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EL AMOR-AMANTE DEL DIOS-AMOR (Parte I)

Jan 4, 2019
17 min read
Por: Diego Pereira Ríos
Mi alma se ha empleado,
y todo mi caudal, en su servicio
no guardo ganado,
ni ya tengo otro oficio,
que ya sólo en amar es mi ejercicio.
SAN JUAN DE LA CRUZ

El amor amante como experiencia humana

                  El amor humano tiene infinitas características, tanto como personas existan. De la misma forma, el amor puede ser expresado de diversas maneras que a su vez se representan en diversas imágenes. Una de ellas -elegidas para este escrito- es la imagen del amante. Como amor-amante nos convertimos en personas que ejercitamos el amor en el mismo acto de amar. Amamos a personas que nos llenan el corazón, que nos consideran importantes y a las cuales nosotros creemos necesarias y por ello ofrecemos nuestro amor y protección. De ahí el amor de padre, de madre, de amigos, de hijos, de esposos, de novios. Si hemos sido amados, sabemos amar. Pero también está el amor puesto en la vocación, en la misión, en el camino a que somos llamados, en ese lugar que nos toca experimentar que nos corresponde en la vida de otros. Incluso hay algo tan misterioso en ciertos ámbitos de la vida donde nos encontramos amando sin darnos cuenta. Amamos aun cuando no tenemos conciencia de estar amando. Amamos cuando estamos en el lugar de amantes: es el amor en movimiento en y a través de nosotros. Es la experiencia de sentirse habitado por el amor, que no es algo sino alguien que, a través de nosotros y con nosotros (pues no puede hacerlo sin nosotros) ama a otros en un mismo acto donde también nos sentimos amados.

            Por eso amar es un ejercicio. Como todo ejercicio se aprende en acción. Nadie puede amar sino ama, y no se ama si no es amando. Y nadie es amado si no se deja amar. Corremos serios riesgos de equivocarnos cuando medimos el amor en tiempo y prácticas humanas. Esto es obvio, pues somos personas. Pero no es tan simple o tan obvio cuando de Dios se trata. Como seres humanos creemos que alguien nos ama en el mismo acto de amor: el amor se expresa cuando nos convertimos en amantes. Somos amantes cuando entregamos nuestro amor a alguien que amamos y creemos que se merece nuestro amor. De la misma manera recibimos el amor de un amante a quien le hemos confiado nuestro ser y creemos que somos merecedores de su amor. Como amantes damos y recibimos amor, nos entregamos confiados a otros y recibimos en nuestra casa el ser de otro que se confía a nosotros. Dar y recibir son movimientos interiores, ambos activos. Dar implica salir de sí mismo, ir hacia otro, dejar un lugar para instalarse en otro donde no sabremos si estaremos seguros. Recibir implica la confianza en quien viene hacia nosotros y quiere entrar. Dar y recibir son, en su diferencia, acciones que tensionan todo nuestro ser y nos disponen o nos cierran al amor.

            Decíamos arriba que estas ideas pueden ser aceptadas o al menos comprendidas cuando hablamos del amor humano y que es más complejo aún en relación a Dios. Falta aún una aclaración antes de entrar en ello. La palabra amante puede ser hoy, mal comprendida. Si bien la introdujimos ya en el texto, debe ser explicada. Tradicionalmente todos comprendemos que ser amantes alude en general a la relación de intimidad de una pareja que de por sí se ama, y por eso en el ejercicio de su amor, son amantes. Pero también es amante una madre, un padre, incluso los hermanos y amigos. Pero desde hace un tiempo largo hay nociones que tergiversan esta idea. Muchas veces expresiones como “tengo un/una amante”, “soy amante de”, o “fulana y yo, somos amantes”, dan cuenta de una relación que no logra ser del todo descubierta a los ojos de los demás, incluso que es algo escondido, con cierto engaño hacia un tercero. Lo entendemos más fácilmente cuando existe una pareja con cierto compromiso donde uno de ellos mantiene una relación por fuera de esa primera relación, y que es escondida por uno de los dos. En esto hay engaño e infidelidad. Por eso al hablar de ser amantes debemos hacer la diferencia entre el uso del término y su significación ontológica.

