EL REFUGIADO
Es porque me dolía la cabeza, casi no había dormido nada. Llevaba días de sonámbulo, en aquel cuarto los horarios se medían con las sombras. El acento comenzaba a tenerlo claustrofobico y pude volverme loco si no fuera porque mantenía correspondencia con la gente allá en la sierra. Jaime, un hombre de los que pueden llamarse viejos, me pasaba un paquete de cigarrillos una vez al día, compraba de los más baratos puesto que yo era una carga. De vez en cuando me llevaba libros, alguna botella de whisky y charlábamos de cómo estaba la cosa allí afuera
– ¿Ya nos ganaron esos bastardos?
– Siguen haciéndola de pedo, pero no vamos tan mal
– Me martilla la nuca
– Es porque te quedas ahí como pendejo toda la noche, entiende que eres un preso, hijo. Tú mismo te lo causaste
Él no bebía nada, me pasaba el trago más por solidaridad que por gusto. Me había acostumbrado al plato de frijoles diarios, jamás me habría atrevido a reprochar, era lo que se podía. Jaime me entendía bastante bien, era psicólogo, exguerrillero. A él lo agarraron camino a ver a su familia, le decían José Nicasio cuándo andaba en eso de la zapateada. Según lo que me ha contado, pasó siete años en Lecumberry
– Un día llegó un oficial, mi familia había metido un amparo para que me dejaran salir. Lo que me dolió fue que mi madre se arrodilló ante el pinche gobernador. Cuándo me vio en la cárcel, hizo los ademanes de quien perdió algo y yo pregunté <<Qué busca, mamá>> y ella, con toda la sabiduría que le habían dejado sus dioses, me contestó <<A los que te seguían, chamaco revoltoso>> Y a mí me metieron el amparo por el culo
– ¿Se lo negaron?
– No, cabrón, de verdad me lo atizaron por el ano.
Si quería orinar, tenía que ser muy cuidadoso. Usaba una cubeta a la que Jaime le echaba cloro por eso de los olores, pero de vez en cuando, a mitad de la madrugada, me salía del cuartucho sin hacer ruido, pretendía que era un hombre libre y cagaba contento pensando en que a nadie le importaría que un refugiado de la guerrilla oaxaqueña, aún tuviera fuerzas como para limpiarse la mierda con sus propias manos.
Mi tiempo ahí no era lo más productivo, me la pasaba leyendo y contando fisuras en las paredes. La casa de Jaime no estaba bien escondida, pero era un lugar bien desapercibido. Era una vecindad pequeña en el centro de Puebla, había una reja, subías y ay mero estaba su departamento, abajo tenía su consultorio, justo al lado del de mi padre. Lleno de cuanta mamada tenía el lugar, cuando salió de preso político, le habían quitado hasta el nombre, era un fantasma y no tenía permitido dejar el país. Su hermano se lo llevó a vivir a su tierra, ahí conoció a mi padre. Ernesto consultaba en la clínica de su hermano, Jaime por aquel entonces andaba en los huesos, tomaba aguarrás pa calmar a los demonios
– Era lo único que alcanzaba a rasparme la garganta, lo demás ya ni me hacía nada. Mi padre se lo llevó para Puebla y le pagó la carrera universitaria, Jaime dejó la tomadera por respeto al santo que lo había salvado.
A mí me habían puesto un cuatro, allá por Ixtlán, bien metidos en la maleza, teníamos montado el puesto. Me uní a ellos cuándo el presidente de la república, decidió entregarle el alma del país a los gringos – Se nos metieron en la cocina…
Debido a que la deuda había crecido descomunalmente, los gringos comenzaron a ponerse mamones con los aranceles y comenzaron con insultos de otro tipo, el presidente en turno se sintió patriótico y dijo que no les pagaríamos nada, que nos llegaran con tanques si querían, pero no iba a permitir ofensas. Lo que pasó después era predecible. Lo acusaron de comunista, Rusia y China ofrecieron apoyo, pero nos mandaron a puro pendejo, ni siquiera un tanquecito bueno. Estados Unidos tomó represalias, primero se fue por la vía diplomática cerrando el paso por la frontera, luego canceló tratados. México buscó comercio con los países de abajo, pero ninguno se animó, todos le tenían miedo a la estrella del norte ¡Nos iban a volar la cabeza!
La cosa se fue poniendo canija y los chicago boys nos hicieron la vuelta. No aguantamos ni madres, el presidente menos, se dio un balazo al enterarse que el ejército yankee le tenía rodeada la casa.
Respondimos con fuego y ellos se orinaron en la bandera luego de quemarla habiendo tomado Palacio Nacional. Como no conocen nuestro idioma, nuestras mentadas ni les dolieron.
México regresó a sus tiempos más deplorables, yo iba terminando la licenciatura por aquel entonces, pero en vez de abogado, me fui de periodista. La tensión internacional ardió, Bolivia, Cuba y Uruguay nos apoyaron, pero ya cuando vieron tropas gringas en la puerta, decidieron amoldarse; después de todo, la gente que alguna vez tuvo corazón, ya había muerto.
