top of page

Fardos pesados.

May 11, 2023
17 min read

Hemos visto en estos últimos años una excesiva preocupación por la vigilancia y castigo de nuestras sexualidades. Para entender ciertos tópicos que se vuelven virales en las Redes Sociales o en algunas arengas políticas, es importante tener algo de contexto que nos permita descubrir, no solo de dónde vienen los discursos, actitudes y posiciones sobre las sexualidades y los cuerpos con los que cargamos, sino también entender que cada sociedad ha construido parámetros y que no son verdades inamovibles o dictadas por leyes naturales o divinas.

Para adentrarnos en este ideal sexual que algunos grupos buscan imponer es forzoso introducir a grandes rasgos, los discursos sobre la sexualidad en el cristianismo; para después hablar de los dos grandes dispositivos de control de la sexualidad y el erotismo: el celibato y la confesión.

Breve historia de la Sexualidad en el cristianismo.

Permítanme iniciar con una disculpa, pues lo expresado aquí, muchas veces estará lleno de generalizaciones, con fines pedagógicos y se dejará de lado algunos tópicos como la sexualidad en los cristianismos no oficiales o incluso cierta importancia que se le confería en la mística, sin más iniciemos.

El cristianismo tiene su base en el judaísmo, una religión que no distingue lo corporal de lo espiritual, donde todo hace al ser. Una noción fundamental dentro de la cultura hebrea era la de pureza del corazón, la cual regía lo relacionado con lo corporal y el comportamiento social, sin duda un principio que los diferenciaba de los gentiles y que también involucra su sexualidad, en cuyo fin estaba la procreación, parte de este concepto de pureza incluye tabús sobre la sangre, el semen y su derramamiento. Mención especial la tiene el filósofo y teólogo hebreo Filón de Alejandría, quien en su intento de hacer una síntesis entre la filosofía greco-romana (en especial el estoicismo imperante) y la fe judía, enseña un sinfín de normas respecto a la sexualidad, manteniéndola estrictamente para la fecundación, condenando la contracepción, la homosexualidad y la búsqueda estéril del placer sexual. Filón tendrá mucho éxito en algunas comunidades paulinas y padres de la Iglesia, pero no es la única influencia.

Otra de las influencias es el mundo pagano, en especial el mundo helenístico que desde concepciones médicas y éticas pondrán a la continencia sexual como un valor de élites y filósofos. El amor al orden y la mesura que aconsejaban ciertas corrientes intelectuales veían en el acto sexual un peligro, pues se considera algo explosivo, difícil de controlar, extenuante y que podía enfermar si no se tenía un control. Se retoman ideas antropológicas como el dualismo que distinguían entre cuerpo y alma, pero también entre pasión y razón, de esta manera se estiman imágenes como la del auriga de Platón, donde se privilegia a la razón como un elemento que disciplina y moldea los impulsos. Pero no será sino el influjo estoico, el cual moldeó a este naciente cristianismo en tierras helenas, rechazando la tendencia natural al placer y exaltando la vida célibe sobre la matrimonial, así lo hace Apolonio de Tiana, Séneca e incluso Plinio, quien hablará y exaltará al casto elefante que solo se aparea cada dos años.

Otro de los influjos en estas concepciones de la sexualidad en el cristianismo será la gnosis, una corriente surgida tal vez en Persia y que insistía en la existencia una divinidad buena, creadora de todo lo espiritual y otra divinidad maligna que había hecho todo lo corpóreo, y que esa divinidad maligna había contenido a lo espiritual dentro de prisiones de carne que era necesario domar. Así surgen comunidades que se abstienen de matrimonio, carne y vino, no solo con el fin de negarse placeres sino también con el fin de evitar la producción de más cuerpos que enjaulen almas luminosas. El mundo pagano se vio influido, por este pensamiento,  incluso Plotino que encara en muchos puntos a los gnósticos termina sucumbiendo al desprecio del cuerpo y ,para algunos estudiosos, en el judaísmo, estas ideas formarán parte del movimiento de Qumram, que divide el mundo como una lucha entre la luz de Dios y las tinieblas de Satán.

