El libro del tiempo

Ahí estaba. Después de tanto tiempo la búsqueda había llegado a su fin. Las hojas amarillentas, casi cafés, evidenciaban el irremediable paso del tiempo. El libro había sobrevivido siglos enteros: guerras, incendios, inundaciones, la epidemia de la estupidez humana. Pero el verdadero prodigio de aquel misterioso libro no residía en su capacidad de resistir las inclemencias del destino, sino en el contenido de sus páginas: un extenso poema con la capacidad de abrir las puertas del infinito.
La primera vez que escuché hablar de aquel enigmático volumen, fue gracias a una conferencia del erudito ruso Anatoly Mineev, en la cual, describía con particular emoción un libro de versos atribuido a un sabio de la antigua Persia. El libro contenía un poema métricamente perfecto, en el cual, según contaba Mineev, aquel que lo recitara en voz alta sería capaz de adentrarse en las más hondas profundidades del cosmos y la existencia humana. En aquel video, grabado en formato de 8 milímetros durante una ponencia en la Universidad de Oxford en la primavera de 1979, el filólogo ruso aseguraba haber tenido oportunidad de constatar aquello tras revisar una copia del antiguo manuscrito. Sin embargo, la versión adquirida por Mineev carecía de las últimas páginas, por lo cual, el académico apenas pudo percibir una pequeña fracción del todo. A pesar del inconveniente, aquella experiencia fue determinante en la biografía del célebre lingüista ruso. Dicen que desde el descubrimiento de aquel enigmático libro, se volvió más huraño. Su trabajo sobre filología persa e indoeuropea le valió hacerse acreedor de distintos premios y reconocimientos en el mundo académico, pero aquello parecía no importarle. “¿Para qué sirve el dinero cuando uno es capaz de comprender la totalidad del cosmos?”, solía decir Mineev, cada vez que alguien tocaba a su puerta para notificarle que su basta obra lo había hecho merecedor a un nuevo reconocimiento en alguna universidad extranjera. Pero lo que más me llamaba la atención del lingüista ruso, era la manera en que desapareció un día sin dejar rastro. A los cincuenta años de edad y seguía viviendo en casa de su anciana madre. La última vez que Mineev fue visto con vida, fue en 1981, mientras trabajaba en un tratado de simbología bizantina en la Universidad de Praga. A partir de ese día, nadie volvió a saber nada de él. Las versiones policiales no descartaban un posible suicidio, aunque los académicos que convivieron con Mineev en sus últimos años, no descartaban la posibilidad de que se hubiera vuelto loco y anduviera por ahí, mendigando en las calles de Moscú o Varsovia, como solía hacer aquellas ocasiones en que, presa de algún brote psicótico, se extraviaba durante meses mientras dormía debajo de los puentes, reflexionando sobre lo efímero de la existencia humana.
La historia de Mineev y su enigmático paradero, no hizo sino exacerbar mi fascinación por aquel extraño libro que supuestamente guardaba el secreto para comprender todas las cosas. Fue así que me comencé mi propia investigación para dar con el libro, atribuido al sabio y poeta persa Mazdak Aram, un antiguo profeta de la religión zurvanista, la cual concibe a Zurvan, el tiempo, como fuente creadora de la cual emanan Ormazd y Ahriman, el bien y el mal.
Las primeras pistas sobre la vida de Mazdak Aram, las encontré gracias al erudito británico Richard Zaehner y su Compendio de creencias zoroástricas. También encontré algunas referencias en textos del orientalista y filósofo francés Pablo Masson-Oursel, quien señala que, para los zurvanistas, el tiempo tiene dos caras: una finita y otra infinita. El tiempo limitado sería entonces el instrumento que trae consigo “la victoria de la luz sobre las tinieblas”, mientras que el tiempo ilimitado “es la condición inicial, la quietud y la perfección”.
Según el erudito rumano y especialista en religiones antiguas, Mircea Eliade, en el siglo IV antes de nuestra era, el antiguo filósofo griego Eudemo de Rodas afirmaba que los magos zurvanistas llamaban al todo uno e inteligible, a veces “Espacio” y a veces “Tiempo”. Cuando leí aquello, me pareció fascinante la similitud entre la religión zurvanista y los postulados de Einstein en torno a la existencia de un mismo Espacio-tiempo, a través del cual se manifiestan todas las fuerzas del universo. Una antigua verdad que los zurvanistas conocían varios milenios atrás y parecía revelarse nuevamente en los cánones de la ciencia moderna.
