El duelo
Siempre llegamos al mismo punto, al punto cero, de sentirse descorazonado, triste, abatido y doliente, como un ardor bajo la piel desgarrando las horas de sueño, es el grito de mil asesinos contenido en la garganta, las arenas de la tibia muerte donde uno se hunde con los ojos vendados cada cierto tiempo.
Así queda uno, aspirando el turbio silencio de la noche y su perfume tóxico, la noche amaraga que respira en mi nuca, como olfateando a su presa.
¿Qué es lo que ha quedado de nosotros cuando todo se acaba?
Tan sólo una herida, una huella más sobre este cuerpo derrumbado por la ira del tiempo.
Así se queda uno, noqueado y triste, varado en laberintos amarillamente corrosivos como un trago de tierna bilis, sorbos de asfixia y penumbra, sangre fresca salpicando las paredes de mi habitación vacía.
El insomnio repite su nombre, su nombre bendito de mujer y libélula, y así se queda uno, masticando nostalgias y manojos de clavos viejos mientras los ojos magullados de tanto dolerse terminan derritiéndose en el punzocortante brillo del computador, una cuchillada, un ardor recalcitrante, un anhelo de abandonarse para siempre en oscuras alucinaciones, abandonarse sin remedio entre las fauces de la fiebre negra y sus temblorosos estertores.
Es la tentación del olvido y su hedor a lumbre amarga.
Voy a beberme a tu salud una botella de vino llena de hematomas, y me beberé también el ácido espectorante de la poesía, para escupir racimos de carne ansiosa y podrida, carne muerta, para festejar así tu amortajada partida hacia ninguna parte y saborearme este delicioso banquete-necropsia donde uno se devora a sí mismo en la calidez de un recuerdo.
Ahora beben sangre sucia las flores muertas sobre mi tumba. ::.

.png)




Comments