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El Reino

Dec 21, 2021
4 min read

Hace ya unos años que la corrupción se ha convertido en un tema recurrente en nuestro día a día. Ha copado titulares de prensa escrita, ha abierto telediarios y ha sido tema recurrente en las conversaciones. Sin embargo, en la ficción, a pesar de aparecer de fondo o de refilón, rara vez ha sido el tema principal. Quizá da un poco de miedo llevar según qué cuestiones a la gran pantalla, o quizá porque la indignación inicial de la ciudadanía ha ido desapareciendo y se ha normalizado que nadie tiene las manos limpias de tal forma que ya no nos sorprende ni nos interesa. Una de las pocas excepciones es El Reino (2018) de Rodrigo Sorogoyen.

Inspirada claramente en hechos reales, la película sigue las andanzas de Manuel López Vidal (Antonio de la Torre), un político autonómico de la Comunidad Valenciana con aspiraciones nacionales que, como tantos otros compañeros de su partido, vive la gran vida a costa del dinero de los contribuyentes. No pueden faltar ni el casoplón, ni las juergas excesivas en la cubierta de un yate, ni las buenas mariscadas. Sin embargo, esta vida de lujo se va al traste cuando es elegido por su partido como cabeza de turco en una trama de corrupción. Sus tres pilares: trabajo, amigos y familia se desmoronan y Manuel, señalado por la opinión pública, olvidado por los que consideraba sus amigos y con nada más que perder, pone su empeño en librarse de los cargos de malversación a la vez que intenta morir matando, esto es, tirar de la manta y llevarse por delante a los verdaderos artificies de la trama. El espectador es testigo de cómo el reino del protagonista se cae cómo un castillo de naipes y cómo sin esa red de protección a su alrededor se convierte en un fantasma que intenta asirse a cualquier cosa con tal de sobrevivir.


Desde ese arranque que sirve para contextualizar la historia presentando a los personajes y los mimbres de ese reino metafórico, la película no deja de subir de intensidad. Primero con el señalamiento de López Vidal y después cuando este inicia su delirante cruzada. El reino es un clímax continuo donde apenas hay respiro.  El guion de Sorogoyen e Isabel Peña nos conduce a un ritmo vertiginoso por un universo de coacciones, amenazas, traiciones, ocultación de pruebas, favores y manipulaciones. En él se ven perfectamente las dinámicas de la corrupción y su carácter estructural. Y por supuesto los paralelismos entre la vida real y la ficción, algo que despierta la rabia.

Y sin embargo, pese a todo, la película consigue que el espectador empatice en cierta manera con un protagonista al que desde el principio ha presentado como un ser despreciable. Es un villano manipulador, corrupto y dispuesto a todo con tal de medrar. Sí, no hay duda. No obstante, también es un chivo expiatorio y no parece justo que cargue con toda la culpa. Al final es un hombre más, una pieza más en esa maquinaria bien engrasada que es el partido corrupto. Por tanto, es fácil ponerse de su lado cuando comienza su cruzada y desear tanto como él que le salga bien la jugada.

Magistral como siempre la interpretación de Antonio de la Torre que consigue plasmar los diferentes sentimientos que van consumiendo al personaje. El resto del elenco queda algo eclipsado por su actuación, aunque hay que destacar otros secundarios como los de Luis Zahera, Nacho Fresneda o Ana Wagener.

La huella de Sorogoyen está presente en toda la cinta. El director imprime su característico estilo en el que predomina la tensión, los diálogos ágiles, los planos secuencias combinados con otras escenas en las que se rueda cámara en mano y un ritmo frenético acompañado por una desasosegante banda sonora. Y es que no podría ser de otra manera. La trama necesita acción, mostrar movimiento. Que aunque no se pueda hacer nada para parar la maquinaria, no quede la sensación de que no se han agotado todos los cartuchos ante una situación tan crítica. Gracias a ello, las más de dos horas de metraje se pasan en un suspiro.

El Reino es una película necesaria. Supone una dura crítica social que ataca al sistema. Porque sí, ataca a los políticos, pero también a los medios (que no son objetivos y se posicionan según intereses propios) y apela al ciudadano de a pie, al espectador. Le propone que se cuestione hasta qué punto sería capaz de comportarse como el protagonista, que se pregunte hasta qué línea roja está dispuesto a tolerar. Es un retrato dolorosamente auténtico y contundente sobre la corrupción y la lucha de poder. Bien claro lo dice Manuel en un momento de la película : “Si quieres cambiar las cosas hay que hacerlo desde dentro y con poder”. Porque como dice Amaia Marín: “El poder protege al poder”. Así que si quieres vencerle, tienes que ir bien armado. 

El Reino es una gran película, sí, pero deja un poso angustioso, doloroso e impotente. No apta para días de bajón.

 
 
 

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