            El uso del término queda claro a partir de los ejemplos presentados. Es un mal uso del término pero que nos da una pista que es positiva: si alguien busca en un tercero lo que no encuentra en su pareja o en el ser amado, es porque no se siente completo, complacido, plenificado. Nos da una nota del ser humano: la búsqueda continua de la plenitud que lo lleva incluso a cometer errores en pos de saciar esa sed profunda. Es un acto, en algunos casos, que media entre al conciencia y la inconciencia de los propios actos, de saber que se está haciendo mal en busca de un bien. Es un acto egoísta propio de la persona egocéntrica. El daño o defecto, en este caso, es moral y refiere a una de las dimensiones antropológicas más importantes. No sólo es un daño en la compresión propia del ser que hace el mal, sino que provoca daño y dolor a otra persona. Partiendo de la experiencia del uso del término, vemos que trastoca lo ético expresado en términos que se van asumiendo en el lenguaje cotidiano y que promueven una idea de una acción intrínseca a la naturaleza humana. Todos tenemos la necesidad de ser amantes, de dar amor y recibirlo, pero con la misma necesidad de tener conciencia de que no estamos engañando a nadie, no sólo a un tercero, sino que a nosotros mismos.

Ser amantes, desde una comprensión ontológica del ser humano, es algo bien distinto. Es la misma constitución del ser humano la que fue creada amante. Es esa capacidad de dar y recibir amor de la que hablamos, pero sin engaños, sin terceros sino que es destinada a un ser por excelencia, con cierta predilección. Al decir “sin terceros” refiero a que no hay engaños, no hay anda que esconder, en primer lugar a nosotros mismos. Se ama en sinceridad, en transparencia de intenciones y en completa conciencia de las decisiones y acciones. Y la predilección tiene que ver con que la persona que ama, sabiéndose amante por naturaleza, es capaz de vivir amando siempre teniendo como destino una persona concreta o, incluso, la humanidad toda. Si bien se parecen, las finalidades son distintas. Somos capaces de ser amantes y podemos amar a más de una persona, pero sin engaños, sin tapujos, sin mentiras. Ser amantes y ser coherentes va de la mano. Es parte de ser consciente de las necesidades propias pero que son superadas por la necesidad de amor de otro y otros a quien nos confiamos.

La fe en un Dios-Amor

            Como cristianos hemos asumido desde siempre que Dios es amor. Así lo expresa san Juan en el texto tan conocido y citado en algunas celebraciones matrimoniales: “Por nuestra parte, hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en él. Dios es amor: el que permanece en el amor, permanece en Dios y Dios en él.” (1Jn 4, 16). Pero también el amor de Dios es madre como reza el Salmo 130: “Señor, mi corazón no es ambicioso, ni mis ojos altaneros; no pretendo grandezas que superan mi capacidad; sino que acallo y modero mis deseos, como un niño en brazos de su madre. Espere Israel en el Señor ahora y por siempre”. En este caso, Israel es personificado en un niño que se confía al amor de Dios como una madre. La imagen del niño en brazos es la ternura recibida de quien es dependiente y frágil. Pero este texto tiene aún una nota especial al decir “acallo y modero mis deseos”. El amor logra frenar esos impulsos que no son fáciles de manejar, como el deseo, y que son encaminados a un bienestar mayor. Librados al azar nos pueden llevar al sufrimiento, pero bien direccionados pueden llevarnos a experimentar incluso, la maternidad de Dios.

            En el plano de la relación de pareja, el amor de Dios se muestra como el que perdona todo engaño, toda traición, toda injuria. Incluso el desprecio del amor entregado en rectitud. El libro de Oseas expresa el matrimonio de un hombre recto y entregado a Dios con una mujer infiel, una de tantas con la cual se compromete a amar. Personificado en un esposo, Dios demuestra su amor por Israel y por la humanidad. Una mujer que nadie quería ahora es amada por un hombre que busca la voluntad de Dios. Pero la promesa primera del amor del esposo con la esposa, en derecho y rectitud de intenciones, se verá traicionada por el proceder de la esposa. La infidelidad, la ruptura de ese pacto de amor, implica echar por tierra la palabra asumida pero sobre todo el desprecio por el amor que se le fue confiado. Pero todo ello se verá perdonado a fuerza del amor prometido y sostenido en el tiempo al punto de que Dios le dice a Israel, el esposo vuelve su mirada a la esposa y le habla: “Yo te desposaré para siempre. Justicia y rectitud nos unirán, junto con el amor y la ternura, Yo te desposaré con mutua fidelidad, y conocerás quién es Yavé” (Os 2, 21-21). Dios que es amor eterno se com-padece (padece con, sufre con) de su esposa y no solo la perdona, sino que renueva su pacto de amor.