Si bien Jesús, es judío y por lo tanto comparte cierto sistema de valores, es cierto que no parece muy quisquilloso ante los temas sexuales, él no era un asceta, de hecho, se le acusaba de ser un: “un hombre glotón y bebedor de vino, amigo de gente de mala fama” (Mt. 11,19). Su predicación va en la urgencia de anunciar que el Reino de Dios ya estaba presente y lo que prima en este rabino galileo es la invitación a una vida comunitaria, la integración y cuidado de sus miembros. Por ello criticará el divorcio, pues pone en una situación de peligro a la mujer que es repudiada; criticará la hipocresía masculina de solo de condenar la sexualidad de prostitutas y adúlteras, pero no la de los varones, e incluso se atreverá a hacer mensajera de su palabra a una mujer samaritana que había tenido varias parejas sexuales sin ningún tipo de enlace legal.

Será Pablo, quien en su afán de convertir a varias comunidades que vivían en contextos muy diversos, tratará de amoldar la rígida moral judía a diferentes tipos de morales que tenían la influencia de la filosofía helenística o la gnosis. Así, lo que hoy leemos como un único mazacote de enseñanzas homogéneas de Pablo, son en realidad una serie de normas variables, fruto de un intenso proceso de debates y negociaciones ante la inesperada diversidad y amplitud de las nacientes comunidades judeocristianas a lo largo de todo el imperio romano.

El cuerpo en la teología paulina tiene sin duda una determinada dignidad, e importancia, ya que es la prefiguración de lo futuro, de la gloria que le aguarda al ser humano cuando Cristo vuelva pronto, de este modo, para Pablo lo más importante no es la renuncia absoluta a la sexualidad, sino la prioridad de mantener el orden familiar y social, pero también la inminencia de hacer presente el Reino de Dios, por lo cual dará el visto bueno o dejará a criterio de algunas comunidades el que tengan una vida célibe para dedicarse de tiempo completo a esta tarea. 

En el tiempo de la persecución por parte del Imperio Romano, se concretará la idea de un cuerpo que puede ser entregado o desechado y un alma inmortal que tiende al sumo bien, esto no solo recogiendo doctrinas de Platón y Pablo, también es un intento de consolar a una comunidad que estaba padeciendo el martirio. En esta época, surgen una serie de pensadores que defenderán con la pluma a las jóvenes comunidades cristianas contra aquellos que los hacen ver como degenerados, incontinentes y ateos. De estos padres apologistas destaca Justino, quien en su afán de demostrar que los cristianos estaban a la altura de los grandes ideales paganos coquetea con la moral estoica magnificando a la sexualidad exclusivamente reproductiva y a la virginidad. Por su parte, Orígenes, considerado como el teólogo más importante de su tiempo, era un asceta riguroso que no comía carne, bebió vino o tocó a alguna mujer. Este pensador cristiano, se dedicó a contrarrestar la influencia del gnosticismo, y aunque declara que cuerpo, alma, materia y procreación son creaciones de Dios, también escribe que el cuerpo es una cárcel que la deberíamos sufrir a causa de una falta primigenia.

En los años posteriores Gregorio de Nisa y Juan Crisóstomo, reflexionarán sobre la posibilidad de que Adán y Eva no hubieran tenido relaciones sexuales en el paraíso y que es después del pecado original, que a los seres humanos se les habían manifestado pasiones animales, entre ellas la sexual, y es solo después de la resurrección, en ese mundo futuro que se regresará a esa restauración del estado perfecto, angelical. Crisóstomo, se debe decir, no fue tan extremo en relación con el sexo matrimonial con exclusivos fines reproductivos, entiende este vínculo como un medio para encauzar la concupiscencia y no ve con malos ojos las relaciones sexuales con esposas encintas o en la menopausia, es decir, en estados no reproductivos. Por su parte, el obispo de Milán, Ambrosio, hará de la virginidad una virtud fundamental, prohibirá a sus sacerdotes que tengan relaciones sexuales con sus esposas y condenaría al teólogo Joviano, por decir que la virginidad no era mas grata a Dios que el matrimonio, pues para Ambrosio, el matrimonio era un peso del cual se debería huir y cuyo fin, si es que no eras tan perfecto como para abrazar la vida célibe, era exclusivamente procreativo, por lo cual solo se le permitía este estado a personas casadas en edad reproductiva. En tiempos de este obispo milanés, se da un rompimiento total con la tradición judía y su cristianismo virginal empezó a perseguir y acosar al judaísmo matrimonial.

