HUMEDAD EN LA PIEL- DE LA EDUCACIÓN Y EL DESORDEN SOCIAL
Para Camus existen dos tipos de de crímenes: los de pasión y los de lógica. El código penal los separa, según él, por la presencia de premeditación o por el acto espontáneo de las emociones en el hombre. Aquellos que cometen crímenes motivados por excusas desprovistas de maldad (siempre hay cierta inocencia en la necesidad o el hambre) supondríamos que son capaces de alegar misericordia pero, aquellos que ejecutan sus intereses con suma precisión, egoístas y apáticos de la sociedad que los envuelve, los supondríamos, por otro lado, culpables de todo aquello cometido en contra de la moral, la justicia e incluso para algunos, en contra todo aquello que predique el dios en que se crea.
La vida humana es una apuesta, no todos son afortunados de estar seguros si son malos o son buenos, en especial aquellos desamparados que pululan en las cárceles (las reales dónde se pierden todo tipo de bienes y derechos, no aquellas en que aún se tiene la dignidad comprada) y sobre todo, en las calles dónde el absurdo acapara el eco de la justica, el amor y los valores sociales. Para este tipo de seres (casi inferiores como se aprecia en los discursos populares) es que se creó el derecho penal, con el objetivo de limitar elecciones en su comportamiento; debido a su condición económico- social, deben ser sometidos pues no compaginan con lo deseado y funcional para el espectro de las clases dominantes e incluso para las clases medias que, a pesar de no estar en la cima de la cadena alimenticia, sienten temor por cuanto existe una línea muy delgada entre su realidad y la del desamparado (de hecho la comparten, las calles que transitan son las mismas: La verdadera barrera, existe con los de arriba.)
Ciudadano o preso, es una clasificación muy primitiva. En las primeras sociedades dónde la dinámica del castigo se hizo presente, podemos apreciar que había un patrón constante: el de la muerte, el de la tortura sin buscar la muerte del criminal y la del destierro. En la primera es evidente que el hombre siempre le ha temido a que su cuerpo perezca y que no hay mejor amenaza que el no decidir sobre nuestra propia muerte; hoy en día, sociedades que se llaman a sí mismas “potencia”, aún aplican este método y han desarrollado un fundamento en base al derecho internacional (hoy que todos, se supone, lo poseemos): Si bien, a cada individuo se le deben hacer valer sus derechos personales, existe también el derecho colectivo, el cuál, predomina por sobre el personal. La fuerza, es utilizada para aniquilar al desamparado, puesto así, se cuida a la sociedad de un ser que no funciona, no se acata a la moral, ni a la razón, ni a la justicia impuestas. La capacidad que se ha inventado el estado para eliminar amenazas que contravengan a su estabilidad, es presuntamente la de limitar la vida de los despreciables, todo, en pos de cuidar al pueblo.
Ahora bien, en las segundas prácticas encontramos unicidad. El destierro por su parte se ocupaba para enfrentar al sujeto castigado, a un nuevo mundo desconocido. La amenaza vital es la de desposeer a un ser de la realidad en la que se ha criado y todos sus valores, su nombre, sus bienes y sus allegados, son desposeídos de este, con motivo de vergüenza y claro, exaltando un ejemplo para que nadie más dentro de la sociedad presente rebeldía ¿Acaso la cárcel no funciona así? Al hombre le cambian su status de ciudadano a criminal, casi deja de ser un hombre para pasar a ser lo segundo. Le es retirado todo bien jurídico (entre los cuales se incluye el derecho de la libertad) y a pesar de ser una medida que presume busca reintegrarlo a la sociedad, esto en su mayoría no funciona así. La práctica de la tortura es aún utilizada, si bien los derechos humanos versan en desaparecerla, hasta en sociedades de las que ya arremetimos se autonombran “potencia”, ocurre. Y no hace falta ser explícitos en qué métodos se ocupan (así esta sea una práctica denigrante y que no ha evolucionado desde su uso en la Edad Media) el maltrato desde su aprehensión hasta su retención en los centros penitenciarios, bastaría para ejemplificar lo que se expone.