            San Pablo nos da varias pistas acerca del amor: “El amor es paciente y muestra comprensión. El amor no tiene celos, no aparenta ni se infla. No actúa con bajeza ni busca su propio interés, no se deja llevar por la ira y olvida lo malo. No se alegra de lo injusto, sino que se goza en la verdad. Perdura a pesar de todo, lo cree todo, lo espera todo y lo soporta todo” (1Cor 13, 4-7). Nos muestra algunos rasgos que caracterizan el amor benigno, el amor expresado en un ámbito bien y verdad, de total transparencia. El amor humano puede asemejarse al amor de Dios si intenta imitarlo, si es capaz de amar por sobre todas las cosas. La paciencia, la bondad, la mansedumbre como frutos de la persona habitada por el del Espíritu Santo, logran combatir con valentía las influencias del mal de la envidia, del rencor, de la desconfianza. Esperarlo todo en el amor de y con el otro, es el accionar propio del amor de Dios hacia el ser humano. Es un amor que siempre busca el bien, es un amor que vive para amar y hacer sentir amado a quien se disponga a recibirlo. Es el amor del amante: su característica es la de quien está dispuesto a amar en todo momento y circunstancia.

            El ejemplo más grande de amor, para los cristianos, tiene que ver con la historia de Jesús, el Hijo de Dios. Asumimos que Dios nos ha mostrado el camino para amar y en este sentido “Dios ejemplifica el amor, Dios es el modelo del amor. Aprendemos lo que es el amor mirando a Dios, no a nosotros mismos. Pero ¿cómo se hace esto? Se hace, se nos dice, mirando la historia de Jesús de Nazaret, su enseñanza su muerte y su resurrección, como la revelación del amor de Dios” (McFague, 1994, p. 209). Es en Jesús donde tenemos una pedagogía del amor y donde encontramos una forma de ser y de vivir en un constante ejercicio de amor. En ello, no basta saber la historia de Jesús o conocer los Evangelios donde leemos acerca de las acciones y las palabras de Jesús. Es necesario algo más. Así como dijimos que si una persona no es amada, no podrá amar “así también ningún corazón humano despierta al conocimiento de Dios sin la libre donación de su gracia, en la imagen del Hijo” (Balthasar, 1990, p.69). Es Jesús el que revela el camino del amor. Siguiéndolo a él, nos aseguramos caminar en y hacia el amor.

El Dios-Amor se acerca en Jesús

            Son varios los textos bíblicos que presenta a Dios como amor. Sobre todo como un amor que transforma la vida de la persona que se dispone a recibirlo. La imagen de Dios como padre, como madre, como esposo, le da a Dios características humanas concretas, posibles, alcanzables que se revelan a la persona abierta a entrar en comunión con él. Se experimenta gozo, consuelo, perdón, aceptación, una nueva vida renace en una misma naturaleza. El amor de Dios lleva a la conversión: de no creer en él pasamos a una relación de cercanía, de experiencia vital que atraviesa todas las dimensiones de la vida humana. De un Dios lejano e inaccesible pasamos a vivir una relación de cara a cara, de una cercanía que se puede experimentar. Este Dios que viene con Jesús es alguien cercano, como decía Ratzinger: “Jesús es el testigo de Dios, por quien lo intangible se hace tangible, por quien lo lejano se hace cercano” (Ratzinger, 1969, p. 57). Esta cercanía, a la cual le podemos acceder tiene efectos en nosotros que podemos vivir, sentir, pero también inteligir. Nos cambia, nos transforma, no une más a él y nos introduce en un camino de aventuras hacia las profundidades del mismo ser de Dios, pero también como un viaje a nuestro interior más profundo. El Dios de Jesús nos convierte en mejores seres humanos.

