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El dilema de las redes sociales

Nov 30, 2020
4 min read

Hace poco vi el documental de Netflix El dilema de las redes sociales que tanto revuelo estaba armando. Dirigido por el cineasta estadounidense Jeff Orlowski e hilado con los testimonios de algunos exejecutivos de Google, Twitter, Instagram, Facebook o Apple, recoge algunas de las estrategias diseñadas por estas compañías para manipular las emociones y los comportamientos de los usuarios de forma que estos sean cada vez más adictos a sus aplicaciones.

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No obstante, pese a su polémica, en realidad no aporta gran cosa que no supiéramos ya y omite el escándalo de Cambridge Analytics por el que Facebook perdió 37.000 millones de dólares tras las acusaciones de robos de datos e interferencia en política. En el fondo el documental no deja de ser una americanada con una visión del mundo bastante limitada. Además es como si estuviera hecho al revés: parte de una premisa y después busca los argumentos que le dan la razón.

Se critica el uso (y abuso) de las redes sociales, sin embargo, son unas herramientas que, bien empleadas, pueden ser útiles en el día a día. Es algo que hemos visto muy claro con el confinamiento sin ir más lejos. Estas aplicaciones nos han servido tanto en el ámbito personal (por ejemplo para mantener el contacto con familiares y amigos o para denunciar maltratos), como para el laboral (compartir investigaciones o avances en grupos de trabajo o el teletrabajo en sí). Gracias a ellas el mundo está más conectado y tenemos un mayor acceso a la información, saliendo así de nuestro espacio de proximidad.

La verdadera cuestión es que en lugar de estar gestionadas con un código ético y ser totalmente transparentes, sus creadores buscan capitalizar el tiempo que les dedicamos. Como bien indica Tristan Harris (ex-diseñador ético de Google) al final todo se resume en que hay unas pocas personas que, con intención lucrativa, programan algoritmos para manipularnos: “Nunca antes en la historia, habían sido cincuenta varones blancos de entre 25 y 30 años en California los que tomaran decisiones que impactarían en la vida de 2.000 millones de personas”. Estos señores buscan que sus herramientas enganchen y, para ello, generan algoritmos que nos analizan basándose en fundamentos psicológicos para después procesar, estudiar y usar (incluso vender a terceros) esa información para colarnos de forma más o menos sutil productos segmentados o incluso ideas. 

Lo de los productos es evidente, pero la publicidad está muy presente en nuestras vidas, no solo en internet. La encontramos en la televisión, la prensa o cualquier otro medio “tradicional”, pero también en marquesinas, lonas de edificios en obras, centros comerciales, paneles en las carreteras… Aunque hay que reconocer que en la red hay un salto cuantitativo y cualitativo multiplicándose en velocidad e intensidad.

En relación a las ideas hay algo preocupante, pues según un estudio del MIT las noticias falsas se propagan 6 veces más rápido que las verdaderas y esto en parte tiene que ver con que el algoritmo no verifica los datos, sino que le da prioridad a lo viral. Así que, algo que podría ser positivo como lo es la búsqueda de información, se convierte en todo lo contrario. Pero es que además de esta desinformación parece que Facebook, Youtube y Google dan diferentes resultados a la misma búsqueda dependiendo de los datos del usuario, tanto su localización como su comportamiento. Así pues, se genera una extrema polarización de la opinión pública y el auge de teorías conspiratorias. Y es que si en tu entorno todo el mundo piensa como tú, ¿cómo no vas a tener la razón?

En este aspecto el documental cae en la trampa de la equidistancia, lamentándose de que cada vez haya más polarización como si ambos extremos fueran iguales. Aquello de los extremos se tocan. Y para más inri apoya esta tesis con imágenes únicamente relacionadas con actos de la extrema derecha (pizzagate, supremacistas blancos en EEUU, un tiroteo de un neonazi en Australia…).

Con todo lo expuesto, el error de El dilema de las redes sociales es que no va a la raíz, no ahonda en el verdadero problema. Se basa en echar la culpa a la ciudadanía más que a las empresas que llevan a cabo tales prácticas abusivas. Y lo que muestra no es otra cosa que una cara más del capitalismo, un sistema individualista en el que la gente cada vez está más aislada y con la necesidad de sentirse querida, aceptada y valorada. Los likes y el número de seguidores dan esa falsa sensación de proximidad, de comunidad.

Por otro lado, en el documental se critica a las redes sociales y el uso de algoritmos, pero lo hace a través de Netflix, una plataforma que también analiza el comportamiento del usuario para después ofrecerle un contenido u otro.

Pese a sus carencias, deja alguna recomendación positiva que a nivel particular podemos llevar a cabo como por ejemplo deshabilitar al máximo las notificaciones de las aplicaciones o herramientas para solo acceder a ellas cuando queramos, no caer en las recomendaciones (que están basadas más en publicidad de anunciantes que en la información) sino buscar personalmente los contenidos, desconectar los dispositivos una hora antes de irnos a dormir, ampliar nuestra burbuja de personas con quien nos relacionamos para abrirse a otras ideas o pensar antes de dar un me gusta o retuitear.

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Para concluir, podrían haber obviado la parte en la que una familia dramatiza la adicción a las redes de cada uno de sus miembros. La introducción de este componente ficcionado no ayuda en un documental que pretende ser serio. Aunque, como dije al principio, deja bastante que desear. Ha resultado ser más ruido que otra cosa.


 
 
 

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