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Escapada a A Coruña V: la Torre de Hércules

Sep 28, 2020
7 min read

Para este segundo día en Galicia nos quedamos en A Coruña. El día amaneció nublado, por lo que no sabíamos muy bien qué esperar de la climatología. Aún así, desayunamos y nos pusimos en marcha un poco más tarde que el día anterior; acabamos saliendo pasadas las 10. Queríamos empezar por la Torre de Hércules, que se hallaba en la otra punta de la ciudad, así que nos fuimos en coche hasta allí. Aparcamos junto al Centro de Información y Atención al Visitante, donde venden las entradas (el lunes es gratuito). Teníamos nuestras dudas de si íbamos a poder ver algo con el día encapotado, pero no nos quedaban muchos más días para elegir, así que al final nos arriesgamos con el turno de las 11.

En este centro, además de retirar el pase de acceso, también se puede visitar una exposición en la que se cuenta la historia del faro, se da un poco de contexto del Imperio Romano y se muestra la evolución de los navíos que han pasado por la costa.

También encontramos una estatua de Hércules, y varias maquetas de la torre.

Algo puestos en situación sobre lo que íbamos a visitar, nos dirigimos hacia el faro, pues era casi la hora de acceso.

Este símbolo de la ciudad se erige en un cerro a 60 metros del nivel del mar en la costa norte de la península coruñesa. Desde este promontorio privilegiado se domina todo el Golfo Ártabro, que va desde el cabo San Adrián al Prior. Cuando la torre fue construida quedaba lejos de la ciudad romana de Brigantium que dio origen a A Coruña, sin embargo, con el paso del tiempo y la expansión urbanística, esta quedó integrada. No obstante, queda algo separada ya que se ubica en un gran parque urbano de 50 hectáreas de suelo rústico de especial protección y dedicado a zona verde.

Declarada Bien de Interés Cultural en 1931 y monumento Patrimonio de la Humanidad en 2009, y aunque aún quedan muchas incógnitas sobre su origen y aspecto primitivo, lo cierto es que las excavaciones arqueológicas, el estudio de los paramentos arquitectónicos y de los métodos constructivos así como la documentación conservada permiten asegurar que construida por los romanos sobre la segunda mitad del siglo I o en los primeros años del siglo II d.C. Esto la convierte en el faro romano más antiguo del mundo y el único que mantiene su función primigenia desde sus orígenes hasta la actualidad. Por la inscripción conservada al pie de la Torre, sabemos que su constructor fue Gaio Sevio Lupo, arquitecto de la actual ciudad de Coimbra en Portugal.

Cuando los romanos conquistaron el Occidente europeo la bahía coruñesa adquirió una gran importancia en las rutas comerciales marítimas entre el Mediterráneo y las zonas costeras noratlánticas. La construcción de una torre de observación y señales a la entrada de los puertos era algo muy normal en aquella época (y más en una costa tan escarpada y peligrosa como esta). Claros ejemplos son los desaparecidos faros de Alejandría, Ostia, Leptis Magna y Messina.

Con la caída del Imperio Romano en el siglo V los reinos germanos que le sucedieron no fueron capaces de mantener el tráfico marítimo y las intensas relaciones comerciales de la época romana. Las costas y los puertos se volvieron inseguros al no quedar flotas que protegieran las naves mercantes. Con esta situación la Torre de Hércules experimentó un progresivo deterioro que acabó con su muro perimetral exterior y la rampa de acceso. Con las incursiones de pueblos suevos y normandos dejó de cumplir su función como faro y se convirtió entonces en castillo de marcado carácter militar y defensivo frente a las amenazas del mar.

En el siglo XIII la torre quedó abandonada y aunque la lluvia, el viento y el salitre de los temporales de invierno tuvieron parte de culpa en su deterioro, la acción humana también tuvo que ver, ya que los restos del muro y la rampa fueron utilizados como cantera para las construcciones y fortificaciones (como el Castillo de San Antón y las murallas) que se realizaron en la época en la ciudad.

Esto no fue prohibido hasta el siglo XVI, momento en que además se impulsaron una serie de trabajos de recuperación, consolidación y mejora del edificio. Y dado que la rampa de acceso había desaparecido, se compró madera para construir una escalera interior que permitiera llegar a la linterna del faro. El tráfico marino se había intensificado de forma significativa gracias al comercio peninsular e internacional con Europa y América, por lo que el Ayuntamiento decidió recuperar la Torre de Hércules como señal marítima además de atalaya.

Los cónsules de Inglaterra, Holanda y Flandes propusieron durante estas obras que se construyeran dos torretas de piedra coronadas con sendas farolas. Estas fueron costeadas por una tasa que debían pagar todos los barcos que arribasen a los puertos gallegos. No obstante, pronto se puso de manifiesto que estas farolas eran insuficientes. Además, en una dejó de funcionar, y más tarde, en 1769, un trueno fulminó la otra. De forma temporal, se colocaron tres farolas portátiles en lugar de la primera, pero resultaron imposibles de encender cuando hacía temporal.