Durante años, indagué todo lo referente al tema, tratando de encontrar alguna clave, alguna pista que me permitiera saber más sobre aquel extraño libro. Sin embargo, las referencias al texto escrito por Mazdak Aram, eran escasas o demasiado vagas. Revisé a fondo la obra que dejó Mineev, con la esperanza de encontrar algún indicio sobre el enigmático libro, al cual se refiere de forma ocasional en los borradores de sus últimos ensayos. Pero la prematura desaparición de Mineev y la falta de un estudio que reuniera sistemáticamente la información en torno al tema, hizo más difícil rastrear las pocas pistas que existían para dar con el libro
En su conferencia de 1979, disponible en YouTube, Mineev cita los primeros versos del libro:
El tiempo inmaculado
es el principio de todo:
las aguas transparentes
donde abrevan el bien y el mal.
Mineev comenta que logró dar con una versión del libro traducida al latín casi por accidente, mientras realizaba una investigación en el acervo histórico de la Universidad de Turín. El libro, según Mineev, había pasado prácticamente inadvertido durante siglos, reposando en las estanterías de un viejo archivo del departamento de Literatura, filología y lingüística.
Intrigado por aquella referencia, en alguna ocasión que visité Italia fui exclusivamente a Turín para ver el extraño volumen con mis propios ojos pero fue imposible. El libro no estaba ni en los estantes, ni figuraba tampoco en ningún registro del archivo histórico de la universidad. Aquel desencuentro fue como un balde de agua fría. Todo parecía indicar que Mineev había mentido y que aquella historia sobre un antiguo poema persa capaz de abrir las puertas del infinito, era tan sólo un cuento, producto de la locura con la que el filólogo ruso pasó sus últimos años.
Abatido por aquel infortunado hallazgo, pasaron muchos años antes de que el tema volviera a captar mi atención. Fue precisamente en un viaje a Moscú, durante una encuentro académico de filología antigua, que el asunto sobre aquel antiguo poema persa volvió a mi vida cuando conocí a un discípulo de Mineev. El anciano me aseguró que el libro, había sido en realidad adquirido por Mineev gracias a un traficante de libros antiguos. Incluso, me comentó, en los pasillos de la Universidad Estatal de Moscú corría la versión de que Mineev había pagado una fuerte suma de dinero por aquel ejemplar. Algo que posiblemente explicaría el por qué Mineev mintió sobre cómo logró acceder a tan enigmático ejemplar, al mismo tiempo que intentaba cubrirse las espaldas. Quizá por ello, nunca se atrevió a publicar ningún estudio formal sobre el tema. A pesar de que el célebre erudito pasó sus últimos días obsesionado con el contenido del libro, el tema no suscitó mayor interés entre las autoridades de la Universidad de Moscú, quienes tomaron la pequeña colección de textos que Mineev había logrado reunir en su cubículo, para depositarlos en el archivo de la nueva Biblioteca de la Facultad de Filología. Un archivo en el cual, tampoco figuraba el comentado y misterioso ejemplar. Tras realizar algunas indagatorias sobre qué había ocurrido con la obra de Mineev tras la muerte de su madre, llegué a la conclusión de que sería imposible rastrear el paradero de un objeto tan específico, lo cual me hizo abandonar la búsqueda.
Pero el azar tiene extrañas maneras de manifestarse. Después de todo, en el Avesta, libro sagrado de los zoroastristas, “se menciona raras veces a Zurvan, pero siempre aparece relacionado con el tiempo y el destino”, según refiere Mircea Eliade en el segundo volumen de su Historia de las creencias y las ideas religiosas. El tiempo y el destino. Eso fue lo que me sucedió cuando muchos años después y de manera totalmente inesperada, encontré una versión completa del poema de Mazdak Aram traducida al castellano, escondido en un estante de madera, dentro de una vieja tienda de libros usados, ubicada en el centro de Madrid. Cuando leí el título, mis ojos apenas podían dar crédito de tan sorprendente hallazgo. “Oda a Zurvan, de la pluma del sabio persa Mazdak Aram”, se leía en la primera hoja, ilustrada con un ser alado y andrógino con cabeza de león, enredado por una serpiente, símbolo con el que los antiguos zurvanistas representaban al dios del tiempo. El libro, protegido por gruesas tapas de cuero, contenía un manuscrito sin fecha que impedía establecer su antigüedad a simple vista. Pero lo que más me llamó la atención, fue la peculiar advertencia que venía en la primera hoja del libro, escrita con una letra diferente al resto del manuscrito: “Leedlo bajo vuestro propio riesgo”.
