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GUERRA PERDIDA

May 8, 2019
7 min read

Primero se escuchó un bombazo, no importó el inicio sino el fin; todos morirían, igual. Cuándo me enlistaron tenía bien claros los ideales, me hacían repasarlos desde temprano antes de desayunar, mi madre y mi padre, me contaron, los habían aprendido a la misma edad que yo. En la escuela siempre nos contaron sobre los héroes de la patria, teníamos diferentes ceremonias para conmemorar la libertad que nos habían dado: himnos, banderas, juramentos, alma.

Fui dedicado con mi entrega, cuándo tuve edad militar mi padre no alargó la mano para entregarme a la armada, mi madre, por otro lado, no creía que yo fuera hombre de milicia, pero no tuvimos opción y lo mejor fue sentirnos orgullosos. La primera fibra que me soltó el ejército, vino de mis músculos partiéndose al son de los tamboriles, rápidamente mi ascendencia esclava me dio vigor en el campo. En los entrenamientos nos enseñaban cosas como saltar vayas, usar armas, no tener miedo (y a siempre tenerlo) comer de una lata, cagar a la intemperie, marchar rápido, cargar una mochila equivalente a tu peso y, sobre todo, sobre todas las cosas, nunca preguntar el para qué de las órdenes.

El ajedrez estaba prohibido, nadie podía enseñarlo y estaba reservado para los altos mandos, el problema es que nadie de mi clase podía llegar a ser más allá de un soldado raso o un cabo, porque los puestos de mando se heredaban e incluso los puestos de sargento se guardaban para los aristócratas menos brillantes. Nadie protestaba, estábamos contentos con algo seguro para comer y nuestro entretenimiento se reducía a los deportes televisados por toda la Gran República.

Se puede decir que eran obligatorios, en nuestra situación teníamos dos formas de salir de la miseria: ser bueno en alguno de Los Deportes del Estado o enlistarte para ir a la guerra. Llevábamos años luchándola, primero nos dijeron que era contra el continente al otro lado del océano, cuando se supone que los vencimos, tiempos de prosperidad llegaron, pero ninguno de mis ancestros vivió para contármelo. Todo esto lo sé por las clases de historia, después de Los Tiempos de Prosperidad, se luchó otra gran guerra dónde se implantaron ambos lados dominantes, nosotros la Gran República y Los del Otro Lado del Continente, que se declararon la muerte. Tanto mis abuelos como mis padres habían vivido en la realidad que ahora me alcanzaba a mí. Hace mucho que comenzamos a luchar dos guerras, la primera a la que ya estábamos acostumbrados y otra dentro de nuestro territorio, ahora, nos dijeron, había grupos de revoltosos buscando derrocar la prosperidad de la Gran República.

Todo nos lo compartíamos de forma hablada, me habían contado de otra forma de comunicarse, una que se veía y se sabía lo que se decía sin necesidad de expresarlo con la voz, pero eso también estaba reservado para los que daban las órdenes, los de mi clase, estaban a salvo de tomar decisiones; decidir por ti mismo o por otros parecía muy difícil cuándo lo contaban ellos, estábamos a salvo de tener que pensar.

Llegamos de madrugada, mi pelotón era el tercero del Águila Real, mi nombre clave “alguileño dos”. Arribamos en la selva al sur de la Gran República, una pequeña célula de la Rebelión Blanca (como se hacían llamar) se había montado no muy lejos de dónde ya se pierden todos. Era mi tercera misión después de haber ganado un puesto de confianza, en mi situación no se lograban puestos honoríficos o de jerarquía, pero si eras disciplinado y dabas resultados, algunos generales comenzaban a tenerte en cuenta para ciertas confianzas. No había senderos que seguir, si acaso chismes que soltaban a los que torturábamos en los cuarteles; no hay mejor verdad que la que sale con sangre. Llevamos el pelotón cuesta arriba hacia donde nos habían indicado y comenzamos maniobra de flanqueo hacía las posibles rutas de escape, los teníamos bien rodeados

– A la vista los objetivos, señor

– Bien cabo, que los francotiradores tomen posición y de la orden al grupo de reconocimiento

– A la orden, señor.

Al momento de avanzar por la espesura de la naturaleza, mi cuerpo se comprimía. No había mucho verde en las ciudades de la Gran República, nos dieron máscaras de protección porque ahí el exceso de aire te sofocaba

– Posiciones tomadas, el grupo de reconocimiento entró en marcha y nos aproximamos

– Dígame el estado de los objetivos y su cantidad sabida hasta ahora

– Aproximadamente cinco objetivos claros, están dormidos, no parecen estar a la defensiva

– Bien cabo, prosiga con la operación Pollos decapitados

– A la orden, señor.

Mis manos alzaron las señas correspondientes y los francotiradores hicieron lo suyo, pero algo andaba mal, las cabezas explotan diferente

– Dígame la situación de la misión, cabo

– La ejecución ha sido limpia, pero no parece que le hayamos dado a hombres, el grupo de reconocimiento va en camino

– Con cautela, cabo. Que los francotiradores estén listos por percances no previstos.

Cómo todos traían sombreros (cómo casi siempre los traen o andan encapuchados) ni nos dimos cuenta. Proseguimos con el grupo de reconocimiento conmigo al frente

– ¿Qué es lo que ve, cabo?

Uno de mis hombres me advirtió de que eran señuelos

– ¡Señor! Hay problemas, tal parece que nos pusieron un cuatro

– ¿Qué es lo que pasa, cabo? ¿En qué situación se encuentran?

Se escucharon disparos a mi espalda

– Es una emboscada, situación de la misión en riesgo, procederemos con fuego a la defensi…

Un golpe a la cabeza y caí.

Amanecí en una chocita, atado, cuando desperté un par de capuchas me vigilaban

– ¡Ya despertó el cacho!

