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El legado de Diego Armando Maradona: un caudillo con la pelota en los pies

Nov 25, 2020
4 min read

Dimensionar la trascendencia de Diego Armando Maradona no es sencillo. Veo los programas de deportes y se quedan muy cortos, hablando sobre sus logros en la cancha y sus excesos fuera de ella.

La magnitud del personaje va más allá. Definió una época.

Creció en un potrero, jugando a la pelota entre el lodazal, donde forjaría el inicio de su leyenda.

En marzo de 1969, recomendado por su amigo "Goyo" Carrizo, el pequeño Pelusa fue a una prueba de la categoría 60 que Francis Cornejo tomó en Parque Saavedra. /Libro Cebollitas Francis Cornejo/ Archivo

En toda la historia del deporte no ha existido un caudillo más grande que Maradona. Ningún otro deportista tuvo ese arrastre popular. Se escribieron canciones sobre sus grandes gestas. Sus gambetas tenían además una dimensión geopolítica, histórica, con arrebatos de ‘rockstar’.

Mirando en retrospectiva, creo que el único deportista que ha logrado algo equiparable fue Pelé, con quien mantuvo una relación de pique durante décadas, ante la disputa por consagrarse como el mejor futbolista de la historia.

Ni Muhammad Ali, ni Michael Jordan, ni Usain Bolt, ni Nadia Comaneci, ni Michael Phelps, grandes dioses del Olimpo, alcanzaron las dimensiones histórico-sociales de Diego. Y ahí queda para la posteridad aquellos dos legendarios goles (ambos tantos con nombre propio: la ‘Mano de Dios’ y ‘El gol del siglo’) que marcó ante Inglaterra en el contexto de la Guerra de las Malvinas en el Mundial de México 86, que representó la cúspide de su obra.

Defensor de las causas populares, Maradona siempre recordó su origen humilde. Sus precoces proezas con el balón lo convirtieron en un fenómeno desde temprana edad. Un personaje legendario, cuyas gestas son parte de la mitología, no sólo argentina, sino latinoamericana.

Socialmente, el Pelusa tenía todo para fracasar. Pero se antepuso a todas las adversidades de su tiempo, haciendo del futbol su trinchera, ayudando a los suyos, su familia, sus amigos del barrio, su pueblo. En un continente marcado por el colonialismo, aquello lo convirtió en héroe popular: un caudillo que jugaba a la pelota.

Nunca se olvidó de su gente ni renegó de su origen humilde. Al contrario. Él era muy consciente de su papel y así lo asumió, repartiendo alegría entre los suyos, los desfavorecidos. Maradona como símbolo representa eso: el triunfo de los pobres frente a los dueños del balón y del mundo.

No es casualidad la simpatía de Maradona por Ernesto ‘Che’ Guevara, cuya efigie llevaba tatuada en el brazo derecho. Muchos de los arrebatos del astro argentino estaban impregnados de esa mística que suele acompañar a los elegidos, avatares de su era, seres capaces de reescribir la historia.

Además, Maradona era también un artista, un esteta. El balón era su pincel, la cancha su lienzo. Sus gambetas y su característica desfachatez se convirtieron en goce estético, éxtasis religioso, inmensa alegría para millones de personas. Basta verlo jugar la pelota con hombros, cabeza y pies, mientras bailaba al ritmo de la música para darse cuenta de ello.

Maradona tenía además una forma distinta de percibir la realidad, el tiempo y el espacio, la gravedad. Conocía de manera intuitiva los secretos de la física a tal punto, que era capaz de dominar una naranja o una pelota de tenis como si fuera un balón. Su relación con el esférico fue sobrenatural, digna de un poderoso hechicero, capaz de encantar al mundo entero y rendirlo a sus pies.

Su muerte no podía ser ajena a situaciones paranormales. Maradona falleció el mismo día (un 25 de noviembre) que el líder de la Revolución Cubana, Fidel Castro, a quien tanto admiraba, y a quien alguna vez dijo considerar como un “segundo padre”. Extrañas maneras de manifestarse tiene el destino. No hay casualidades en este mundo bizarro, lleno de conexiones y resonancias secretas.

Por todo lo anterior, me parece sumamente mezquino que algunos solamente resalten su adicción a la cocaína y sus excesos, como su rasgo más característico. A las personas no las puedes tasajear, son indivisibles. El genio viene en paquete. Su luz proviene de su propia oscuridad. Sólo quien acepta la paradoja puede convertir los sueños en realidad.

No debe ser fácil soportar todo lo que vivió Maradona. Sobrellevó la vida lo mejor que pudo, siempre al límite, al filo de la navaja. Era un ser capaz de tocar el cielo y revolcarse en el lodazal casi al mismo tiempo. Vivió intensamente, padeció y disfrutó a su manera.

El legado de Maradona es difícil de medir. Creo que quedan muy pocas personas vivas que podrían haber dejado un impacto similar, personas que trascendieron más allá de su ámbito, como por ejemplo Paul McCartney, y algunos más. Pero son contados con los dedos de la mano.

Maradona fue un tipo fuera de serie. A mí no me gustaban sus excesos, pero con el paso del tiempo, he ido comprendiendo a disfrutar y valorar los muchos claroscuros de la condición humana. Como buen artista, Diego tenía un impulso vital que marcó a la vida de mucha gente.

Así son los inmortales: seres que trascienden las fronteras materiales para rozar la eternidad. Seguramente ya estará organizando una cascarita en otro plano, mientras acá, el mundo lo recuerda con una sonrisa, de esas que tanto repartió entre los demás.

Descansa en paz ‘crack’.

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