El viejo librero dueño de la tienda, muy posiblemente no sabía lo que estaba vendiendo por algunos pocos euros. Miró el libro y al ver la su antigüedad, le puso precio sin reparar mucho en el contenido del mismo. Camino a casa, pude percatarme de los estragos que el tiempo había hecho en aquella vieja pieza: páginas dañadas, algunas notas en los márgenes, rastros de humedad. Pero por lo demás, las letras eran legibles y, a diferencia de la versión conseguida por Mineev, aquella parecía estar completa.
Al llegar a casa, dejé la mochila en el sillón de la estancia y saqué el libro con cuidado. Todavía no podía creer que, después de tantos años de búsqueda infructuosa, finalmente tenía una copia de aquel libro mágico en mis manos. ¡Y en castellano! Aquello me parecía realmente una locura, a tal punto, que en más de una ocasión me pregunté si no estaría soñando. Me quité la ropa que traía puesta y me puse más cómodo, instalándome en una silla junto a la mesa del comedor, con el fin de devorar el libro lo antes posible. Aunque advertí que habría diferencias considerables entre la lengua original en que fue escrito el texto con la traducción al castellano, consideré que lo más conveniente sería leer el libro en voz alta, como recomendaba Mineev, con la esperanza de advertir aunque fuera un eco, algún rastro de la musicalidad original del poema.
La advertencia de las primeras páginas llamó de nueva cuenta mi atención, pero mi impaciencia era tan grande que preferí ignorarla. A pesar de mis altas expectativas, en aquel momento no podía prever lo que estaba a punto de experimentar.
Leí con emoción los primeros versos: “El tiempo inmaculado es el principio de todo”. Me sorprendió que a pesar de la traducción, el poema tenía una musicalidad envolvente, una cierta sonoridad que hacía brillar aún más las elaboradas metáforas que aludían al origen mismo de la existencia del cosmos. El extenso poema describía con enorme belleza la conformación de los astros, la tierra, el cielo y el agua, de la cual se desprendían todos los otros seres que pueblan el mundo. Me sorprendió que la creación no se le atribuía a un dios en particular, sino al tiempo, esa sucesión infinita de instantes que componen una basta película que, de algún modo misterioso, nos hermana con todas las cosas que conforman la totalidad del universo. El poema también aludía al origen de los primeros seres humanos como consecuencia natural del orden cósmico, marcando así, el comienzo del “tiempo enamorado”, que, cansado de tanto esperar, procreó seres mortales capaces de apreciar cada instante de sus efímeras vidas de un modo único e irrepetible, como no ocurría antes, con los primeros seres inanimados que poblaron la Tierra.
Conforme me iba adentrando en la lectura, comencé a sentirme extraño. Un ligero aturdimiento se mezclaba con pequeñas punzadas en la sangre. Por momentos sentía los ojos pesados, pero a la vez, sentía una particular ligereza en el pecho, un alegre cosquilleo que aceleraba mi ritmo cardiaco. Fue entonces que el mundo comenzó a latir con mayor fuerza. Yo seguía leyendo, atrapado en aquellas palabras mágicas que revelaban el origen de todas las cosas de un modo tal, que yo no había podido imaginar antes. Levanté la mirada y percibí un brillo inusual en las paredes de mi departamento. Los colores eran más vívidos e incluso podía percibir la transparencia de las plantas, como si trajera puestos unos lentes de rayos X. Aquella experiencia me hizo sentirme asustado. Recordé la advertencia al principio del libro, pero a pesar del miedo, continué con la lectura. Comencé a notar cierta musicalidad secreta en el murmullo nocturno de la ciudad, esa fuerza secreta que impregna el aire y condiciona la vida de las personas sin siquiera darnos cuenta. Sentí también una extraña vibración en la ventana, en los patrones geométricos que se formaban en el piso de madera, el cual parecía adquirir mayor relieve, como si se tratara de una imponente cordillera. Fui consciente de cada célula de mi cuerpo y la manera en que todas ellas se comunicaban entre sí, y me di cuenta que, aquello que las personas suelen llamar Yo, es en realidad la