Huele de noche tu cuerpo
Huele de noche tu cuerpo
en tibia luz mortecina
que se apaga en el placer delincuente
de tu cuello
y se alarga haciendo surcos en la herida
con tus sueños desmembrados,
caricias en salmuera buscando a su exorcista.
Respiro a través de tu corola
que fosforece en la tiniebla, intempestiva,
aroma de un flagelo escarbando una fosa
en tu ombligo.
Discurro umbrío por esta fiebre
de tez malva
que me atormenta con el recuerdo de tu boca
cosida en mis costillas,
tácita muerte revelando los misterios
del alba,
hombres que son cascarones
buscando su propia madeja.
El silencio monocorde de la piedra
se abre cuando el amor se seca,
hematomas que se conjugan
en las palabras que no dijiste,
se derrama el tiempo estereofónico
en mis manos ansiosas que te acechan.
Tus ojos negros se dislocan cuando huyen
del asedio de mis ojos voraces
que anhelan
y se evaporan en mi rostro deformado
por el alcohol,
ebrio de ti, de tu dilatado sexo,
me invento una afrenta
para disfrutar mi venganza.
Nace un árbol del tintero,
implosión cobriza donde habitan
el desvelo, el extravío, el hambre,
la esperanza reducida a un aciago dolor
que va socavando mi capacidad
para el delirio y el perdón.
Hay un terremoto en la colmena,
milpas de humo,
pasos que zozobran en la inmensidad
de un desierto descapotable.
Sigo prendado a tu fotografía
y mi corazón convulsiona:
hinchados suspiros pueblan tu nombre
que resbala entre la vigilia y el sueño,
la eternidad y la sombra.
::.

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