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ELLAS NO LO HACEN

Apr 5, 2019
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No conozco bien su nombre, pero recuerda a la filosofía helenística, a los gallegos, al santoral en el cristianismo y a la castilla transitada; te recuerda los nervios en la boca. Por entonces me encontraba sin casa, si acaso, un hombre fuera de su país puede llamarse distante y sin procedencia. En realidad, me encontraba ajeno, secuestrado por el vaivén recurrente de las distancias.

Colombianade nombre gallego, greco y enrojeciendo la castilla; así la recuerdo, joven,sorda de manos. La primera vez que supe de ella (como hoy conozco de mí) mevolví algo frenético. Uno tiene que ser inteligente con estas cosas, no puedesacercarte simple y menos con una mujer casada tan breve, o casi, casicasada, casi así me lo explicarontodos. Me gustaba porque era de piel estéril, a distancia parecía que solo leimportaba su hombre, aquel simpático de ojos vivarachos y barba corta; megustaba porque solo tendría que verla tres meses más, antes de mi tumba.

Parecíatener pelos de pluma, garganta ligera, ojos altivos y labios de uva; naturalmentese le veía pasar por el aire. En su recorrido los ojos se le subían al techo,el paladar le flotaba por donde iba y sus muslos no necesitaban brincos nitransparencias. Por aquel entonces me consideré sonámbulo.

Unanoche, durante el transcurso de una borrachera donde se me disparo agilidad enel cuerpo, le confesé con un poema que me estaba acabando las rodillas y queseguramente ella podría repararlas

–Eso es trabajo de un ojalatero, no de una mujer, pero puedo intentarlo.

Nuncatocamos el tema central del hambre, pero sí que disfrutamos las enredaderas. Devez en cuando íbamos a los cafés de la Candelaria, ella ordenaba tinticos y yo cerveza. También recuerdohaberla tocado triste, como una fruta cerrándose, en reversa, con la carne arrastrándolepor el suelo y deformando de pétalo a ceniza; de brillo neutral, en pasividad, sucedióque encontró algún rincón de mi hombro, que le sentó bien 

– Tevoy a regalar una sonrisa, pero nada más, debes entender que él ya me tiene.

Inevitable,nos distanciamos un rato.

Elclaustro volvió, los primeros días me pareció curioso que no lograra alargarlas mejillas. Tuve que viajar constante para no encontrarla repartida por ahí.Mi primer destino fue Leticia, un pueblo en la selva Amazónica. En aquel lugarel aroma a tierra no se desprende fácil, el grito del hombre es insuficiente;el verde y la araña son abismales en comparación con la costumbre humana. Elsabor del néctar y el sudor uitotoson imprescindibles.

Nofui para olvidarla, solo la naturaleza sabe sanar. En el peso acalambrado de lanuca, encontré su silueta negándose a soltarse. Tuve que viajar más, nadar más,beber más, desnudarme para no invadir de hombre a cuanta vida encontré en laselva. El río me llenó de humedad su nombre.  

Nopasó mucho y en los últimos días de mi residencia, en los pasillos de lafacultad se hizo presente la sincronía. Bogotá siempre fue así, con alientosazules y chispazos de suerte. Me sonrió por primera vez y sin tanta charla, enbreve regresamos a la comunión del centro, dónde ella me contó que de niñadisfrutaba leerse las placas de las calles y aprenderse los nombres

–Aquí todas tienen nombres, no números 

– Enmi país casi siempre lo tienen.

Mebesó, ella despertó y su boca me recordó a la suavidad de los higos; eraplácido, la cicatriz en mi labio ardía.  

¡Pum,pas pas, jazz jazz, pum, pas pas, jazz jazz, pum, pas pas, jazz jazz!

–¡Hey! ¿Has visto eso? Las estatuas, no, las estatuas nunca… nunca hacen eso.

Laabracé con fuerza, creo chilló un poco. Yo estaba asustado 

–No, jamás lo hacen. 

Comimosmuy augusto y el ademán de angustia pasó a segundo plano. Después de sabermirarla, el fenómeno a media luz nos acercó de voz y de todos los ruidosposibles; nos escuchamos atentos. Saliendo del restaurante la gente seguía ensu sitio, en Colombia las melancolías se viven suaves y casi a nadie le importóel ejemplo humano de un par de piedras talladas. Pedimos un taxi.    

Cuandollegamos a su casa nos recibió Liz, después hablamos sobre mi regreso, mispromesas y ella sonreía. Me retiré un momento para usar el sanitario, pero lasescuché a mitad de risillas 

–Este mexicano es encantador 

–Mamá, ya basta.

Hicebien en disculparme por la hora, pero al intentar irme su padrastro me ofreciócerveza y me mantuve quieto de boca mientras los escuchaba cantar los mariachisrecomendados por mí

-Leshas fascinado, ¿ya ves cómo fue buena idea no irte en la puerta? 

Sumadre era mujer de contacto opuesto, nacida con sutileza católica. Me organizóuna despedida y yo me ofrecí a cocinarles. Cuando llegué a su casa (bastantepuntual, por cierto) la muchachita de ojos abiertos me esperaba con ansias, losamigos en común que hice en la facultad, traían diversos licores. Repetimosvarias escenas de la noche pasada, solo que esta vez nos escondíamos en lacocina para tocarnos con agujas de trigo y sal. No fuimos cautelosos, todos nossonrieron. Acabando la cena, acabando los tragos, acabando la gente y todos cómodosen la embriagues: yo dormí con una mujer, dormí conmigo y queriendo.   

–¡Viva por Angrisani!

Enalgún momento se escuchó.

Alotro día ella prometió acompañarme al aeropuerto, pero perdí mi vuelo por laborrachera y el que conseguí era muy tarde. Cuando llegó a mi pensión dijo quesolo teníamos dos horas (fue más, según recuerdo) pero la noté distinta; habíatenido un encuentro con el exnovio y su contacto extraviaba el vaho al que meacostumbré breve. Cuando llegó Gerson, mi amigo, ella se fue y yo le contétodo. 

– Parce,es que usted está en la mierda, no le entiendo, siempre tiene a todas esas chinasy usted comiendo mierda por una. 

Llegamosal aeropuerto y antes de emprender el proceso de la embajada, nos tomamos untrago en el bar

-Sabes,viejo, ¿tú recuerdas aquella vez que las estatuas?, tú sabes, hicieroneso 

– Sí,todos nos asustamos 

–Bueno, ellas en realidad no lo hacen, es obvio. Pero, vaya, ella y yo, sí.

Nosdespedimos y tomé mi vuelo. Casi sin aliento, la piedra me encontró el pecho,el tronar labiodental se hizo presente, el recuerdo se hizo presente, elmalestar gutural y ecopunzante,también.

PiséMéxico bastante frágil, en la salida no me esperó nadie

– Aylas estatuas, después de todo (después de nosotros) ellas regularmente no lohacen, no tienen alma; pero ella y yo, sí.

– Eduardo Arrequín

 
 
 

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