A finales del siglo XVIII La Coruña vivió una intensa actividad marítima gracias al comercio con las Indias. Además, la proximidad al puerto de Ferrol (base principal de la armada española) hizo que el golfo Ártabro se convirtiera en una zona de paso obligada para las flotas militares. Sin embargo, la torre estaba en continuo deterioro y amenazaba con derrumbarse, por lo que en 1785, el Ministerio de la Marina decidió que era momento de que se estudiara su futuro como parte del plan general de mejora y modernización del puerto, pues era necesario dotarlo de un faro que guiara e hiciera más segura la navegación. En un principio se valoró su demolición y construcción de uno nuevo, sin embargo, el ingeniero militar Manuel de Navacerrada tras un informe exhaustivo concluyó que lo más económico sería conservar la estructura del faro romano y adaptar la torre a los avances técnicos de la época. Esto permitía además consolidar un monumento que ya se había convertido en el símbolo de la ciudad al incorporarla el Ayuntamiento como tema para su escudo a finales del siglo XV.

El 4 de enero de 1788 el rey Carlos III autorizó dichos trabajos con el ingeniero militar Eustaquio Giannini a la cabeza que acabaron prolongándose dos años. Entonces se consolidó la estructura romana, se sustituyó la linterna del faro por un remate a base de un doble cuerpo octogonal y se construyó una nueva escalera de piedra con pasamanos de madera. Además se revistió el núcleo romano con unas nuevas fachadas en las que se reutilizaron parte de los materiales procedentes de la linterna y se dejó el recuerdo de la huella de la rampa por medio de una moldura que recorre las cuatro fachadas. La decoración neoclásica externa simuló la sencillez del faro romano, respetando las bandas de la rampa que, al quedar a la vista durante la Edad Media, había formado parte del símbolo y escudo primitivo de la ciudad. Poco después se acondicionó también el entorno, construyéndose un camino de acceso y una plataforma que rodearía la base de la torre (aunque esta no estaría terminada hasta 1861). Se levantó además una caseta de piedra para proteger la inscripción romana.

A principios del siglo XIX se sustituyó la farola de carbón por un nuevo fanal giratorio alimentado con aceite. Esto hizo que Giannini tuviera que introducir modificaciones en la cima de la torre eliminando la cubierta de la parte superior y colocando una linterna de cristal que aún se conserva. Además se instaló un pararrayos. A mediados de siglo se sustituyó la lámpara por un aparato catadióptico que la colocó a la vanguardia de los sistemas de iluminación marítima. 

En 1927 se realizó la electrificación del faro y en la actualidad, cada noche, emite un grupo de 4 destellos blancos visibles a 24 millas en un intervalo de 20 segundos. Cuando hay niebla se complementa además con una señal sonora audible a 7 millas.

La visita a la torre permite apreciar las últimas excavaciones llevadas a cabo entre 1992 y 1994. Nada más pasar el control de acceso nos encontramos con la antigua linterna del faro romano y, siguiendo las indicaciones y paneles, vamos descubriendo vestigios de este faro hermanado con la Estatua de la Libertad y el Faro del Morro (Cuba).

Tras subir los 234 escalones, se llega al pequeño mirador que la rodea, desde donde se puede contemplar una espectacular vista no solo de la ciudad de A Coruña, sino incluso de las rías de Sada y Betanzos, Ares y Ferrol en el oeste y las islas Sisargas frente a Malpica.

Después de unos minutos oteando el horizonte, volvimos a bajar (con precaución, porque las escaleras tienen tramos estrechos y con gente que quiere subir) y concluimos nuestra visita. Para cuando salimos el día se había despejado y no quedaba nada de aquella niebla con la que nos habíamos levantado. Paseamos entonces por los alrededores de la torre, un espacio verde conocido como el Parque Escultórico de la Torre de Hércules y que se extiende por la península de la torre, Punta Herminia, O Acoroado y el Cabal de Pradeira, a lo largo de 47 hectáreas. A los pies de la torre se halla la Rosa de los Vientos, un mosaico circular de 25 metros de diámetro del artista Xavier Correa Corredoira.

Representa una gran rosa náutica en la que quedan recogidos los puntos cardinales. Están también representados los siete grandes pueblos celtas y sus correspondientes iconos.

En el parque se pueden encontrar diversas esculturas como Hércules en la nave de los Argonautas, la Copa del Sol, Caronte, Breogán, la Hidra de Lerna, Ara Solis, el combate entre Hércules y Gerión, los Menhires, la caracola o el monumento a los fusilados en la Guerra Civil.

No lo recorrimos entero, pues era media mañana y queríamos acercarnos al Monte de San Pedro antes de comer. Además, por la tarde teníamos visita en la Fábrica de Estrella Galicia, así que no nos podíamos demorar mucho. Volvimos pues al coche y nos dirigimos a la otra punta de la ciudad.

 
 
 

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