Días para aprender.

Que buenas son las lecciones que se aprenden en este camino. Han sido días difíciles, días de aprendizaje, de buenas lecciones. Son esos días que van cambiando la perspectiva con la que vemos las cosas. Días necesarios.
Mi hijo cruza esa edad a la que la mayoría de padres teme: la adolescencia. Edad en la que nuestros hijos nos dejan ver su esencia, esa que asoma por encima de diagnóstico y que combinado con este te hace unas semanas “interesantes”. Soy una madre como todas quizá, entonces lloró, siento ira, confusión y otros sentimientos derivados de los cambios inevitables. Y empecé a darme cuenta de cosas.
Me doy cuenta que la sociedad mira con otros ojos a estos muchachos. Y no hablo de miradas benevolentes o consideradas – aunque esas también aparecen por ahí escasas pero no extintas- Son muchachos grandes en todo el sentido de la palabra y los juicios caen sobre ellos, sobre nosotros, duramente más que en la infancia donde todo se reducía al concepto erróneo de niño malcriado y ahora se asocia tan fácilmente a jóvenes peligrosos.
También me daba cuenta y me preguntaba por qué era tan poco común, por lo menos en mi país, ver jóvenes o adultos con autismo en sitios públicos. ¿Dónde estaban? ¿Se “curaron”? ¿Emigraron a otro lugar? Pero si encontraba a uno sería en el consultorio o en una institución de autismo. En la cotidianidad era muy extraño verlos por casualidad.
Estas dos reflexiones encontraron significado con mi hijo. El ya tiene 1.70 de estatura y yo “algunos” centímetros menos. El T.E.A. acompaña a Sebastián todos los días, esto quiere decir que en algún momento tendrá estereotipias o un tono de voz poco apropiado para un lugar. Su presencia se hará notar porque es un chico con bastante energía, curioso y nada tímido que rompe con el gris de cualquier sitio. Y las rabietas, ya no tan frecuentes pero no menos explosivas, son una lotería que a veces no se puede anticipar, con todo y que sepamos del tema surgirán para retar una tarde de feria por ejemplo. Como su contextura física es la de un muchacho, todos estos plus lo convierten en un ser exótico que atrae la atención y las murmuraciones. Pocos padres he escuchado que hayan sacado “cayo” y no les duela un desconsiderado comentario y por eso, porque es tan diferente en la infancia que en la juventud, el autismo cambia muchas cosas a la fuerza.
Quizá por eso algunos padres con hijos adultos prefieren actividades no tan masivas, tan públicas y otros decidirán arriesgarse y ser tan “normales” como puedan. Me arriesgue a ser del segundo grupo:
El viernes pasado fuimos invitados a una exposición de animales de granja, que incluía caballos y enormes vacas. Sería el plan perfecto para nosotros amantes del campo y la naturaleza. Mi hijo no lo disfrutó para nada y por ahí mismo tampoco yo. Se negaba a caminar y empecé a medir fuerzas. Frustrada por la enorme ventaja que me llevaba desistí y lo miré con resignación. En ese momento trasladaban a unos terneros a otro stand y adivinen… no querían caminar y los jalaban con unos gruesos lazos sin mucho éxito. De pronto mi hijo, quién contemplaba la escena me mira, me acerco y le digo “creo que necesitas un lazo” y como si hubiese entendido la moraleja, y la entendió porque dejó de oponer resistencia, continuamos la visita ya de prisa.
Muchas lecciones se aprenden de la cotidianidad, por eso una institución o las cuatro paredes de la casa no ayudan para nada. Entiendo a muchos padres frustrados, cansados de forzar la socialización con sus hijos prefieren evitar estos escenarios, de verdad que los entiendo, es agotador. Esa es una de las razones por las cuales no ves tantos adultos como niños en eventos masivos. Yo aún desde mi perspectiva, creo que exponerlos a estas situaciones hace que las asuman con paulatina naturalidad (sobre todo la sociedad), eso si brindándoles las herramientas para que tanto ellos como nosotros disfrutemos de esas salidas —seguramente en eso fallé esta vez—.
En la feria que comento por fortuna fueron más las actitudes de tolerancia que las de juicio. Eso motiva. Por eso me gusta la palabra ESPERANZA porque siempre surge cuando parece que nada nos sale bien. Pero no cierro esta entrada sin contarles qué falló: No le pregunté a mi hijo si quería ir a la feria, asumí un sí. Que importante es no olvidar que ellos también deciden sobre todo en la turbulenta adolescencia.

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