Las medidas de castigo, hoy son endulzadas con la utopía de los derechos fundamentales, no obstante, la praxis está compuesta por los mismos dientes de la bestia que es el hombre. No basta la redacción de una carta, las oportunidades para ser un ciudadano integro, son muy pocas. A esto podemos agregarle prejuicios emanantes de ideologías absurdas como el de la sobrepoblación (teoría de Thomas Malthus, teoría de siglos pasados hoy apoyada por la ONU): es real en tanto sí existe, existe una sobrepoblación pero de pobres y esto no se debe a que existan seres inferiores, sino a que predomina una mala distribución de la riqueza.
La clase media teme a la pobreza, es por eso que están de acuerdo en denigrar a quien comparte el espacio de la banqueta en lo que reconoce como su vivienda. Para Camus, la rebeldía se presenta en tanto existen condiciones que ya poseen unos hombres, no es que no existan placeres y comodidades (no es que no exista comida para saciar el hambre de todos los pueblos), sino que solo unos pocos las gozan; en este caso, el luchar para que sean mediadas a todos, no es un acto egoísta, sino un reconocimiento a la virtud de todos los hombres.
¿Qué medidas serían entonces las correctas para “castigar” una persona? Bien, aquí la respuesta siempre es la misma: la educación. Pero existe un problema, uno gravísimo – que al ser denigrado un hombre, tiene estragos que lo perseguirán por siempre, es decir, antecedentes penales. Ni las clases altas ni las clases medias querrán a un abogado o un médico que haya pertenecido a la cárcel. Para el sistema económico, conviene más que los centros penitenciarios sean centros para cultivo del crimen, así sí salen, aseguran dos funciones: el de fuerzas de trabajo menos pagadas y el de su muerte (si regresan a delinquir, hay una gran probabilidad de que esto ocurra).
Al fin y al cabo quien sustenta el ritmo de las empresas es la clase obrera, la sociedad mayormente pobre no es sino “basura espacial”.Aquí encontramos el último punto de nuestro problema: los títulos universitarios son la legitimación de una fuerza de trabajo mejor costeada. No es sorpresa que más de un estudiante a nivel superior, haya accedido por dos razones a realizar una carrera universitaria: en primera, porque es su derecho y en segunda, por ambición. Ambas en sí se correlacionan, el derecho de estudiar no es sino el derecho de acceder a una clase social superior (no obstante a que los puestos de mando se reserven para quienes pueden pagar, también, una educación más “elevada”) y en segunda, porque los oficios están denigrados ¿Qué hay de malo en desear ser el mejor zapatero del mundo? En realidad nada, pero el acceso a los placeres de la mercadotecnia, se verá disminuido.
Es real que equiparar los salarios de un médico al de un cajero, sería para algunos, denigrante. Sin embargo, también es cierto que todos somos vitales para el funcionamiento de la sociedad: no imagino a un abogado con la capacidad de pasar ocho horas al sol y haciendo el trabajo de un albañil (y no hay nada de malo en ser un albañil, lo malo es que lo pagan mal). El desorden social que presenciamos, es el de un desabasto en los anhelos del ser, los estudiantes no asisten a clases con el fin de crear conocimiento, lo hacen porque están desprovistos de toda conciencia social y motivados por una mejor realidad apenas alcanzable ¿No sería idóneo que hasta en las universidades privadas se les exigiera la realización de un servicio social? No, ellos pagan el derecho de no hacerlo.
El rebelde, el que delinque, aquel para el que fue creado un derecho sucio (el derecho penal): es resultado de una imposibilidad notoria de acceder a mejores condiciones de vida, como resultado de un acaparamiento de los sueldos en extremadamente valorizados títulos universitarios y malas políticas públicas. Aquí es que encontramos dos tipos de criminales (tal como hemos encontrado dos tipos de crímenes) – el de los trajeados que fueron educados para realizar y ejecutar estrategias para el inamovible acaparamiento del capital y los que son deshumanizados a causa de la necesidad; que como humedad en la piel, diariamente les crece la llaga del desprecio, del desprecio de otro hombre, casi, casi igual a ellos.
– Fósforo III

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