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Dolerán las espinas que fueron mariposas

Jan 31, 2019
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Desnúdate, ha pasado el tiempo sin máscaras, deja que los murciélagos videntes sigan avivando el fuego que dormita en la memoria como un temblor de carne muerta.

Quítate la venda de los ojos, que tu lengua no es sepulcro, es un animal herido y violento, una bestia hambrienta acechando a su presa en el luto sin dientes donde habrán de perecer las buenas conciencias y su insoportable vileza.

Afílate las garras, que la tormenta ha llegado a tu puerta sin que te dieras cuenta, eres tan sólo un pequeño insecto en esta selva habitada por monstruos queriendo arrancarte la cabeza y devorarte como hizo Cronos con sus hijos.

Levántate y lucha, que las flores se ahogan en el inmundo pantano de la melancolía, las mismas flores que mueren de sed al calor del último beso.

Levántate y pelea, pequeño hombrecillo, que la luna no es eterna cuando te han arrancado los ojos de un zarpazo.

No te compadezcas de ti mismo.

Prepárate para morder, que la delgada membrana que llevas puesta no está lista para soportar el crujir de los huesos, ni la crueldad del invierno y su hielo mortecino.

Enciende la mirada, amarilla, yergue las púas de tu dorso que alguna vez fueron alas, que nadie te dará una mano para salir de la oscuridad del pozo, estás solo, tú y tu alma, si acaso te acompañan en tu amarga travesía el hinóspito desierto y la cigarra, el alucinógeno llanto de la cactácea.

Arráncate el miedo-gangrena que te ha amputado el corazón, sé fuerte, pequeño hombrecillo, que el aire tóxico que respiras te ha llenado los pulmones de hollín, pero sigues vivo, vivo y crujiente, revolcándote en la asquerosa benevolencia de la compasión humana, ese chiquero de la inmerecida ternura.

Despierta, moja tus ojos de vidrio con solvente y aguarrás, sé como el tigre sin fronteras que reclama para sí su territorio, sé como una botella de alcohol temblando de rabia y placer en los desgarradores gemidos del violín, sé como el grillo y la lechuza para que escuches los muchos horrores que encierra la noche, bébete las espinas que habitan tu corazón como un fermento en la sangre, baila como la comadreja a ras de suelo, afila las piedras con las que habrás de librar las batallas, ensúciate la cara con el hedor de la ira, vuelve a parir los erizos que te hicieron gritar de dolor y acepta tu derrota, deja que el viento combustible siga su curso, vuelve a recordar el infierno que alguna vez habitaste, vuélvete uno con la tierra y la nada, tú que has nacido guerrero y asesino, defiende con la vida el agua fresca que corre bajo tu parcela y defiende también a la mujer que amas, pues llegará la hora maldita, los umbríos callejones donde rodarán las cabezas y no querrás esconderte para siempre dentro de una fosa.

Date cuenta de tu propia fuerza, abraza a tus demonios, baila con ellos, hazles el amor, viólalos si es necesario, que en el panteón de la dolorida noche todavía llueven ácidas muertes desde el cielo, date cuenta de una y vez por todas, que tu cuerpo es una brasa ardiendo que nada ni nadie podrá apagarla, pues tus manos abiertas pueden ser también un fuego que lastima.

Dolerán las espinas que fueron necesarias.

Pero aquí no pasa nada.

Sólo la vida batiéndose a duelo con la muerte, como una herida que nunca cesa.

Aquí no pasa nada.

Sólo la vida masticando sus miedos entre la neblina y los cerros, como una jauría de pies descalzos, una hemorragia de fierros oxidados, la bilis donde se conjugan el sueño y la tormenta, un arenal de mariposas muertas sobre el zacate. ::.

 
 
 

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