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El verdadero poder

May 23, 2018
4 min read
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La imposibilidad de distinguir matices y entender que la vida es un fenómeno complejo, lleno de contradicciones y posibilidades, merma considerablemente la capacidad de entender el todo. La gente está acostumbrada a pensar con esquemas rígidos y moldes mentales prefabricados, ideas cerradas que les proporcionan cierta seguridad frente a un mundo caótico, pero que al mismo tiempo, les impide abrirse y explorar otras posibilidades a la hora de vivir la riquísima diversidad de la experiencia humana.

Al creer que lo saben todo, se niegan a sí mismos la posibilidad de maravillarse con lo desconocido. Están tan seguros de sus propias certezas, que nunca se cuestionan nada que vaya más allá de lo grotescamente común. Convencidos de su normalidad, no dudan en calificar a los otros de raros y anormales. Dicen tener la razón, pero ni siquiera se dan cuenta de su enorme ignorancia de los temas que tratan. ¡Qué fácil es tener una opinión basada en pendejadas! Todos emiten juicios pero muy pocos tratan de entender en realidad lo que sucede a su alrededor. Así operan los autómatas, seres unidimensionales y planos, insoportablemente convencionales, incapaces de pensar por sí mismos, enfrentarse a sus sentimientos más profundos y decir: ¡este es mi bien y este es mi mal! Así es la gente débil, tan manipulable, tan inocente, tan frágil, dispuestos a dejarse guiar por cualquier charlatán que les endulce el oído y les ofrezca respuestas fáciles.

Habemos en cambio, quienes no nacimos para dejarnos pastorear cual rebaño. Somos rebeldes, necios, inconformes, chairos que se niegan a aceptar la resignación, el infortunio como forma de vida. Locos que se atreven a soñar otros mundos posibles por el puro gusto de soñar. Solamente los cobardes y los pobres de espíritu viven encerrados en sus propios miedos. El conocimiento no es para todos. Se necesita ser valiente y estar dispuesto a librar muchas batallas para acceder a la verdad, porque la libertad es conquista y no donación, es el privilegio de los fuertes, de quienes tienen el valor de autoafirmarse.

La gente pusilánime está hecha para obedecer y asentir con la cabeza en silencio. Habemos en cambio, quienes tenemos el irremediable vicio de sentirnos vivos, y sentir que ha valido la pena, de algún modo o de otro. Es la alegría que colma el corazón, la paz de no quedarse con las ganas. ¿Cómo puede prosperar un país, un pueblo, un colectivo, si la gente sigue presa de su miedo disfrazado de cómoda neutralidad y holgazanería? Disfrazan su odio con indiferencia, su pequeñez con delirios de grandeza, del mismo modo que pretenden llenar sus muchas carencias con esa pavorosa frivolidad que les otorga salir de compras al centro comercial, y presumir la “selfie” en redes sociales para llenarse de elogios y sentirse queridos. Todos anhelan tener millones de seguidores para masturbarse en el espejo de su vanidad. Nadie quiere hacerse responsable de nada. ¡Qué fácil! Son unos niños todavía, reclamando un poco de atención. Gente hueca que repite como autómatas las mismas frases desgastadas que sus amos les han ordenado, sin siquiera darse cuenta. ¿Cómo puede prosperar la democracia en un país donde la gente es fabricada en serie, en esa gran maquila de la televisión? La lucrativa industria del autoengaño. ¿Cómo podrán florecer los colores en un mundo donde la ceguera y la idiotez se han convertido en el último grito de moda?

La única forma de salir de la espiral del sufrimiento es aceptar lo terrible y maravilloso del mundo, el misterio de la existencia, volverse uno con el todo.

Yo soy un convencido de que el cambio está en uno mismo, pero a diferencia de los cretinos que utilizan esta idea para justificar su pasividad, el verdadero cambio consiste en darse cuenta que las cosas no habrán de cambiar si no hacemos que suceda. De nada sirve tirar la basura en su lugar, no meterse en la fila, ni pasarse el semáforo en rojo, cuando el exterminio llama a tu puerta. El cambio comienza en uno mismo, en darse cuenta que la única forma de sobrevivir a este mundo salvaje es volverse fuerte y luchar. Es la vida que se abre entre las fauces del tigre y la hiena, la vida que se abre como el árbol que crece lentamente mientras sus raíces se aferran con fuerza a lo profundo del suelo para acariciar con sus ramas, las estrellas. Hay que aprender a hacer erupción y experimentar la calma tras la tempestad. Hay que aprender a ver y cerrar los ojos para escuchar el sonido de nuestra respiración. Hay que reescribir la historia y reinventar la humanidad. Hay que mirar hacia afuera y mirar hacia dentro. Aprender que en la vida hay tiempo de luchar y dejarse arrastrar por el río, hay tiempo de morder y reír, hay tiempo para oscurecerse e iluminarse, porque la vida es momentánea y hay también que devolverla.

¿Cómo hacer entonces para terminar con la podredumbre? ¿Cómo ahuyentar el dolor que acecha y grita dentro de uno y ya no suelta? Hay que detenerse un instante para contemplar y contemplarse, entender la relación, descubrir el vínculo secreto de todas las cosas, maravillarse con lo cotidiano y aprender a soltar llegada la hora, volverse nada para fundirse con el todo, entender que nada permanece quieto, todo se mueve, todo respira, todo va y viene, que la tristeza es alegría y visceversa, la dualidad es la raíz del movimiento y la unidad es la reconciliación de toda contradicción, es aceptar lo que somos y nada más, dejar que el silencio hable, aprender de nuestros fracasos, aprender a ver con las manos y el corazón, aprender a sentir con la imaginación, porque el universo entero cabe en una sola palabra.

El verdadero poder es ver lo invisible, cantarle a las cosas para que aparezcan. ::.

 
 
 

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