consecuencia de esa enorme conversación entre los pequeños seres que forman un todo más grande. Me concentré en mi respiración y observé cómo aquellas bocanadas de aire generaban una reacción en cadena dentro de mí cuerpo. Me miré las manos y no las reconocí. Parecían una basta selva, un ecosistema caótico lleno de bichos interactuando entre sí. Comprendí entonces, que la vida y la muerte son parte de un mismo proceso infinito en el que ambas partes se retroalimentan, pues a final de cuentas, la vida sólo es posible y tiene sentido en presencia de la muerte. Pensé que me había vuelto loco. Comenzó la taquicardia. Las manos me temblaban ansiosas mientras una extraña necesidad de seguir leyendo se apoderaba de mí. Y de pronto ocurrió. El infinito se abrió de golpe en medio de la estancia. Un portal capaz de conectarme a mí, conectar al ser humano con todas las cosas. Para ese entonces, mi alma había logrado desprenderse de mi cuerpo. Era como si mi espíritu hubiera echado raíces y pudiera sentirlo todo al mismo tiempo, la risa desenfrenada y la más profunda tristeza, el placer de millones de orgasmos a la vez y la agonía inmensa de una muerte con remordimientos. Fue devastador. Aquellas sensaciones las iba experimentado rápidamente, a veces de forma simultánea. Así comprendí que el placer y el dolor son en realidad dos caras de lo mismo, que todas las cosas tienen un doble secreto que se desdobla para mantener el equilibrio, pues a final de cuentas, el universo tiende siempre al equilibrio aunque nunca lo consiga, y es a partir de esa búsqueda permanente del equilibrio inexistente que surge el tiempo, esa energía secreta que da sentido a la existencia de todos los seres. Una experiencia lo suficientemente abrumadora como para no repetirla. Mi alma se disolvió entonces en el todo. Se derrumbaron todas las fronteras que separan el bien y el mal, todo el sentido, todos los candados que nos mantienen presos en esta prisión hecha de carne y hueso. Las puertas del infinito se abrieron ante mí. Entendí que en realidad me había convertido en Dios, pues la energía universal que impregna todas las cosas vivía también dentro de mí. Y al borrar esa frontera del yo con el todo, ocurre entonces que cualquier ser es capaz de convertirse en Dios. Imaginé entonces, que aquella reveladora experiencia podía ocurrirle también a los árboles y a las aves, a los peces, a los corales y las hormigas, a la montaña cuando sueña las estrellas, el mar y sus insondables misterios. Supe que Dios estaba en todas las cosas porque todos los seres forman una parte diminuta del todo, y por ello, todos los seres del mundo son sagrados. Por un momento, me sentí parte de algo más grande, algo inefable, imposible de describir. Era como percibirlo todo desde la cumbre más alta y, al mismo tiempo, tener conciencia de las más abismos más profundos, las cuevas más oscuras. La psique humana, después de todo, es consecuencia de una inteligencia mayor que rige el curso natural de las cosas, esas fuerzas invisibles que explican nuestro origen: ese “tiempo inmaculado” al que se referían los antiguos persas en los primeros versos de su extenso poema.
La alucinación provocada por el libro fue bajando de intensidad poco a poco, conforme me acercaba a las páginas finales. Me sorprendió la manera en que un ser humano podía escribir un poema como aquel y nombrar una a una, todas las cosas que existen en el universo, en tan reducido número de hojas. Fui regresando paulatinamente dentro de mi cuerpo, mientras el vertiginoso ritmo del poema iba decreciendo, como una apacible y soleada playa tras luchar contra la ira del océano. Me fui recobrando lentamente, pero en ningún momento dejé de leer, o al menos eso me pareció. Comenzó a despuntar el alba y comprendí que durante la lectura había transcurrido toda la noche. El canto matutino de los pájaros me ayudó a salir de mi trance poco a poco, hasta llegar a los versos finales:
Todas las cosas son sueño
en este laberinto infinito
donde todo final es principio,
en esto consiste
la palabra sagrada
de Zurván,
la magia secreta
del tiempo y el destino,
capaz de contener
el universo entero en un poema.
