Escape Room: The White Room, Escape College
Después de un febrero en blanco por incompatibilidad de agendas y casi a punto de acabar marzo de la misma manera, conseguimos ponernos de acuerdo al menos cuatro integrantes para volver a una sala de escape. Nos costó elegir algo con poco tiempo de adelanto, pero finalmente nos decantamos por Escape College, una empresa que ya conocíamos por Casino.
Aunque de aquel escape no teníamos muy buenos recuerdos por su facilidad y algunos problemas con el desarrollo del juego, sí que teníamos anotada The White Room en la lista de sugeridos. Allá por 2018 parecía estar muy bien valorada, así que teníamos curiosidad de si seguía siendo una buena opción, o si por el contrario nos iba a dejar la misma sensación que Casino.

La imagen de la sala no nos da mucha idea de su argumento. Pero es normal, porque no lo hay. Ya en su web nos indican que vuelven al concepto original de los juegos de Escape Room llegados desde Budapest en los que no había historia, tan solo el objetivo de salir con la mínima ayuda.
En «The white room» los jugadores accederéis a una habitación completamente blanca con pocos elementos sin aparente relación lógica donde deberéis resolver, sin apenas pistas (sólo dispondréis de tres), un gran enigma en forma de código final que os hará escapar y sólo gracias al rápido uso de vuestras abiertas mentes: tendréis que pensar despacio para actuar deprisa.
Sin apenas información previa sobre lo que os encontraréis dentro de la sala salvo unas breves indicaciones respecto a cómo seguir el juego, ¿seréis capaces de descifrar este enorme rompecabezas?
Una vez en la sala pudimos comprobar que efectivamente esta descripción de la web no mentía. Un espacio blanco, con algunos detalles aparentemente inconexos, poco mobiliario, música de tensión de fondo y un pequeño inconveniente que no puedo comentar para no reventar la sorpresa.
Así pues, con este planteamiento, los primeros minutos fueron un poco desastre. Normalmente, nada más entrar, estamos acostumbrados a hacer un reconocimiento del espacio, decimos en alto lo que vamos descubriendo para informar al resto del equipo y colocamos todo aquello que encontramos en un mismo lugar para luego comenzar a unir las piezas. Aquí esta estrategia no servía, al menos de inicio, por lo que tuvimos que replantearnos completamente nuestra forma de funcionar e intentar trazar una línea de actuación. No obstante, pese a que parecía que habíamos entendido cómo funcionaba la sala y los desafíos que se nos presentaban, lo cierto es que cometimos un error de principiantes que nos hizo perder un cuarto de hora y llevó a nuestro Game Master a intervenir dándonos nuestra primera pista.
A partir de aquí volvimos a empezar de nuevo. A mirar todo con nuevos ojos. A trazar un nuevo plan. Pronto nos dimos cuenta de que teníamos que agudizar los sentidos, ser muy observadores, usar la lógica y la memoria. Y sobre todo, más que nunca, compenetrarnos como equipo. Y aquí estábamos fallando, porque uno de nuestros integrantes estaba totalmente fuera de juego por el tipo de problemas que había que resolver. Y es que no todos tenemos el cerebro estructurado de la misma manera. Además, veníamos ya con la costumbre de otro tipo de salas más activas y en las que prima mucho la ambientación y no tan tradicionales y con quizá demasiados candados como esta.
No obstante, pese a volver a lo clásico, la sala se me hizo entretenida. Es verdad que por momentos íbamos como pollo sin cabeza, pero con la segunda pista de nuestro Game Master volvimos un poco al camino y seguimos resolviendo puzzles a veces en equipo, a veces por parejas de forma paralela. Y es que, aunque lógicamente hay un cierto orden y atascarte en determinada prueba te puede condicionar a la hora de seguir, como norma general se podía trabajar de forma no lineal.
Cuando quedaban diez minutos para llegar a la hora aún nos quedaban varias cosas que solucionar, por lo que yo pensaba que iba a ser nuestra primera vez en no conseguir salir. Sin embargo, la tercera pista del Game Master nos dio alas hacia el final. Finalmente, tras un momento de aturullo descifrando el código final, conseguimos abrir la puerta congelando el reloj en 58:50. Por los pelos.

Una vez fuera estuvimos hablando unos minutos con el Game Master, que nos intentó dar ánimos diciendo que no lo habíamos hecho tan mal. Parece ser que la frustración inicial es de lo más común y que por ese motivo la primera pista no la suelen contar como tal. Nos comentó que justo al final estuvo a punto de ayudarnos con la tercera, pero que vio que estábamos a punto de conseguirlo y se contuvo un poco. Con el trabajo hecho, nos marchamos a cenar.
Habíamos conseguido el objetivo, pero no salíamos muy eufóricos. Había quien salía bastante satisfecho, quien se lo había pasado bien pero no quería volver a repetir este tipo de sala y quien no se sintió dentro del juego en ningún momento. Para mí The White Room no es mal Escape Room. Cuando me olvido por completo de los minutos que nos quedan y me centro en resolver los diferentes enigmas es que estoy enganchada. Sí que es verdad que me sentí frustrada en varias ocasiones y que pensé que no salíamos porque no estábamos pensando como se supone que teníamos que estar haciéndolo. El problema de que no nos terminara de enamorar creo que tiene más que ver con nosotros que con la sala. El camino que hemos recorrido desde nuestros inicios escapistas nos ha llevado a un punto en que ahora nos interesan más otro tipo de temáticas y mecánicas. Si la hubiéramos hecho en 2018 seguro que nos había sorprendido y divertido aún más. En 2022 nos interesa otra línea y a ella volveremos para reservar el siguiente.

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