En cuatro siglos ningún padre de la Iglesia había escrito tan hirientemente contra el matrimonio ni despreciado la sexualidad como lo hizo Jerónimo de Estridón, quien creó alrededor de sí una comunidad de ascetas (hombres y mujeres) que tuvieron que huir de Roma, por los escándalos de sus severas penitencias, que orillaron a la muerte por inanición de la joven Blaesilla. Asentados ya en Belén, se dedicaron de tiempo completo al estudio, la oración y la penitencia. Jerónimo enseñará que el único bien del matrimonio es de producir vírgenes, y llega a declarar que aquel que ama ardientemente a su esposa es un adúltero, por lo cual invita que después de la concepción los esposos vivan en abstinencia, y recuerda que la santidad de las mujeres está en la contingencia, por eso alaba a las viudas y vírgenes.

Sin embargo, quien realmente tiene un poderoso influjo en la moral sexual y la manera de comprender el placer, para el cristianismo posterior al siglo V será el obispo de Hipona, Aureliano Agustín, quien no solo fue hecho sentir frustración en sus relaciones por su madre Mónica, también en su juventud formó parte de una secta conocida como los maniqueos que dividían a su fieles en dos clases, los perfectos, que eran célibes y los demás, a quienes el matrimonio y el placer no estaba prohibido pero si la concepción. Un mal cálculo trajo como consecuencia a su hijo Adeodato, al que se refirió como el hijo de mi pecado. Tras su conversión, Agustín, se dedicó a hacerle una guerra intelectual a los maniqueos, a pesar de que este pensamiento influye mucho sobre él. Agustín retoma mucho de las ideas de Plotino y empieza a ver el mal no como un principio autónomo, sino como un alejamiento del bien y la virtud, lo cual hace plantearse un cristianismo ascético, donde no se tenga ningún apego a lo terreno o los placeres. Este pensamiento es confirmado, para él, con la noticia de la existencia del monje Antonio y sus penitencias en el desierto. De esta manera, Agustín pone en relieve la búsqueda refrenada y razonada de Dios, el como la razón debe superar a las pasiones, en especial las sexuales que consideraba minaban la voluntad, y atacando las enseñanzas maniqueas, empieza a predicar que la procreación es la única meta de la sexualidad, decía que es el buen uso de ese mal, condena la búsqueda del placer entre los esposos, restringe los días en que se han de tener relaciones sexuales y condena de manera tajante la contracepción. 

Es también este pensador quien vincula el concepto de pecado original al placer sexual y el necesario bautismo para quitar ese pecado. Agustín infiere que cuando Adán y Eva cubren sus cuerpos tras pecar en el jardín del Edén, lo que realmente hacen es tapar de donde procede el pecado, por ello es la relación sexual, o más bien el placer que produce, lo que transmite el pecado original de generación en generación, por lo tanto, la única persona sin pecado había sido Jesús, en virtud de que su concepción había sido virginal.

Con el papa Gregorio Magno, se concluye la época de los Padres de la Iglesia, quien, influido por Agustín, también tuvo una obsesión con la idea de la sexualidad exclusivamente reproductiva y vio como una falta el que los esposos procurarán el placer a la concepción, de hecho, hablará de historias donde esta búsqueda del placer, más en días santos, eran sancionados por castigos divinos, de esta manera, durante todo el medievo existirá una gran preocupación por regular el cuándo y cómo tener relaciones sexuales, serán numerosos los sermones que hablan de cómo transgredir estos tiempos santos hacía que los infantes nacieran enfermos o discapacitados.

Como parte de las reformas Gregorianas, los monjes fueron tomando poder, territorio e influencia. Su moral y manera de vivir se fue imponiendo sobre los sacerdotes seculares y después sobre la feligresía común. Así una exigencia moral que solo le pertenecía a un grupo de personas que libremente la habían elegido pasaba a ser obligación para todos y para ello existieron dos formas de control o disciplina con las cuales se podía asegurar el éxito, la confesión y el celibato sacerdotal, de los cuales se hablará más tarde.