Los ojos se me humedecieron y comencé a llorar, conmovido por aquellas palabras. La experiencia había provocado en mí una enorme transformación. Cerré el libro y caminé a la cocina para beber un poco de agua. Todavía aturdido por todo lo vivido, me arrastré hasta la cama y me quedé profundamente dormido. Desperté algunos días después, según pude constatar después. Me pregunté si realmente había ocurrido todo aquello o si se trataba tan sólo de un simple sueño.
Salí de mi cuarto. En la mesa del comedor estaba el libro. Cuando lo abrí, pude notar que sus páginas estaban en blanco. Sólo sobrevivió la advertencia: “Leedlo bajo vuestro propio riesgo”.
Con el paso de los días, reflexioné mucho sobre aquel suceso para tratar de comprender qué ocurrió en realidad. ¿Había sido sólo un sueño? Y sin embargo, ¿cómo explicar aquel libro en blanco? ¿Acaso había adquirido yo un libro vacío con una advertencia? ¿O sería quizá yo quien había escrito aquella frase en un montón de papel antiguo? De nueva cuenta, sentí que me estaba volviendo loco. Angustiado, revisé el video de la conferencia de Mineev, con la esperanza de encontrar alguna pista sobre lo ocurrido. Conforme se iba desarrollando la plática, advertí un significado diferente en las palabras del erudito ruso, como si aquella plática cobrara ahora otro significado, otra dimensión, casi como si Mineev hubiera dejado algunas claves secretas para aquellos afortunados que lograran acceder al principio del tiempo, repitiendo ese canto sagrado que los antiguos persas habían desarrollado para comunicarse con Dios. La mirada del barbado erudito ruso al término del video, me resultó inquietante. Se quedaba viendo fijamente a la cámara y de pronto tuve la extraña sensación de que me miraba a mí, que sus palabras se dirigían a mí y a nadie más que a mí. Después de eso, su desaparición me parecía de lo más normal. Al igual que yo, Mineev había experimentado el todo, había logrado acceder a los inefables secretos de la existencia humana. Entendí que el destino de Mineev era una consecuencia natural de todo aquello. El infinito es demasiada carga para un simple mortal. Ese era el significado de la terrible advertencia que servía de prólogo al libro. Mi curiosidad me había hecho caer en la trampa. Desde entonces, no volví a ser el mismo. Me costaba trabajo concentrarme en mis labores cotidianas, incluyendo las clases en la universidad. Me fui sintiendo cada vez más solo. Después de experimentar el infinito de un solo trago, vivir inmerso en una sociedad donde las verdades profundas de la existencia humana carecían de importancia, me parecía algo insoportablemente absurdo. Recordé entonces las palabras de Mineev. “¿Para qué sirve el dinero cuando uno es capaz de comprender la totalidad del cosmos?”. Eso era exactamente lo que me había ocurrido a mí. Ahora sé que es cuestión de tiempo para repetir el destino fatal de Mineev.
Una tarde, regresando a mi casa, busqué el libro que había guardado junto a los demás, en un librero de madera ubicado a un costado de un viejo sillón. Abrí de nueva cuenta el libro y al hojearlo, me di cuenta que el poema había cambiado. Los versos que conformaban el manuscrito eran completamente otros, muy diferentes a los que yo había leído meses atrás. Sólo sobrevivían los primeros versos: “El tiempo inmaculado es el principio de todo”. Era como si aquel basto poema se reescribiera automáticamente, revelando siempre una verdad diferente. Un poema-fractal que se reescribía eternamente en el libro del tiempo. Me pareció que aquello tenía todo el sentido del mundo, pero aún así, me aterró la posibilidad de convivir todos los días con la infinita inmensidad del cosmos, así que decidí salir de casa y deshacerme del libro. Caminé durante horas, hasta un pequeño bosque. Pensé en cavar un agujero y enterrar el libro, pero en lugar de eso, simplemente lo arrojé entre los arbustos. Me fui inmediatamente, con cierto remordimiento, pero aún así continué mi camino. Cuando quise volver a casa, no pude encontrar el camino de regreso. Me sentí aturdido, desesperado. Era como si, después de que el universo entero se abrió frente a mí, yo estuviera varado en algún lejano rincón del tiempo, el destino y la nada. Tuvieron que transcurrir muchos días de ansiedad para que finalmente encontrara una libreta tirada en la calle. Conseguí un bolígrafo y comencé a escribir mi historia, con la esperanza de volver a casa algún día. Escribo esto como un llamado de auxilio y también a manera de advertencia . El infinito tiene un precio y ese precio es la locura.
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