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Germinar en el silencio (Reflexiones entorno a Jn 12, 20-33).

Mar 19, 2024
5 min read

Por: TereMike (Miguel Angel Aguilar Arreola)

Permítanme iniciar con estas palabras del periodista guatemalteco José Calderón Salazar, las cuales fueron el alimento espiritual de la famosa abogada Digna Ochoa:

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<< ¿Quién no está amenazado de muerte?, lo estamos todos desde que nacemos. Porque nacer es un poco sepultarse también…

Amenazado de muerte. ¿Y qué? Si así fuere, los perdono anticipadamente. Que mi cruz sea una perfecta geometría de amor, desde la que pueda seguir amando, hablando, escribiendo y haciendo sonreír, de vez en cuando, a todos mis hermanos los hombres.

Que estoy amenazado de muerte… Hay en la advertencia un error conceptual. Ni yo ni nadie estamos amenazados de muerte. Estamos amenazados de vida, amenazados de esperanza, amenazados de amor…

Estamos equivocados. Los cristianos no estamos amenazados de muerte. Estamos “amenazados” de resurrección. Porque además del Camino y de la Verdad, Él es Vida, aunque esté crucificada en la cumbre del basurero del Mundo…>

El Evangelio nos narra como un grupo de «griegos», probablemente paganos, se acercan a los discípulos con la intención de ver a Jesús. Cuando se lo comunican, Jesús responde que ha llegado la hora, es el tiempo del Reino que se hace para todos, no solo para un grupo elegido de perfectos seguidores de la ley. Cristo recuerda que, en su Reino, en su mesa, todas las personas caben: «Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí», en Él está esa nueva alianza de la cual nos habló el profeta Jeremías, de la cual dice todos reconocerán a Dios «desde el más pequeño hasta el mayor de todos».

Esta alianza es de amor, un amor extremo que llega a las últimas consecuencias. Jesús sabe que su ministerio está siendo incómodo, que su voz profética empieza a incomodar a los “príncipes de este mundo”, que su amor por los pobres, enfermos y excluidos lo ha puesto en la mira de los que se dicen que ostentan la pureza y las buenas conciencias, conoce que este amor puede llevarlo a la muerte, pero a pesar del miedo natural que siente, se planta y anuncia que de llegarle ese destino, no será el final, no será algo para tener desesperanza sino que en él descubrirán la manifestación suprema del Misterio de Dios, Un Dios hecho carne, un Dios aparentemente vencido que desde lo doloroso renueva todas las cosas y se vuelve vida abundante. Esa es la esperanza que nos regala a los cristianos, que nada de lo sé que haga por el servicio al Reino quedará infecundo, que todas las muertes inocentes y las que son por entrega, dan vida.

Cristo nos hace la invitación a no tener miedo, a seguirle, a tener esa valentía de trabajar por el Reino sin reservas. Una invitación en clave martirial, alumbrada en la parábola del grano de trigo que se rompe en tierra para dar fruto. Se nos descubre que la gloria, éxito y plenitud de lo humano está en poder tomar la propia existencia como trigo, como un trozo de pan y darla a trozos a los que tienen hambre y sed de paz y justicia. Es de esta manera que toma nuevo sentido aquel mandato de Jesús, antes de la multiplicación de los panes y peces: «Denles ustedes de comer» (Mc 6, 37), comprendemos que ese alimento ha de ser nuestra propia vida prendida a la de él, con sus mismos sentimientos.

Tal vez oír hablar del martirio se nos haga extraordinario, exagerado, incluso chocante, pero esta invitación a la construcción del Reino sin tener miedo también está en lo cotidiano. Nos olvidamos de que, aunque radical, nuestro buen Jesús es realista, y no es casualidad que nos hable del grano de trigo, que use un lenguaje sencillo, una imagen del campo, algo familiar… Y es que este seguimiento al que nos invita Cristo no pide obras extraordinarias sino pequeños actos de confianza, de entrega, en las pequeñas cosas que podamos construir.

Decir que sí al seguimiento de Cristo es configurarse en Él, adentrarse en el misterio de una vida que nadie ni nada nos podrá quitar nunca, porque es fecunda cuando se entrega y comparte libremente para hacernos servidores por amor de todos nuestros hermanos, especialmente de los crucificados de la historia.

Este era el deseo de NSM Teresa de Jesús cuando escribía una de sus meditaciones más famosas:

“Muera ya este yo, y viva en mí otro que es más que yo y para mí mejor que yo, para que yo le pueda servir. El viva y me dé vida; El reine, y sea yo cautiva, que no quiere mi alma otra libertad. ¿Cómo será libre el que del Sumo estuviere ajeno? ¿Qué mayor ni más miserable cautiverio que estar el alma suelta de la mano de su Criador?”

(Excl. XVII, 3)

Ejemplo de quien supo darse del todo al Todo, fue San José, a quien hoy celebramos. En José encontramos que construir el Reino, es algo tan cotidiano como el cuidado al otro. Es en el obrero de Nazaret donde aprendemos que el seguimiento de Cristo también está en el sosiego, como ese grano de trigo que no hace ruido al caer ni al germinar…

Es este mismo José a quien Teresa ve como ejemplo del contemplativo: “Quien no hallare maestro que le enseñe oración, tome este glorioso santo por maestro y no errará en el camino” (V. 6,8), pues sabe que él condensa muy bien ese silencio necesario para la escucha, pero también la acción que brota de la confianza.

NSM Teresa de Jesús, apóstola josefina por excelencia, supo mantener una relación viva y dinámica con el Santo, a quien lo siente caminando con ella en los caminos fundacionales y hasta ayudándole en los peligros que éstos tenían, lo que ella tenía no era un culto devocional o desde lo intelectual, sino una familiaridad con quien sabía podía sentirse arropada y de quien sabía protegería a su nueva familia, el Carmelo Descalzo, que veía como la casa de Nazaret, donde “san José, nos ampararía en una puerta y nuestra Señora en la otra y que Cristo andaría con nosotras”.

Aprendamos de esta familiaridad teresiana, para que nos inspire una teología josefina que parta de las realidades de hoy.  La Iglesia necesita conocer de estas semillas que van brotando en las experiencias de las familias, si en plural, que sean reales, no ideales.  Las que tienen hijos, las que han adoptado, las que han cobijado hijos de un matrimonio anterior, pero también las que no tienen, para saber cómo viven esa llamada a la fecundidad que, como nos recuerda el Evangelio, no es exclusivamente biológica. Hemos de abrir nuestra reflexión teológica a las familias que han perdido un hijo, a los padres de desaparecidos. Las familias que, como la Sagrada Familia, por su composición les han mal mirado o llegado a perseguir. Les invito a ir más lejos y abrirnos a la experiencia gozosa de las comunidades que no las conforman quienes tienen lazos sanguíneos, pero si una profunda amistad o luchas en común. La vida de la Iglesia puede ser grandemente enriquecida por estas reflexiones desde una auténtica realidad laical, desde la vida de esa “buena gente” sepultada en su día-a-día gris, que, como José, se gana la vida con mucho trabajo y mantiene su confianza en Dios a pesar de las dificultades, sabiéndose “amenazados de resurrección”.

Pidamos a nuestro Señor que podamos perder el miedo a ser sus semillas fecundas que den fruto en nuestra cotidianidad, a lo José.

 
 
 

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