Por su parte, Tomás de Aquino, se limita a recoger todo el pensamiento de la edad de oro de la Escolástica, influida por Aristóteles, y cuya ética sexual privilegia el estado virginal sobre el matrimonio. Esto lo lleva a decir que las relaciones sexuales obstaculizan la actividad mental, oprime la inteligencia y absorbe el espíritu, por eso el sexo es honroso solo cuando tiene un fin mayor, esto es la procreación. Así Tomas crea un listado donde clasifica los pecados sexuales, donde el punto de mayor trasgresión lo tendrán aquellas prácticas consideradas como estériles (como la masturbación, la homosexualidad o el sexo anal) y no las prácticas como la violación o el incesto. Incluso condenará posiciones sexuales que no fueran la que popularmente se conocería como la del misionero, pues considera que cualquier otra posición no garantiza la concepción. Tomás si bien no inaugura el hablar de la naturaleza como espejo en el cual se han de ver los comportamientos humanos, si hace de su Ley Natural, un discurso con el cual sujeta su moral sexual, dando entender que muchos animales eran monógamos y que su instinto era exclusivamente procreador y no placentero, con lo cual, si así estaba inscrito en la naturaleza, el humano debía someterse a esto.  Esta moral fue la que poco a poco fue fortaleciéndose y ante los embates de la reforma protestante contra la vida religiosa o monacal, Trento fue prefiriendo este tipo de principios que primaban a la vida virginal y condenaban cualquier ámbito de relajación, con el fin de no dar motivos de ataques o escarnios por parte de los protestantes.

El celibato sacerdotal.

El celibato sacerdotal hunde sus raíces en ciertas prescripciones de pureza nacidas en el mundo pagano, pero también en el judaísmo. El miedo a llegar impuros ante el altar hizo que existieran una serie de rituales de purificación como las abluciones, abstinencias o en casos extremos y en culturas paganas la castración. Si bien, los apóstoles escogidos por Jesús eran hombres casados, es cierto que en algunas comunidades paulinas existieron hombres y mujeres célibes que guiaron comunidades judeocristianas, pero esto no era una norma, se dejó a conciencia de las mismas corporaciones. La influencia del estoicismo y algunas prácticas del mundo gnóstico, como hemos visto, darán paso a una mayor predilección por la castidad que al matrimonio, lo cual tuvo que ser controlado, ya que estos miembros castos se creían más perfectos que el resto de los fieles e incluso más que los presbíteros y miembros del alto clero, que estaban casados, y es que los presbíteros, es decir viejos, primero se casaban y luego se ordenan, pues el observar una buena vida familiar y matrimonial los hacía candidatos idóneos para hacerse cargo de una comunidad.

Poco a poco y a medida en que el cristianismo afianza su poder, su moral sexual se va haciendo cada vez más exigente y se buscará que los miembros del clero vivan el celibato. En el concilio de Elvira del año 306, decreta que todo sacerdote que duerma con su esposa la noche antes de dar misa perderá su trabajo, y para el año 385, Siricio, el primer obispo de Roma en llamarse Papa, decreta el que los sacerdotes ya no puedan dormir con sus esposas. Esta medida no fue del todo respetada, pues tenemos que el II Concilio de Tours celebrado en el año 567, establece que todo clérigo que sea hallado en la cama con su esposa será excomulgado por un año y reducido al estado laico. Sin embargo, veinte años después, en el año 580, los sacerdotes seguían casados y manteniendo relaciones sexuales con sus mujeres, tanto que la política del Papa Pelagio II fue el no meterse con sacerdotes casados, ni en sus alcobas, en tanto no pasaran la propiedad de la iglesia a sus esposas o hijos, este punto será fundamental.

Para el año 1000 las cosas no cambiaron mucho, la mayor parte de los clérigos estaba casado, pero será la reforma del papa Gregorio VII, quien había sido monje antes de su pontificado, quien impondrá el celibato para todos los aspirantes al sacerdocio. Para 1095, El papa Urbano II hace vender a las esposas de los sacerdotes como esclavas o mandarlas a prostituirse con el ejército y abandonar a sus hijos, además fija una especie de impuesto para los sacerdotes que según manteniendo amantes. Finalmente, en 1123, el Concilio de Letrán decreta que los matrimonios clericales no son válidos e impone la exigencia del celibato para el sacerdocio. De hecho, entre los muchos antecedentes que marcaron la división entre la Iglesia oriental y occidental, estaba la excesiva severidad con que los latinos trataban a sus clérigos casados, cosa que  en los ritos e iglesias orientales no se entendía, pues, hasta el día de hoy,  se les permite el matrimonio a sus ministros.

