Guadalupe, Arte y Criollismo.
Por: TereMike (Miguel Angel Aguilar Arreola)
San Juan en Patmos y la visión de la Mujer del Apocalipsis-Virgen de Guadalupe
Siglo XVIII
Gregorio José de Lara
Coixtlahuaca, templo de San Juan Bautista
120 cm x 112 cm
Innegable es la influencia de la Imagen de la Virgen de Guadalupe en la Historia de México, cuando la estudiamos nos enfrentamos con la apasionante creación de un monumento que inicia siendo un culto local que se convierte en nacional y luego en símbolo de identidad. Símbolo de Identidad que se fue fraguando en el S. XVIII tal como se aprecia en una pintura de Gregorio José de Lara en el templo San Juan Bautista de Coixtlahuaca, Oaxaca.
Iniciaremos por describir la obra que tiene por medidas 120 cm x 112 cm. La obra que vemos aquí se enmarca en un ambiente marítimo. Tenemos dos personajes antropomorfos, un varón en la parte inferior izquierda y una fémina en la parte superior derecha. El varón está sentado en lo que parece ser la orilla del mar y que trae tras de si un árbol, tiene a sus pies un águila y junto a el una pluma, papel y tintero. La fémina está de pié, sobre una luna menguante y tiene en su espalda dos alas grandes, delante de rayos de sol, y coronada con doce estrellas, situada entre un cúmulo de nubes y junto a ella una figura monstruosa de siete cabezas.
La obra tiene por foco de luz la figura femenina, existe un cierto equilibrio que logra con un ligero desplazamiento del personaje masculino que parece quiere acercarse al personaje femenino. En la obra se ve la permanencia de la línea curva.
La escena anteriormente descrita está basada en el capítulo 12 del libro bíblico del apocalipsis:
“Una gran señal apareció en el cielo: una Mujer, vestida de sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza; está encinta, y grita con los dolores del parto y con el tormento de dar a luz. Apareció otra señal en el cielo: una gran serpiente roja, con siete cabezas y diez cuernos, sobre su cabeza siete diademas. Su cola arrastra la tercera parte de las estrellas del cielo y las precipitó sobre la tierra. La serpiente se detuvo frente a la Mujer que iba a dar a luz, para devorar a su hijo en cuanto le diera a luz […] Cuando la Serpiente vio que había sido arrojada a la tierra, persiguió a la Mujer que había dado a luz al Hijo varón. Pero se le dieron a la Mujer las dos alas del águila grande para volar al desierto, a su lugar, lejos de la Serpiente, donde tiene que ser alimentada un tiempo y tiempos y medio tiempo […]”
El relato pictórico pretende seguir la misma línea del relato escrito poniendo como personaje principal a Juan de Patmos como el receptor de la visión mística. La mujer de la visión fue identificada por la tradición de la Iglesia primero con la comunidad de creyentes y ya para el S.XII plenamente se equiparó con María y una reflexión teológica más tardía le imputa a este texto el ser sustento bíblico junto con el capítulo tres del libro del Génesis de la Inmaculada Concepción.
Respecto a los personajes, se sigue una iconografía habitual en la representación del vidente, su semblante joven (tradición de occidente por la Leyenda Aurea) y sus atributos de la pluma y papel al ser considerado escritor del cuarto Evangelio y del Apocalipsis, le acompaña el animal que le identifica, el águila, animal salido de la visión de Ezequiel y colocado como compañía al santo pues como el águila su evangelio empieza en las alturas.
Con la mujer del Apocalipsis / María tenemos un cambio iconográfico, si bien es cierto que maneja el carácter inmaculista que se le dio desde el S. XVI, se le imprime un carácter regional al hacer del discurso bíblico un discurso guadalupano.
Respecto al ambiente, las acciones se desarrollan en lo que parece ser la orilla del mar, teniendo como referencia para esta escenografía algunas pinturas flamencas y grabados alemanes, imágenes donde justamente aparece el árbol que parece dar sombra al santo. Deuda de estas pinturas del flamenco es el barco navegando por el mar picado, símbolo de la esperanza y de la salvación.