Esa era la palabra con que nos llamaban. Me levantaron entre los dos sin desatarme, luego me sacaron sin preocupación por lo que fuera a ver. La comunidad era impresionante, la gente estaba tranquila, los niños brincoteaban y los ancianos estaban fumaban de un pipa, algo a lo que le decían humito. Pasando por la comunidad a nadie le sorprendió mi presencia ni cómo me transportaban, a diferencia de cómo nosotros los tratábamos a ellos, la gente de ahí parecía tranquila con mi imagen.

Llegamos a otra cabaña, igual que a todas las otras. En vez de tirarme en un movimiento, me dieron espacio para que me sentara y me desataron las manos

– Bienvenido, ya sé que no querrás darme tu nombre

– ¿Para qué se lo doy? De todos modos, me va a matar o a sacar la saña a madrazos

– Lamentablemente a lo que tienes pensado, aquí no somos así, dime, ¿no tienes hambre con tanto ajetreo?

– ¡Chingue a su madre!

Escupí en el suelo

– Ya deme el plomazo de una vez que ni con buenos tratos le voy a cooperar

El hombre era grande, como de unos sesenta años y tenía los ojos con un brillo clarividente

– Hijo, aquí nadie está chingando a la madre de nadie, nomás le preguntamos si tiene hambre. Venga, acompáñeme que yo tampoco he comido

Nos sentamos en el suelo y nos trajeron comida que nunca había visto. Todo venía en hojas de palma (ni siquiera sabía que eran hojas de palma como ahora lo sé)

– ¿Y esto de dónde lo sacan?

– Del campo

– ¿Cómo? ¿No viene de una lata?

– ¿Y de dónde crees que viene lo que meten en las latas? Toda esa madre que les dan allá los mata, viene con veneno que los duerme lentamente. No, aquí todo es natural, la tierra nos alimenta y nosotros la alimentamos a ella

– ¿De qué chingados habla?

– ¡De la naturaleza, hijo! Las plantas nos dan de comer

Me callé y probé la comida. Algo se me arrugó adentro, sabores desconocidos me martillaban la lengua, me quedé callado por mas rato

– A que no había probado algo así

– ¿Cómo sé que no me están envenenado? ¡Somos enemigos, carajo! ¿Qué vergas les pasa?

– Entiendo lo que has vivido, hijo. Aquí es diferente

– ¡No soy su hijo! ¡Ya díganme para qué me quieren!

– ¿Podemos terminar la comida, para que te cuente? Tú disfruta

Al acabar, el viejo me pidió que lo siguiera afuera, se movía con una confianza que me aterraba. Cuándo me mostró su mundo, quedé impactado

– Quiero que sepas, hijo, que aquí no tenemos rehenes, si gustas, podrás irte cuando quieras…

Dentro de la comunidad mis primeros días fueron difíciles, tuve que aprender a leer y a escribir, después a cultivar. Teníamos sesiones diarias dónde nos poníamos a discutir sobre las mejoras que podía tener nuestro funcionamiento y también, de cómo proteger lo nuestro. Lo digo muy fácil, pero es que en realidad lo fue, al ver la forma en que la gente movía el semblante, lo bien que vivían sin necesitar de un capataz; fue inevitable mi desprendimiento.

Llevaba ya aproximadamente tres meses en los que me acoplé cómo si nunca hubiera llegado. Entre mis trabajos, había los de comandar algunas células y las de crear estrategias para la seguridad del pueblo. Un día, el viejo me llamó

– Siéntate, Yoali

Ese fue el nombre que me dio la comunidad

– ¿Qué requiere, maestro?

– La célula del hermano Mazahua ha encontrado lo que habíamos buscado desde hace tiempo: un libro.

Cuándo la Gran República se conformó, los habían quemado todos. Nosotros leíamos lo que nosotros mismos escribíamos, pero a sabiendas de que había mucho más que no se sabía

– Desde hace tiempo que tenemos planeado el tomar una estación de transmisión, queremos dar un mensaje fuerte y la guerra no lo es. Esto prueba que no hay otro continente con afán de invadirnos. Hace mucho tiempo se soltaron bombas y lo único que queda es lo que ellos llaman la puta Gran República, queremos hacerlo saber a todos, y ya tenemos como…

El día del ataqué a la estación necesitamos máscaras y trajes militares para pasar desapercibidos, teníamos bastantes de todos aquellos que habíamos sido liberados. Para no hacerla larga, entramos echando bala y tomamos el lugar.

El maestro nos acompañó, si alguien tenía que dar el mensaje, era él:

– Ciudadanos, cómo así los hacen llamar. Tengo poco tiempo antes de que corten esto, no queda mucho por decir más que la guerra se perdió hace años, hace mucho tiempo que nos mienten y nos dicen que tenemos un enemigo en común, pero lo único en común que tenemos con ellos es que somos presos de la misma mentira ¡No existen aquellos que en otro continente nos hayan declarado la muerte! Solo existen hombres que sufren y sirven, en el pasado nos llamaron esclavos, hoy somos ciudadanos. Éste artefacto lo comprueba, aquí está la verdad. Todo aquel que anhele trabajar para sí mismo, vivir para sí mismo, andar para sí mismo, debe aprender cosas que ellos les están ocultando ¡No somos la rebelión! Somos sus hermanos, somos la tierra que ellos pisan ¡Somos el ejército de liberación! Nosotros podemos enseñarles, no tienen que seguir matan…

Primero se escuchó un bombazo, nos sorprendió que nadie pusiera resistencia. Si pudiéramos volver a pensar, pensaríamos que ya lo tenían previsto.

Ese día se soltó otra bomba atómica; el hombre se mató a sí mismo.

– Eduardo Arrequín

 
 
 

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