Así, el celibato  era visto beneficioso para la institución, pues no solo se permitía el que los sacerdotes acrecentaran bienes, también se tenía la certeza de que estos no se heredarán a su familia y serán parte de las arcas eclesiásticas. Por otro lado, el simbólico, la castidad confiere un estatus, confirmado en pensadores y teologías que priman la vida célibe frente al matrimonio lo que llega a conferir en el ministro casto un halo de superioridad y santidad que promueve una clara división entre los elegidos y no, lo cual exige una sujeción del fiel común ante los célibes y es uno de los factores que da pie al clericalismo. 

A pesar de todo, en el siglo XV todavía el 50 por ciento de los sacerdotes son hombres casados y aceptados por la gente, por lo cual fueron muchos los santos y monjes que azuzaban a la gente para dejar de ir a las parroquias y capillas de sacerdotes casados. La Reforma protestante atacó el celibato, lo consideró hipócrita y poco realista, pero será el concilio de Trento, el cual estableciendo que el celibato y la castidad son una vocación especial y más importante que el matrimonio, defenderá esta práctica y la vigilará no solo mediante la creación de seminarios, también por la cautela y castigo que era impartido por la Santa Inquisición o por las medidas disciplinarias propias de cada orden religiosa.

Ejemplo de ello  fue el caso del carmelita Fr. Juan de Jesús María, quien en 1641, fue condenado a la pena del destierro de las Ciudades de México y Puebla, “por haber cometido muchos pecados en contra de la castidad con descrédito y deshonor de nuestro Santo hábito y por su incorregibilidad, pues desde que comenzó a caer en dicho pecado siendo estudiante de este Colegio de Santa Ana, no se ha enmendado, va de mal en peor, teniendo llaves maestras para salir de noche al dicho efecto.”

Este no fue el único caso, y más allá de los sacerdotes amancebados, la sodomía dentro del clero nos dice el doctor Rubial, era una práctica común, al grado de que en 1664 los inquisidores Juan Ortega y Montañés y Pedro Medina Rico, solicitaron del Rey se le diera jurisdicción al Santo Oficio para conocer en estas causas, en el especial caso de los claustros agustinos, petición que le fue denegada, por ser conocida su frecuencia.

La confesión.

Es importante hablar de cómo la confesión fue convertida en un dispositivo de control, vigilancia y auto vigilancia, el principal medio para conocer, de forma directa, los pensamientos y las creencias de los feligreses, comprobar su instrucción religiosa, y una manera de asegurar de que se alinearan con los dictados de la moral eclesiástica. La voluntad de saber y de estar al corriente de los más mínimos detalles de la vida de los fieles junto al afán de inculcar modelos de conducta, constituyeron ese “doble movimiento” de la confesión. 

Los orígenes de la confesión son de alguna manera imprecisos, los textos primeros que aluden al perdón de los pecados lo unen al bautismo y será el obispo Cipriano, el siglo III, el que la definirá como declaración de pecados, tiempo de penitencia, satisfacción de esta e imposición de manos (absolución), a quien hubiera cometido un pecado grave tras el bautismo.

En el siglo IV se detecta ya de forma generalizada la penitencia pública, acontecimiento solemne y único, impuesto a quién se hubiera manchado con crímenes particularmente graves, como el homicidio, adulterio y apostasía. Esta penitencia, llamada exomologesis, exigía al pecador un proceso largo, público y severo.

Tras la penitencia pública aparecen formas penitenciales individuales o privadas. De entre todas ellas tendrá éxito definitivo la confesión auricular, que reclama responsabilidad del pecador, examen de sí, contrición, comunicar los pecados al confesor y cumplir la penitencia. Se llama auricular, porque exige la escucha, así el fiel confiesa de su boca las faltas cometidas en privado y ante un sacerdote. Esta práctica es generada por la actividad de San Patricio y los monjes irlandeses. La actividad se transmite desde Irlanda e Islas Británicas al continente europeo por las comunidades monásticas que emigraron desde aquellas islas. A partir del siglo VII, fue acogida por los reformadores carolingios, que aprobaron el doble estatuto de la penitencia (pública y privada); pero progresivamente se fue extendiendo el ejercicio de la penitencia privada, sobre todo, por la aparición gradual de los libros penitenciales, que abundan desde el siglo VII al XII, en ellos se representa una lista a modo de penitencia tarifada, donde se hace una equivalencia, a veces, pecuniaria, pecado/cuantificación de penitencia, de fácil manejo y comodidad para sacerdotes. En estos quedaban establecidas o tarifadas las penas para cada pecado, penas cuantificadas a partir de periodos más o menos prolongados de donaciones, ayunos, penitencias y oraciones. Este modo de confesión se hizo cada vez más frecuente. Hasta tal grado llegó, que en el siglo XIII era frecuente entre los fieles una confesión semanal e, incluso, hay casos como el de santa Brígida que hacía una confesión diaria.