Retomando el cambio iconográfico de la escena donde Guadalupe ocupa un lugar importante, tendremos que hablar de algunos detalles para tener una mejor comprensión y ver la importancia que tuvieron este tipo de representaciones en la sociedad.
El S.XVII es conocido por ser el siglo del criollismo en la Nueva España, el impulso que la Compañía de Jesús le dio a la historia “mexicana”, la canonización de Felipe de Jesús y los esfuerzos de jesuitas y oratorianos en hacer de Guadalupe un símbolo de identidad nacional crearon una nueva conciencia a los nacidos en esta tierra. Uno de los grandes predicadores e intelectuales novohispanos fue Miguel Sánchez, sacerdote del oratorio, quien con motivo de la canonización de San Felipe (1640) y el aniversario 85 de la apariciones guadalupanas hizo sendos sermones donde compara la visión del Juan bíblico con la visión del mítico Juan Diego. El capítulo 12 del apocalipsis a partir de ese momento será tenido como profecía del triunfo del catolicismo (entiéndase aquí Iglesia y Corona) en América y la universalidad de la salvación.
Sánchez basa todo su argumento en comparaciones, primero compara la visión de Patmos con la del Tepeyac , aquí nadie puede negar que la imagen es la misma , saldada la parte de la imagen mariana se sigue comparando a los videntes en este caso habla que si en la biblia habla de un Juan testigo del portento, el portento mexicano tuvo tres: Juan diego, Juan Bernardino y Juan de Zumarraga. El sacerdote sigue defendiendo sus puntos y asegura que el espacio insular de Patmos estaba anunciando que la María había de manifestarse en México-Tenochtitlán, ciudad construida sobre las aguas del lago Texcoco, la ciudad de México pasa a ser un espacio simbólico predestinado para acoger al cristianismo de la mano de la monarquía hispánica y para servir de regazo en el que se manifestase la Virgen por medio de su copia en Guadalupe. No sorprende así́ que el dragón de siete cabezas sea visto como la idolatría asentada en el Nuevo Mundo, a los ángeles que luchan contra éste como los conquistadores y que se identifique al arcángel Miguel con Hernán Cortés. Para ello realiza una interpretación del pasado prehispánico por medio de la cual en la historia de aquel pueblo antiguo se habían manifestado diversas señales que no eran sino augurios de la llegada de la verdadera fe y de la mariofanía del Tepeyac.
Respecto a que la guadalupana tenga alas, alude a los párrafos finales del capítulo 12 del Apocalipsis en los que se dice que el dragón, una vez vencido por san Miguel, volvió a perseguir a la Mujer pero a ésta le fueron dadas “las dos alas del águila grande para volar al desierto, a su lugar, lejos del Dragón” (Ap 12,14). Sánchez vuelve a insistir con sus analogías y en esta ocasión ve en el Tepeyac, paraje árido en el que tienen lugar las apariciones marianas al indio Juan Diego, el desierto que acoge a la Virgen y, por supuesto, a México como el águila que le presta sus alas a María: “[…] dispuso se le diesen a esta mujer dos alas de águila grande, para que con ellas volase al desierto y allí tuviese permanente seguridad, como la tuvo. Pongamos por lo temporal y humano esta dádiva en México, cuyo blasón y escudo de armas fue un águila real sobre un tunal”.
Con todo esto Miguel Sánchez, influido por toda una tradición jesuítica ya plasmada en el Zodiaco Mariano hace de México una nueva tierra prometida, el lugar de la Nueva Jerusalén, gloria y triunfo de la Cristiandad. Esta nueva forma de ver la historia hace una justificación de la conquista española, pero al mismo tiempo impulsa ideas de emancipación, pues al ser México elegido por Dios para ser morada de María, lo hace una tierra madura en la fe y por tanto la presencia hispana en la cabeza de las instituciones ya no era necesaria.
Los avatares del S.XVIII lograron darle otro significado más portentoso a Guadalupe, su figura se exalta como protectora y los sermones del XVII cobran nuevo sentido al entender a México como nuevo baluarte de la fe contra los errores de la ilustración atea que hacía estragos en Francia y después los haría en España con la llegada de Napoleón.


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