramakrishna (ubicado cerca de la zona de Paharganj, refugio de mochileros) hay una biblioteca sobre todos los temas, un centro de salud y también un lugar para meditar. El conocimiento no es mero saber intelectual, sino que debe ir acompañado del desarrollo de la conciencia trascendental que le permite al ser humano conectarse con todas las cosas, eso que algunos llaman Dios. Una vez concluída la instrucción formal, interpretando los antiguos textos sagrados de los Vedas, contenidos en los Upanishad, los hindús deben casarse y formar una familia. Con el paso del tiempo, el iniciado hindú debe realizar un retiro espiritual, viviendo junto a su esposa en el bosque. En la actualidad eso no se practica tal cual, pero las parejas suelen hacer un viaje de peregrinación espiritual que los desconecte de los deberes mundanos. En el último trayecto de la odisea, el aspirante a rishi debe de abandonar a su familia y todas sus posesiones para dedicarse a contemplar la naturaleza y servir de guía a otras personas. De este modo, el líder espiritual sirve como referente moral de la sociedad y por ello es sumamente respetado.
La asuteridad se convierte así en una vía de realización, al fundirse el espíritu humano con el todo. De ahí que en el hinduismo, el brahamán recibe el mismo nombre que Brahama, dios creador de todas las cosas, pues a final, el ser humano y Dios son uno solo.
Esta visión resulta por completo diferente a la que prevalece en Occidente, cuyas instituciones religiosas tienden a la acumulación y donde la obsesión racionalista de algunas corrientes filosóficas ha caído en el enorme error de concebir a la realidad material como la única realidad válida. Esto desde luego, tiene repercusiones distintas en el plano social. A diferencia de otras regiones pobres del planeta, las calles de Nueva Delhi no se perciben como un lugar violento. Pese al nivel de marginación de algunos barrios, la gente camina despreocupada por las polvorientas y ruidosas calles. Quizá uno pueda toparse con alguien que te arrebate la cartera o el teléfono mientras caminas, pero no pasa de ahí, contrario a lo que ocurre en América Latina. En barrios latinoamericanos similares a las hediondas calles de Delhi, no sólo te roban, sino que además te acuchillan o te matan. Y creo que ahí es donde se evidencia la manera en que la cultura puede tejer diferentes tipos de sociedades en condiciones similares. De este modo, no es la pobreza la causante de la violencia, como erróneamente se cree en países como México, sino un conjunto de prácticas, creencias e instituciones arraigadas lo que explica los altos niveles de violencia en América Latina, la región más desigual del planeta. En Nueva Delhi estos contrastes entre ricos y pobres no son tan marcados como en el nuevo continente.
El reconocido orientalista Alain Daniélou, conocido como Shiv Sharan, alguna vez escribió que los hindús “organizaron su sociedad para facilitar el desarrollo de cada ser humano, tomando en cuenta su naturaleza interna y las razones de su existencia, ya que para los hindús el mundo no es solamente el resultado de una serie de oportunidades sino de realización de un plan divino donde todos los aspectos están conectados”.
Un aspecto que hace diferente a la India respecto a otras grandes civilizaciones y que explica la manera en que la espiritualidad juega un papel central en el desarrollo de la India mística que, dentro de pocos años, posiblemente para 2030 según estimaciones del Foro Económico Mundial, desbancará a EE.UU. como la segunda economía más grande del planeta.
Pero más allá de esas cosas, me parece que la India es una bendición para el mundo. Una reserva de poder espiritual para un mundo decadente, obsesionado con la idolatría al dinero, el consumo y la frivolidad inherente a los falsos placeres.
Por ello me parece fascinante y conmovedor que de entre estas calles polvorientas y sucias, pueda surgir una nueva esperanza para aliviar todos los dolores del mundo. Una esperanza para quienes buscan trascender las ataduras materiales para fundirse con en el todo en el reino de lo eterno. ::.

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