El momento central de la historia de la Penitencia llega en 1215 con el Concilio Lateranense IV, cuando se impuso a todos los fieles la obligación de la confesión anual, y exclusivamente ante un sacerdote, ya no ante las abadesas. También en este Concilio, en el canon 21, se obliga a los ministros a guardar el secreto de la confesión. 

Este imperativo de la confesión no sólo crea una nueva cultura del pecado y la expiación, sino que  dejó al descubierto la ignorancia e incapacidad de gran parte clero, que no estaba preparado para la tarea es por ello que, retomando la práctica de los rigurosos monjes irlandeses, surgen los manuales de confesores, que tiene por objetivo conocer el pecado y sus circunstancias, para calibrar el daño y poner los remedios adecuados al mismo. Estos manuales de confesores jugaron un papel importante en la lectura que la sociedad dió al cuerpo y a lo sexual, pues basados en las discursos imperantes se le dió un papel principal al mandamiento de “no fornicarás”, el cual contaba, y aún hoy en algunas guías de confesión cuenta, con un cuestionario sumamente detallado, que  fue creando un complejo sistema de culpa, donde lo sexual tiene la primicia dentro del ámbito penitencial, incluso diciendo por algunos pseudo místicos que es el pecado que más almas arrastra al infierno, en contraste con el Evangelio donde claramente se nos presenta un juicio en  relación a la práctica de acción social en favor de los necesitados (Mt. 25, 31- 46), lo cual provoca religiosidades de pureza, pero no de compromiso comunitario.

Esto quedará sellado en el Concilio de Trento (1545-1563),  el cual tras la crítica protestante sobre la absolución por parte de los clérigos, acabará por mostrar la confesión auricular como una práctica de origen divino: “Si alguno negare que la confesión sacramental está instituida o es necesaria de derecho divino, o dijere, que el modo de confesar en secreto con el sacerdote, que la Iglesia católica ha observado siempre, desde su principio, y al presente observa, es ajeno de la institución y precepto de Jesucristo, y que es invención de los hombres, sea excomulgado”.

A pesar del carácter divino que gozará la confesión, ha sido también un espacio que sirvió para el placer, pues no solo el relato detallado que exigían los manuales de confesión daba pie a la excitación de la imaginación, avivar el deseo, convertir la confesión en relato erótico y muchas veces los confesores se colaron en esas preguntas establecidas algunas para aclarar al sacerdote si podría o no tener acceso al penitente. Lo que dió pié a numerosas normas eclesiásticas que regularán la poca familiaridad que debe existir entre el clérigo y el penitente, ademas de las ordenanzas sobre los lugares físicos donde se efectuará el sacramento, siempre público y evitando el contacto físico. 

Una Reflexión.

El concilio de Trento pretendió fortalecer a la Iglesia como institución, frente a la aparente libertad laical del mundo protestante, la Iglesia católica ejerció una mayor sujeción sobre el común de los fieles y dio énfasis a la autoridad de los clérigos y los espacios sacralizados. Tal vez aquí está el motivo del por qué en este tiempo sinodal, exista una cierta tendencia a fantasear con ese ideal, construido desde la imaginación y no desde el hecho histórico, de una Iglesia Triunfante, jerárquica, cercana al poder y el dinero,  donde unos dicen y otros obedecen.

Estas líneas son también una  invitación a reconocer lo complejo que es la sexualidad humana, su compleja relación con la espiritualidad, y como esta debe verse desde sus contextos y desde miradas ya no tanto de misericordia, como celebrativas. Es reconocer lo complejo del deseo, sus alcances y sus filtraciones ante un sistema que privilegia la continencia, y la castidad, mediante dispositivos de control y cómo estos dispositivos muchas veces no hacen sino exaltar la culpa o provocarla, generando un complejo sistema de abusos y silencios que sume a las víctimas  en estados de desesperación y vulnerabilidad.

Es tiempo de repensar nuestras relaciones con nuestros cuerpos y sexualidades, plantear nuevos términos respecto a la celebración de la misericordia que Dios manifiesta todos los días en nuestras vidas.

 
 
 

Comments


bottom of page