            Este acercarse de Dios al ser humano no es algo eventual ni casual, no significa que hoy esté y mañana no. No lo es, por un lado, porque Dios llegara un día a retractarse. No se trata de que hoy Dios esté y que luego vaya a desaparecer. La experiencia plasmada en la Biblia siempre indica que el compromiso de Dios es para siempre. Para siempre son las alianzas selladas con Israel donde Dios se compromete a cuidar de su pueblo revelándose como el “eterno” y por eso demostró su fidelidad a Abraham, a Isaac, a Jacob. En Moisés se revela de modo nuevo donde reafirma estar siempre con ellos hasta instruirlos en el amor. Aún mayor será la nueva y eterna Alianza que Dios sellará por medio de Jesucristo. Él es la muestra creíble de que Dios da un paso más en su compromiso: se revela en carne humana, se hace no sólo visible y audible, sino que palpable. Dios baja de su santo trono y se pone en nueva cercanía para estar más cerca de cada ser humano. Por otro lado, tampoco es algo eventual la cercanía de Dios con el ser humano, a partir de la infidelidad que éste pueda cometer. Que el ser humano deje de creer, se aleje de Dios o que no lo busque más, no implica que Dios no esté presente. Incluso cuando lo buscamos incansablemente, muchas veces Dios se revela como aquel que está en lo más interior de nosotros mismos (Cfr. San Agustín).

            Es en Jesús donde creemos que Dios se revela de una forma plena y determinante: Dios se da a sí mismo en la intimidad de cada persona. Esta autocomunicación se da en un clima de libertad, donde cada uno no pierde su lugar ni deja de ser quien es: “Autocomunicación divina significa, por tanto, que Dios puede comunicarse a sí mismo como sí mismo a lo no divino, sin dejar de ser la realidad infinita y el misterio absoluto, y sin que el hombre deje de ser el ente finito, distinto de Dios” (Ranher, 2003, p. 151). En este sentido Jesús no deja de ser Dios y el ser humano no deja tampoco de serlo. Pero aclara Ranher: “si decimos que Dios se da para nosotros en una comunicación absoluta de sí mismo, con ello afirmamos que esta autocomunicación de Dios está dada bajo el modo de cercanía” (Ranher, 2003, p.151). El movimiento de acercamiento que parte de Dios hace que la naturaleza humana se transforme, sin dejar por ello su humanidad, pero sí siendo transformada, renovada. La fibra más íntima del ser humano se ve convertida en una nueva creación. Y todo ello por el amor de Dios a cada ser humano. Es un amor en ejercicio por tanto un amor que es amante. Un amante cercano.

La dificultad de creer en un Dios como amante

Desde la idea de amante comprendida desde su significado ontológico podemos continuar con el desarrollo de la idea de un Dios que es amor y que ama al modo de un amante. Tarea nada fácil aun cuando hoy creamos tener un pensamiento y mente abiertos. Como afirma McFague, la tradición cristiana ha rechazado la utilización del término amante para asignárselo a Dios y esto sucede aún hoy en día: “Los cristianos no hablan de Dios como amante o, en cualquier caso, sólo lo hace un grupo marginal de místicos medievales” (McFague, 1994, p. 210). A pesar de las infinitas exégesis bíblicas, las reflexiones de los grandes pensadores cristianos, los aportes de las ciencias humanas, aún nos cuesta hablar de Dios como amante, cuando del amor hacia el ser humano se trata. Si se carga la idea de erotismo, si se nos lleva a pensar en deseo, en pasión, ¿acaso no estamos hablando de una de las experiencias humanas más íntimas y profundas? ¿Acaso Dios cuando toca el alma no toca también el corazón –que es carne-, no toca nuestro cuerpo, no toca nuestra mente, nuestras funciones vitales?

            Las dificultades para experimentar y verbalizar el amor de Dios como amante pueden ser muchas, pero hay algunas que en la actualidad son fácilmente perceptibles. Afirma María Donadío que “Los problemas surgen cuando el hombre ha de armonizar lo natural y lo histórico, lo necesario y lo libre, la aceptación y la elección, la subordinación y la independencia” (Donadío, 2008, p. 159). En este sentido el conflicto se hace multipolar: si el Dios bíblico siempre fue interpretado con mayoría de características masculinas, ¿cómo verlo con rasgos eróticos femeninos? Esto denota un error que es ver lo erótico, casi siempre remitiendo a la mujer y no al hombre. Históricamente nos han enseñado que Dios es Padre y entonces ¿cómo armonizar la idea de un Dios amante cuando nosotros somos sus hijos? En el caso de los hombres, ¿cómo vivir la relación con Jesús en calidad de amantes? Si el amor nos hace libres y la pasión y el deseo es de lo más íntimo del ser humano, ¿Por qué no vivirlo como necesario?. ¿Cuántos personas sufren en su alma los conflictos de las ideas aprendidas y los impulsos naturales que le reclaman su cuerpo? ¿Cuántos se reprimen, cuántos se enferman a causa de ver que sus sentimientos y necesidades de expresar el amor no son los mismos que enseña la religión?

