El 47
El 47 cuenta la historia Manolo Vital (Eduard Fernández), un conductor de autobús que, harto de que el Ayuntamiento de Barcelona sostuviera que el transporte público no podía llegar al barrio de Torre Baró porque las calles eran demasiado estrechas, empinadas e inseguras, se adueñó del bus de la línea 47 para demostrar lo contrario.
La cinta arranca en los años 50, cuando los primeros inmigrantes (mayoritariamente del entorno rural de Extremadura o Andalucía) llegaron a la ciudad condal en busca de un futuro. En este prólogo conocemos a Manolo Vital, quien huyó de Valencia de Alcántara para escapar de la miseria y de la represión que se vivía en el campo y se compró un terreno en la periferia de Barcelona con intención de levantarse allí su hogar para él y su hija. Le vemos trabajar por la noche sin descanso y a contrarreloj junto con decenas de charnegos para llegar al alba con una casa techada terminada. Y es que la única garantía de que las autoridades no obligaran a los propietarios a echarlas abajo era que fuese cómo fuese la construcción, tenía que tener un techo. Así, aunque se tratara de poco más que unas chabolas, el primer paso era techarlas, ya tendrían tiempo más adelante de mejorarlas. Y así nació Torre Baró, una barriada en el extrarradio barcelonés.
La historia salta a 1978, época en la que los primeros ayuntamientos democráticos tras la dictadura empezaban a integrar los barrios obreros que habían surgido sin planificación. Y es que aquellos emigrantes levantaron sus casas, sí, pero las barriadas como Torre Baró no tenían acceso a los servicios básicos como la electricidad, el agua corriente, el alcantarillado o la pavimentación de las calles; mucho menos escuelas, ambulatorios o transporte público. Manolo intenta solicitar por la vía legal que el autobús 47 conecte a los cientos de vecinos que van cada día desde la periferia a Barcelona a trabajar o usar esos servicios de los que carecen, sin embargo, se encuentra con un via crucis burocrático que parece sacado de una novela de Kafka. Así, harto de ir de una ventanilla a otra y de que los políticos de turno le den largas, un día en medio de su turno decide demostrar que el autobús sí que puede subir hasta Torre Baró.
El 47 destaca por su manera de entrelazar las historias personales de los vecinos de la barriada (aunque Manolo esté en primer plano) con el contexto sociopolítico del momento, retratando una realidad que resuena en muchas partes de España. Y es que está centrada en la periferia de Barcelona, pero en Madrid ocurrió igual. Villaverde, Vallecas, San Blas o barrios de ciudades como Leganés, nacieron de forma similar, sin planificación urbanística alguna, sino construidos por los propios residentes y consiguiendo servicios a posteriori y después de una gran lucha vecinal. El bus 47 no es solo un medio de transporte, sino un símbolo de una conquista conseguida por una comunidad marginada.

El 47 es muy meticulosa en su recreación de la época, completándola con imágenes de archivo que refuerzan la esencia de la periferia barcelonesa de los años 60 y 70. La banda sonora, que recurre a música folclórica y popular del momento contribuye aún más a meternos de lleno en la historia. Eduard Fernández, como Manolo Vital se carga sobre sus espaldas la película porque, aunque hay secundarios espléndidos, él está magistral (es cierto que su acento extremeño a veces cojea, pero se le perdona), como en prácticamente todo lo que interpreta. Consigue capturar tanto la vulnerabilidad como la determinación de su personaje y crea un perfecto tándem con Clara Segura en el papel de Carme Vila..
El problema de la película es que aunque nos insta a reflexionar sobre las desigualdades, se centra en lo individual, convirtiendo a Manolo vital en una especie de luchador solitario y dejando lo colectivo relegado a una pequeña parte de la narración. La realidad era muy distinta, este conductor de autobuses formaba parte no solo de un movimiento vecinal estructurado y reivindicativo sino que fue militante de Comisiones Obreras y del PSUC y llegó a ser detenido y juzgado por el Tribunal de Orden Público por sus actividades sindicales y políticas.
No obstante, por lo demás, El 47 es una magnífica película que, lejos de sutilezas, tiene una clara voluntad reivindicativa. Abordando la historia desde el realismo, sin abusar de retórica ni escenas de lágrima fácil, nos invita a reflexionar sobre el papel del activismo en la reivindicación de nuestro espacio urbano. Nos lleva a examinar cómo crecen y se transforman nuestras ciudades y cómo generalmente no se configuran por normativa municipal, sino por la lucha vecinal, por la persistencia y el coraje de sus habitantes más abandonados. Es una fábula de lucha y conquista.

.png)




Comments