Yo contacté con algunos amigos de Colombia, hice una estancia universitaria en Bogotá y mantenía cercanía con algunas personas. Les conté que íbamos a lanzar un periodicazo internacional, teníamos videos, documentos, todo listo para soltarse, puesto que llegó a nuestros oídos que, por causa de no haber pagado la deuda, ahora los gringos se las cobrarían con nuestra tierra – Tierra que ni ellos entendían.
Antes de hablar en inglés y pagar con dólar, yo prefería una tumba, pero sabía que habría que marcharse de allí. Contacté con ellos para irme de refugiado, la excusa es que me habían ofrecido un puesto en el periódico más famoso de por allá, pero pura madre, nomás iba ir a tragar arepa.
El día en que se publicaría el artículo, yo me levanté con miedo. Me vestí, encendí el coche y no desayuné. Recibí una llamada a tiempo
– ¡Angrisani!
– ¿Qué pasó, cabrón?
– ¡No vayas para la oficina, nos llegaron de sorpresa! Los gringos entraron y empezaron a lanzar plomo, sin excusa alguna. Yo apenas y salí
– ¿Cómo que plomo? ¿Se logró publicar algo?
– Nada, se llevaron todo, el lugar está vigilado. Vete para el DF, de una vez, yo te explico dónde nos vemos.
Manejé con pie pesado, no agarré más que mi portafolios. Llegando a la Ciudad de México, me vi con Carlos ahí por Donceles
– ¿Y ahora qué sigue?
– Pues mira, tenemos de dos. Tengo unos amigos en la guerrilla ahí en Oaxaca, nos podemos ir con ellos o nos quedamos a tragar camote. No sé cómo se enteraron esos cabrones, pero no hay de otra
Cambiando la pluma por el rifle, llegamos a una comunidad zapatista. Eran los únicos en México que seguían de pie. Luego luego entrando, nos recibió el consejo de ancianos
– Nos da gusto que llegaran bien. Por favor pasen, tenemos que platicar varias cosas.
Uno es un extranjero, la cultura del maíz era latente. En la lividez del aire, con la piel sudada, el humito creciendo al compás de suelo; uno es extranjero y no reconoce que haya imagen cercana – El mejor medio de conquista, fue el que nos dimos en la ciudad, despojándonos de nuestros ojos cosmogónicos.
Llegué a comandante, la guerra se las armamos tomando algunos pueblos cercanos, el objetivo final era la ciudad de Oaxaca. Aguantamos un buen rato, sus tanques no servían en la sierra y a pesar de todos sus cachivaches, nadie conoce como moverse por llano más que los nativos. No se animaban a lanzar una bomba porque estábamos muy cerca de ellos, una cosa es soltar tiros en otro continente y otra justo al lado de tu casa.
A mí me pusieron un cuatro, no mantuve conversación con nadie, pero un domingo Jaime llegó con noticias tristes (después de todo, nunca perdió contacto con la guerrilla)
– Mírate nomás, chamaco. Y yo que decía que eras medio puto pa los tiros
– ¿Cómo va, Jaime? ¿A qué le debo que viniera?
– Mira, la verdad no traigo nada bueno que decir. Tu papá…
– ¿Qué tiene?
– Bueno, no es fácil decirlo
– ¿Qué tiene mi papá?
Las rodillas me temblaron recordando el sentimiento de cuando di mi primer disparo
– Antier lo fusilaron, llegaron a su casa preguntando si sabía de ti, como no les dijo nada, pues lo mataron en el zócalo. De verdad, lo siento…
No pregunté más, me regresé para Puebla acompañado de Jaime. Todos me dijeron que era mala idea, pero yo no podía llorarle estando fuera de mi tierra.
Cuando llegamos al zócalo, no había nadie, a mi padre lo colgaron de cabeza junto a otros cinco hombres más. No pude ni imaginar sus ojos, rodeado del silencio de lo que antes fueron ritmos ajetreados, con los puestecitos de comida y juguetes, con la gente caminando y los artistas vagabundos, supe que yo ya había perdido.
Regresar me fue imposible, mi grupo había sido masacrado. En la sierra no se podía, pero llegando a campo abierto no fueron necesarios soldados, con un avioncito bastó. El chisme se corrió y pronto varios levantamientos se hicieron presentes, yo apenas y pude esconderme en el apartamento de Jaime.
El sabor del asco, llegó con la nariz de los gringos. Si no fuera porque Jaime me comunica con los que aún siguen en la sierra, ya me habría vuelto loco. Ahora bebo imaginando (inconforme) que soy, no de una tierra, sino de lo que quedó de un hombre libre
– Tú no tuviste oportunidad, papá, pero sé que me habrías preguntado lo mismo ¿En dónde están los que alguna vez, te siguieron?
Por: Fósforo III

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