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Estética de los amores pasajeros

Dec 25, 2017
4 min read

Compartir la vida con otra persona es mirar el mundo con los mismos ojos, sentir con un mismo corazón. Es la estética de los amores pasajeros. Las personas que alguna vez hemos amado dejan en nosotros huellas, rastros, cicatrices y viejas añoranzas que se encienden dentro de nosotros con una canción, un cuadro, una fotografía, algún poema. Compartir ciertas formas de amar, ciertas palabras, ciertos cuidados, cierto modo de cerrar los ojos en el mismo compás de una melodía. Y recordar, recordar con el musculo cardiaco hinchado y benevolente, recordar ciegos de tanto decir. Como si transcurriera una cerveza tras otra, y esa forma de percibir nos condujera directo a un torrencial aguacero sentimental donde alguna vez abrevó un tibio amor, encallado en la arena, a la orilla del sol, una esencia de agua, un roce del aire, desolación del alma a media noche, como un fantasma que se muerde el corazón a hurtadillas para no hacer ruido, mientras la noche bufa, y las luces se disipan bajo la lluvia, y un trémulo rechinar de dientes nos va arrastrando lejos, cada vez más lejos, un reflejo, un aullido, y la nostalgia permanece intacta, bella y crepuscular como un ramo de flores, y las páginas de un libro se suceden una tras otra hasta desatornillarnos el alma lentamente, piedra por piedra, capa por capa, como si se tratara de una cebolla tiernamente blanca y reluciente, y los acordes de la guitarra iban desangrándose en las escaleras, y el sonido de los grillos sobre el teclado, y el eco de la sillas vacías, y la tibia añoranza de quien mira a lo lejos y se mira desnudo, flotando en medio del vacío grandilocuente de la soledad que se cierra sobre nosotros, y nos mutila las piernas, y nos parte de tajo como una manzana, un animal resiliente y acorralado musitando una elegía en las faldas de la luna.

La noche se hizo despojos, y la saliva tan liviana y fresca, oscura y arborescente como quien ha amado para siempre sin ser correspodido, y aleteaban las aves a media mañana, y nos mirábamos los ojos, radiantes, exhaustos de tanto gritar, de tanto arañarnos la espalda sobre el colchón, de tanto aullar con el corazón batiente lo que no dijeron nuestros largos silencios para fugarnos del mundo, y aguantarnos las ganas de decir te amo para no echarlo todo a perder, y hacernos humo como una bocanada de cigarro, mientras las luces apagadas de la calle nos delataban, y tu cuerpo fosforecía en un mar ennegrecido de odio, y las fragatas se ausentaban para siempre en algún lugar del esporádico cielo, y nos íbamos haciendo nada mientras nuestros caminos se cruzaban sin saberlo, y la hoguera de nuestros adentros se vaciaba sobre la arena como un turbio pozo condenado a la nada, y las ramas de los árboles diurnos claudicaban y se iban de largo como tus labios, como tu cuerpo hecho de tinta y terciopelo, hecho de rabia remojada en ansiedad, locura y deseo, y tu cuerpo hermoso, tan elocuente, se iba mudando de manos a otras caricias y se me iba secando la lengua junto con el desaforado corazón que sólo contempla tu azarosa cabellera ennegrecida y revuelta y se iba llenando mis días y mis noches de sosiego inútil, es una enorme marejada de canciones que me llega de pronto y me ahoga en los versos perfectos que nunca escribí, como la luna que lloraba una luz platinada y obscena que se filtra por la ventana y se cuela por los poros del alma sin anticongelante, lo mío era una risa triste que se descuelga desde algún hervidero, una somnolescencia gris como graznido de cuervos o la resonancia de un páramo pretérito sin anestesia, una hoguera donde se consume ese olvido tan ajeno del cuerpo, un cuaderno con apuntes viejos, un aroma con colores de otra vida, una arenga hecha de polvo y menudencias, un eco lacustre que me mira de regreso desde lo blanco del papel hasta la almohada, reminiscencia del sueño escarpado que me grita por dentro y se evapora y se eleva como un globo rojo taciturno y sediento, un globo rojo que se diluye en el multitudinario cielo que ahoga, un cielo añil que asfixia con palabras y promesas, un amasijo de recuerdos que se cuelgan de la carne en carne viva, una hemorragia de canciones derramada sobre el huerto de los sueños profanos, una homilía sin cura y desayuno, un papagayo cantando en tonos escarlata, una abandonada remera sobre la playa, un lagarto descalzo, un navío sin destino ni tregua, un corazón desbocado que nunca entiende, un tiburón sediento de victimaria sangre, unos ojos vacíos que nada miran desde el otro lado de la tierna muerte, una muerte que me mira con los ojos apagados y una mueca llena de sarcasmo, como el dorado y dulce amaranto que son tus labios, como palabras desnudas que van de lengua en lengua, de boca en boca, de tumba en tumba y la tambora que tamborilea en la memoria que aúlla una canción con un enervante perfume de romero y manzanilla, y los días se hicieron grises y azules, y los pies siguieron caminando sin saberlo, remotos y felices, como las hienas, como las monjas masturbándose en la iglesia, como un río de sangre amarilla. ::.

 
 
 

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