            Donadío elige los términos “subordinación y dependencia” que reflejan la situación de contradicción en la cual nos encontramos. Hemos sido obligados a subordinarnos y someternos -con una santa obediencia no del todo claras- a ciertas ideas “porque así lo dice la autoridad” o “porque siempre se hizo así”. Hay ideas de la religión en general que no entendemos pero que son culturales, o incluso contraculturales. Patriarcalismo, machismo, xenofobia, poder sagrado, elección divina, voluntad de Dios, entre tantas otras ideas, son las que culturalmente siguen vigentes y que no nos permiten vivir la espiritualidad de la forma que necesitamos. Vivir el amor hacia Dios y recibir su amor, nos hace entrar en una dimensión íntima con Dios donde todos nuestro ser está involucrado. De la misma manera que a un hombre se le dificulta, por ejemplo, afirmar que se siente “enamorado” de Jesús, una mujer entra en contradicción al creer que puede amar apasionadamente a Jesús y a su esposo. O es uno o es otro, a los dos no se puede. ¿Por qué no? Según los cánones aceptados solamente la vida consagrada permite vivir el amor hacia Dios de esa manera. No basta que eso hace mucho se contradiga, no basta lo escrito en los documentos doctrinales. A nivel cultural e histórico sigue siendo muy difícil vivir la dimensión amante de Dios.

El eros en el amor del Dios-amante

Afirma el apóstol Juan: Dios es amor: el que permanece en el amor, permanece en Dios y Dios en él.” (1Jn 4, 16), y esto todos lo creemos, o al menos, queremos creer y lo queremos vivir. Si Dios nos habita entonces permanecer en el amor implica que Dios ama en nosotros, a través de nosotros. Amar es poner en actividad el amor que poseemos, o mejor dicho, dejar ser al amor que nos posee. Se trata de ser amantes. Si podemos expresar el amor es porque somos amantes y si somos amantes es porque Dios también lo es, en nosotros. Cuando no logramos estar conscientes del amor de Dios debemos preguntarnos si estamos amando con correspondencia. El examen de nuestra forma de amar nos lleva a encontrar ciertos obstáculos que nos lo impiden, pero esto no es limitación definitiva para el amor de Dios. En estos casos Dios nos sacude para poder destrabar lo que nos obstaculiza y en ello el sujeto “sólo puede interpretarlo como amor de Dios que tiende su mano hacia él, que le libra de sus prisiones y cadenas, y que lo coloca en la libertad del amor divino y del amor humano” (Balthasar, 1990, p.66). Si la Pasión de Cristo implicó el consecuente sufrimiento en la Cruz, esa misma pasión de Dios por cada persona le hace experimentar el amor como purificación. Pero una purificación que también es necesaria a nivel de nuestro pensamiento, de las ideas aprendidas.

            Esta pasión de Dios por el ser humano no sólo puede apuntar a su alma o su espíritu, sino que también a su cuerpo. Y como pasión amorosa implica el deseo. Ese deseo trae consigo un encuentro íntimo, profundo, que se experimenta en la carne, que emociona y nos hace vibrar. El amor en sus tres términos descriptivos es eros (amor que encuentra valioso al amado, de los amantes), agapé (amor que no espera nada, de los amigos) y philia (amor que vive para el bien, de todos), no puede “reducirse al deseo sexual, pero todos, en formas diferentes, dan testimonio de la unicidad del amor, evidente en la unión sexual, como «lo que impulsa todo cuanto existe hacia todo lo demás que existe». El sexo es el símbolo físico básico de la unidad” y “debe concedérsele su sagrado lugar como el único acto que en toda la escala de la creación expresa el deseo de estar unido a los demás” (McFague, 1994, p.219). Esta afirmación, que sigue el pensamiento cristiano de Paul Tilich, fue sostenida también en la encíclica Deus caritas est:

