EN EL PRINCIPIO DE LOS TIEMPOS EL VERBO ERA MÉXICO

Tenía 12 años cuándo conocí por primera vez el arte de la elocuencia, aún recuerdo aquel día de clases cuando de regreso del receso mi profesora del 6 año grupo B, me detuvo en la puerta del aula y me dijo “¿te gustaría participar en un concurso de oratoria?”, “¿qué es eso?” le dije, “se trata de hablar frente a las personas lo harás bien a ti te gusta hablar mucho.” Sin saberlo, a partir de ese día mi vida habría de cambiar para siempre; la oratoria me dió sentido, me moldeo y me brindó la oportunidad de realizarme en la más alta estela de libertad, por ello comulgo con las palabras del maestro José Muñoz Cota cuando sentenció que la oratoria no constituye el ejercicio tangente a la vida, es la vida misma.
El primer viernes del mes de marzo, como desde hace 5 años, los oradores y oradoras de México celebramos de manera sistemática y organizada aquel encuentro fortuito, esa suerte de serendipia con la palabra, que a la manera de Cortázar sin buscarla estábamos para encontrarla. Pero más allá de ser una celebración, considero que el día Nacional de la Oratoria debe de ser la oportunidad para pensar el papel de la oratoria y con ella del orador y la oradora en el México del siglo XXI.
Desde los hincendiarios discursos del liberal Ignacio Ramírez “El nigromante”, enemigo jurado de los conservadores durante el periodo de reforma, pasando por el verbo preclaro del Titán del Sur Belisario Domínguez Placencia opositor al régimen opresor de Victoriano Huerta, hasta llegar al defensor del legado de la Revolución el Maestro de maestros José Muñoz Cota Ibáñez, la historia de nuestro país nos ha dado testimonio de grandes oradores que con la palabra como móvil han sido arduos defensores de las causas justas
En el México de hoy ya muy lejos de la reforma y la independencia, se ha generado en la sociedad una suerte de desidia hacia el papel transformador de la palabra libre. Por un lado, están los que creen que la oratoria ha sido reemplazada por el debate y la argumentación, y por el otro, los que ven en los nuevos modelos de comunicación la oratoria de este siglo.
Nada más alejado de la realidad, la oratoria responde a un fin completamente distinto a los ejemplos anteriormente mencionados, es atemporal, lo que implica que trascienda las modas y se implante como una herramienta fundamental en la vida de nuestras sociedades ¿Qué sería de nosotros sin el ascetismo y el equilibrio de un Horacio Zúñiga?, ¿sin el verbo flamijero y potente de una Beatriz Paredes?
El verdadero problema de la oratoria en México se encuentra en haberlo reducido a concursos de feria, a espacios dónde la legitimidad la otorgan autoridades, cuando la cuna de la oratoria es por antonomasia en las calles y la legitimidad la otorga el pueblo.
La invitación del día de hoy para mis hermanos oradores y mis hermanas oradoras es que llevemos la palabra a nuevos escenarios, al activismo, al día a día que es dónde más se necesita, hacer de la lectura nuestro pan de cada día y solo hablarnos sobre lo que conocemos porque de lo contrario, no hay nada por decirse; es esta nuestra obligación impostergable.

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