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EL PAÍS DE LOS LECTORES PRINCEPS

Apr 24, 2020
3 min read
Carlos García Dorantes

En el libro salvaje de Juan Villoro, se nos narra la historia de Juan, un niño común, de familia común, que vive en la nada común Ciudad de México. Los padres de Juan están pasando por un proceso de divorcio por lo que su madre decide mandarlo a vivir durante las vacaciones con su tío Tito, un hombre solitario y extravagante cuya única compañía en su hogar son Eufrosia, la sirvienta y una vastedad de libros.

Al principio, el niño se resiste a vivir con su tío, sin embargo, con el paso del tiempo irá descubriendo cosas extrañas que suceden en la casa, como que los libros cambian de lugar todas las noches y que se alejan o acercan de los estantes dependiendo del lector, o qué los platillos recuerdan a personajes, autores y obras de la literatura universal; sin darse cuenta, Juan irá encontrando a lo largo de esas poco deseadas vacaciones, uno de los más preciados dones que al ser humano dieron los cielos: el amor por la lectura.

La historia del pequeño Juan nos transporta a aquellos maravillosos años de la infancia cuando tuvimos nuestro primer encuentro con un libro, yo por ejemplo, querido lector, después de un par de intentos fallidos por conectar con el principito de Saint Exupéry y el vanidoso Sr. Gray de Oscar Wilde, encontré en una Isla Misteriosa de la mano de Cyrus Smith y su grupo de náufragos el motivo suficiente para pasar las tardes después de la escuela encerrado en mi habitación rodeado de un aura de solemnidad que solo la lectura podía facilitar.

Con los libros sucede una cosa muy interesante, al igual que las varitas mágicas de Harry Potter, son ellos quienes eligen a su lector y no al revés, y a veces quizás ni siquiera responden a un orden lógico de la cosas, quién podría imaginar que a la tierna edad de 15 años encontraría más sentido del mundo que me rodeaba en las intrincadas páginas del lobo estepario qué en las divertidas y rocambolescas aventuras de Tom Sawyer y que hoy a mis 23 años de edad encuentre más placer al leer los ingeniosos casos del Detective Holmes que en las dudas existenciales del Zaratustra nietzchteniano.

El mes de abril ha sido nefasto, el distanciamiento social, sumado a la cuarentena obligatoria hace que todo parezca posible, incluso leer un libro. Sería una muy grata sorpresa qué un fenómeno como este ocurriera, en una sociedad como la mexicana en la que cada vez leen menos.

El hacer de los libros uno de los personajes presentes en nuestra vida diaria es una tarea que va más haya del hábito de la lectura, implica desarrollar una cultura que vea en los libros además de un hobbie una inversión, se necesita también asegurar material de calidad para impulsar a los pequeños lectores mexicanos, porque de nada sirve enseñar a leer si no se procuran textos adecuados para el desarrollo de sus capacidades cognitivas, solo de esta manera estaremos criando lo que el tío Tito llama “lectores princeps”, aquellos que no necesariamente leen más libros sino que encuentran más cosas en lo que leen.

Me sumo a aquella sentencia de Jaime Torres Bodet: Un concepto democrático de la lectura no consiste tanto en “popularizar” lo que no es “popular” por definición cuanto en tratar de poner las más altas realizaciones del alma al alcance de aquellos que, por su esfuerzo, son dignos de conocerlas.

 
 
 

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