EL INCONFORMISTA
Mi pueblo conoció el asco a la llegada del hombre blanco; mi generación permanecía sonámbula. Estaba sentado en mi cama, sin agua caliente o comida. Pensaba duro, escaso de cigarrillos y fuerzas: ahí nació
– Hey, viejo, ¡somos los inconformistas!
La noche pasada logré embriagarme lo suficiente como para entender que no quería ser abogado, había entrado a la facultad repleto en sueños, de sueños con engrapadoras y trajes caros. Ahora estaba loco, con las pupilas en éxtasis y los ojos descalzos; desnudo, en la misma habitación donde dormía otro hombre – me volví poeta.
Nací en una ciudad muy aburrida, todo lo interesante se vivía afuera. En mi familia había alcohólicos, mujeriegos, rameras, puritanos y abandonos. Nací con la boca seca e inquieto, entre instituciones y democracias latinas que no entendía muy bien. Cuando entré a la facultad, mi madre sonreía y mi padre prometió pagar la carrera entera, no te faltará nada, según él.
Puebla era, sin lugar a dudas, un escozor en la vista. La cerveza abundaba entre los estudiantes, los prostíbulos estaban llenos de encuentros caseros, las iglesias, la mala fama, los políticos que se mueren a mitad de auditorías: Todo. Todo en puebla, sin lugar a dudas, permanecía quieto, con silencio cansado. Todo en puebla comenzaba a causarme dolor.
Descubrí el jazz antes de morir, a tiempo para soportar al amante de mi progenitora. Descubrí ferviente la sal y el agua; descubrí a tiempo que no me importaba ser olvidado.
Mi padre (un buen viejo) intentó convencerme de que era mejor terminar la universidad, yo me convencí de que el mundo quiere que tengas una función específica y pensada para que nunca falten los impuestos.
La cerveza, la comida. Nací en tiempo de muertos y en tierra de indios. Me volví comunista alguna vez, anarquista a la llegada del vino como necesidad. Era un poeta por fin muertodehambre, con nuevos sueños, con nuevos dientes, con nueva forma y, por supuesto, sin plata. Era un poeta con cayos, con promiscuidad. Conocí la sábila prostituta y la caliente. Conocí las piernas engañadas y engañé para tener las piernas de una mujer dócil. Me volví aliado feminista cuando el coito comenzó a dejarme sin la capacidad de orinar: y ahí conocí a Los de abajo del puente.
Tres sujetos, todos raros y drogados. Había terminado con una novia rígida, de muslos fuertes y pechos viscos. Había terminado con la opción más segura para el futuro, con una mujer rica y suegros que me querían. Conocí a los locos, desde entonces gente como esa comenzó a acercarse: todos con excusas tontas, con aliento intenso de insatisfacción y miedo. Con eco de fuego en la cabeza, con eco de fuego en la palabra, con eco de fuego para cagar y reír y vómito, escupitajo, de fuego.
Toda esa gente se me comenzó a acercar; sin ser los más valientes, pero sí los más dulces, la pequeña familia: Andrea, Laura y Ernesto, se hicieron para mí la caminata más larga y cruda en la búsqueda del analgésico existencial.
Bicho raro, mi sombra lo escupía. Bicho raro en la noche y en las clases. Primero fui un arrogante, mi transformación palidecía a un bicho raro bohemio y triste. Las enramadas de los parques, el pudor de las personas, el calor de la familia: bicho raro, bicho raro, bicho raro, me decían con fuerza.
Yo no tenía amigos, gritaba. Tenía sangre derramada, etílico en la saliva, tenía hambre de suerte, hambre de escapes, y tenía a tres sujetos con los que compartir el vaivén de las uvas y la carroña literaria. Los problemas se hicieron públicos cuando nos conocimos mejor, otra gente comenzó a acercarse también. Se divertían con nuestra música corpórea, se divertían pensando en lo que hacíamos íntimos, se divertían sucios y púbicos, alucinando con la boca que se nos soltaba, o el trago que tirábamos o a nuestra llegada: Hey, miren: Los de abajo del puente están aquí.
Estábamos llenos de metáforas, llenos de caos. Los gatos, los perros, los viajeros, los quedados. Nunca me sentí con tanto amor, nunca amé antes de ellos.
Busqué mi fin. Colgué de la puerta que daba entrada a mi habitación. Habitación dónde nunca dormía, habitación chorreada de mujeres y hombres, chorreada de risas y piedra y tuétano. La habitación cortó la cuerda y fue necesario cortarme las manos yo.
Ay Los de abajo del puente, todos confundidos. Logramos salir abantes a pesar de la transparencia que ahora nos dilataba, y que era violenta y cruda. Ay los de abajo del puente pasamos una mala racha, pero descubrimos los que es el balazo en el culo, descubrimos la carne de cañón, los corazones bastardos y el picotazo. Ay los de abajo del puente, no sabíamos qué hacer con nuestras vidas, más que quejarnos como bestias enfermas, cansadas, enfermas cansadas y taciturnas, de la melancolía humana, de la facultad pudriéndose, de nuestros padres muertos, buenos y desentendidos de nosotros.
¡Cigarrillos tirados!
Muchos cigarrillos tirados me rondaban la cabeza: el macho y la hembra labiodental de la tragedia mexicana. Los gastos de mudanza mental, el aceite del cáncer en mi garganta y mares. Todo me llevó a enamorarme de nuevo. Lejos de Los de abajo del puente, lejos de mi padre que me lloraba, lejos de mi madre y hermanos.
Crecí como poeta desde entonces, nací en algún mes, que posiblemente pudo hacer sido julio, al regreso de un intercambio universitario donde me descubrí vivo, crecí como poeta y desde entonces no he parado, no lo he perdido todo y no he ganado nada de plata.
Mi pueblo conoció el asco a la llegada del hombre blanco; mi generación apenas comenzaba.
Me descubrí poeta cuándo descubrí la tragedia
y levanté en alto al hermano,
al amante,
a la droga,
al absurdo,
al llanto;
me volví un inconformista, al mismo tiempo, que a mi generación se la estaban cogiendo todos…
Ay los de abajo del puente, nunca nos cansaremos de esto.
– Eduardo Arrequín

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