“La fe cristiana, por el contrario, ha considerado siempre al hombre como uno en cuerpo y alma, en el cual el espíritu y materia se compenetran recíprocamente, adquiriendo ambos, precisamente así, una nueva nobleza. Ciertamente, el eros, quiere remontarnos ´en éxtasis´ hacia lo divino, llevarnos más allá de nosotros mismos, pero precisamente por eso necesita seguir un camino de ascesis, renuncia, purificación y recuperación” (Benedicto XVI, 2006, 5)

Sin duda el amor no puede ser reducido al sexo pero no lo puede evadir, pues el eros posibilita que los amantes expresen su amor mediante el cuerpo y amen al amado en su cuerpo. El cuerpo no es sólo el vehículo del amor, sino el lugar privilegiado del encuentro. Y el sexo, como actividad física, psicológica y espiritual logra vivirse desde el eros “como atracción apasionada por lo valioso y el deseo de unirse a ello” (McFague, 1994, p.219), así los amantes se desean y anhelan unirse mediante el amor entregado en gratuidad. Este es el camino que creemos que toda persona puede transitar logrando una sana conciencia y una santa paz: amar a Dios y al prójimo implica también el deseo provocado por el eros que trae consigo la atracción física. Y esto es válido tanto para el amor humano como para el amor divino, ya que el amor es siempre hacia un otro personal. De alguna manera la Fórmula Antropológica Breve presentada por Ranher cobra aún más sentido:

“El hombre sólo llega realmente a sí mismo en una genuina autorrealización, si osa entregarse de manera radical al otro. Y si hace esto, aprehende (sea de forma atemática o explicita) lo que significamos con la palabra Dios como horizonte, garante y carácter radical de tal amor; en efecto, Dios, por su propia comunicación, se convierte (existencial e históricamente) en espacio de la posibilidad de ese amor. Este amor es entendido aquí en un sentido íntimo y social y, en la unidad radical de ambos momentos, es fundamento y esencia de la Iglesia” (Ranher, 2003, p. 523).

            Relacionando ambos textos de dos grandes teólogos, surge la gran interrogante de porqué aún nos cuesta experimentar a Dios como un amante apasionado por el ser humano, capaz de hacerle experimentar los deseos más profundos de su corazón, su alma, pero también de su cuerpo. Si bien Benedicto XVI propone una necesaria ascesis y una purificación, estas tienen que ver con el discernimiento a la hora de elegir a quien entregar el don sagrado del sexo que trae un respeto por sí mismo y gran amor propio. Por eso no se trata de darse a cualquiera pues el sexo por sí mismo pierde su valor sin el amor. El amor, movido por el eros, lleva al amado/a a entregarse a su amada/o mucho más allá del mismo sexo. El sexo es un momento especial y privilegiado –por eso sagrado- de los amantes, pero el amor asegura un amor comprometido, como dice Ranher: radical y fundamental, tanto en su dimensión íntima como en la social. Y en este sentido, si el amor es el fundamento social de la Iglesia como institución humana que cree en un Dios amor, ¿por qué seguimos aprendiendo un discurso tan distinto? ¿Qué es lo que se sigue enseñando desde la teología que no logra hacernos libres para amar y aún percibir el modelo antiguo de ver el pecado en todo lo relacionado al sexo?

            La propuesta de vivir a Dios como amante es una oportunidad una reconciliación de la idea de Dios con la humanidad, en la búsqueda de una sanación interior y total. El avance científico que nos aporta un mayor conocimiento acerca del ser humano debe corresponderse con la visión humanista de la filosofía y ello en búsqueda de una teología que aún nos suena muy antigua. La misma doctrina del pecado original, ni es comprendida por las nuevas generaciones y, en los casos que se entiende, es resistida por sí misma. Es difícil asumir que el pecado de Adán aún sigue generando consecuencias hoy. Por lo mismo, el manejo tendencioso de los textos bíblicos para reafirmar el lugar de preponderancia del hombre sobre la mujer dentro de la Iglesia, se contradice a la prédica cotidiana de que “todos somos iguales ante los ojos de Dios”. Los movimientos feministas mundiales, aún con sus errores metodológicos, son muestra de que la mujer está insistiendo en su reivindicación como igual al hombre. Es hora de que despertemos a estas realidades. En lo que nos ocupa, si ser amantes nos plenifica y es una de las expresiones más hermosas del amor entre humanos, debemos asumir que nuestro Dios es un amante apasionado por el ser humano y que busca hacerle sentir su amor en todo su ser.

Diego Pereira
 
 
 

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