top of page

EUCARISTICÓN

May 28, 2017
4 min read
Por: Edgar Soliz Guzmán
Fragmentos, reescritos para esta publicación, del libro Eucaristicón (Mención del II Concurso Municipal de Poesía “Edmundo Camargo” – 2014) publicado por Cascahuesos Editores (Arequipa – Perú) 2016.

Hijo:

¿Duermes?

Buscas el olor del sueño en el hálito que te permite expirar por mí

y descubres el polvo reservado a las cinco letras que acunan tu nombre.

Enmudeces al revelarme el secreto de la reconciliación

y te inclinas, una vez más, a los caprichos de mi sexo.

El decálogo de la conmiseración te coloca delante de mí

para encender la oscuridad en la escritura de la noche

que se ahoga, trozo a trozo, en el desamparo fúnebre.

Noche que pinta la encarnación mudada en sacrosanto desvelo.

Noche que hurga los excesos de la sangre que brota inagotable.

Noche que se cierra ante mi ano tembloroso

para buscar el silencio

que horada la piedra misma.

Noche que traspasa

atraviesa

despedaza

 destroza.

Padre:

Balbuceo:

Mis pupilas humedecen el vientre de ese lenguaje diminuto.

Oraciones torpes fornican al pie del árbol que nunca dice nada.

Procesión de palabras que masturban el tiempo transcurrido.

Celebración eyaculatoria de ese reticente legado licencioso.

Todos los miedos corporales destinados a migrar su sexo.

Hijo:

Había comenzado a sonreír, a condolerme,

a sopesar el vino con que mojas el vientre de ese

bocadillo estéril que se mueve entre palabras sueltas.

Mientras, en alguna parte del cosmos, un padre teje

tribulaciones en el prepucio limpio de su recién nacido.

Arranco un pedazo de sombra que conserva tu olor,

mendigo una letra que contiene tu geografía

y cierro los ojos por si me observas esta vez.


Padre:

¿Qué amor contendrá nuestros despojos?

¿Con qué devoción alimentarán nuestros lamentos?

¿Cuál la carne que nos reemplaza?

Hijo:

Me entrego a la eternidad del coito que amordaza tu voz.

Tu obsesión con la carne prometida anuncia el duelo.

Todos los miedos cometen la imprudencia de callar.

Todas las bendiciones se consumen en mi sangre que destila lozana.

Las lágrimas caen en el mismo suelo que habita la injuria

y tu rostro se borra en la mirada que desata la sentencia.

Tres pedazos de mi cuerpo yacen entre tus dientes.

Padre:

Abro el costado derecho de tu abdomen,

envuelvo tu nombre en la sangre del templo,

lo entierro junto al pan ácimo que me queda,

costuro tu herida y bebo el agua de tu abandono

Hijo:

Se escurre tu nombre en la piedra del Pretorio,

salpican pedazos de mi voluntad herética.

Un aire mortuorio contiene este espacio,

una vocación accidentada, desvergonzada,

conjura los estertores de la hora suprema.

Abrazo tu humedad con el soplo de mi muerte.

Me hago de tu cuerpo en un trayecto varicoso.

Guardo tu semen para la travesía inmutable.

Te empujo a través de mi mismo para iniciar el retorno.

Te arrastro impíamente hasta la exactitud moribunda.

Te expulso a la corriente de la multitud despedazada.

Me pesa la comunión de tu nombre.

Padre:

Tu aliento me quema el placer de beberte de un solo sorbo,

de buscar los retazos del madero erguido entre mis manos,

de intentar cogerlos, morderlos, comerlos, pero es inútil.

Porque todo sabe a nada y este recorrido me despoja

del dolor donde tu heredad unge mi ominosa pasión.

Hijo:

Ahora la muerte se anuncia a sí misma su nuevo trance,

allá donde el hacerse verbo ya no tiene ningún sentido

y tu inmensidad es un reflejo trivial de tu existencia.

Me incorporo en el gozo íntimo de tu proximidad,

en el vacío significado de las intenciones de tu palabra,

en la duda que despiertan tus actos de fe, y espero.

Mientras me quito el pellejo que cuelga de mi aliento

y confirmo la devoción paternal que le tengo a tu amor.

Quedo en tu interior pedregoso,

líquido amniótico que nos nutre,

cordón umbilical que nos ata,

oscuridad eterna y un hondo

epílogo gozoso.


Padre:

¿Cuál el corazón del hijo que muere contigo?

¿Fue la madre la voluntad sobrada de una dualidad incestuosa?

¿O fue el hijo, cual complejo de Electra, que amó al padre?

Tomo la carne de tu carne, abro cuidadosamente la herida,

conjuro la gracia de dios para humedecer tu ánima,

imploro a tus amuletos sopesar tu última voluntad,

corto las deformidades que crecen de tu nombre

y escribo una carta para recordarte en tu travesía.

La mañana muere abandonada en el vértice de una lágrima.

El horizonte se aferra al aniquilamiento de tus suspiros.

Olvidé que había olvidado escribir en tus labios, tus dedos y tu sexo.

Te envuelvo en olor a piedra recién cortada,

cierro tus ojos mordiendo la ansiedad en mis labios,

desgarrando la parte borrosa que tu cuerpo ofrece,

trashumando mi deseo en el miedo al rigor mortis

y demorando mi reflejo en tu pupila midriática.

Vuelves a la tierra, al seno de tu padre,

a la oscuridad, al silencio, a la soledad.

Quizá sólo las ruinas, la soledad y el olvido,

perecen en nosotros que fuimos el sueño de otro sueño.

Porque ninguno de los dos recuerda quién es el verdadero hijo del padre,

la memoria es frágil, como el hombre, sólo la muerte permanece inalterable.

Edgar
 
 
 

Comments


bottom of page