Diatriba antifascista a propósito de la caravana migrante

En mis 16 años como periodista, pocas coberturas me han impactado tanto como la caravana migrante. La catástrofe es de gigantescas proporciones. Pero el hecho evidenció el racismo, la xenofobia y la estupidez de muchos mexicanos. Paradójicamente, critican a Trump por denostar a los mexicanos pero ellos hacen lo mismo con los centroamericanos. Ser pobre y luchar por no morir de hambre o acribillado es delito en estos tiempos. ¡Incluso se indignan porque los migrantes “dejan sucias” las relucientes e inmaculadas plazas públicas mexicanas por donde pasan! El fascismo es un germen muy contagioso en estos tiempos.
Pero lo más sorprendente e indignante, me parece, es la mordaza mediática. A juzgar por las noticias, pareciera que los migrantes surgieron de la nada, por generación espontánea. Nadie habla de la violencia y la carestía que trajo consigo el golpe de Estado, el fraude y la dictadura impuesta por el actual presidente de Honduras, Juan Orlando Hernández, con ayuda de Estados Unidos. La catástrofe hondureña no tiene resonancia ni siquiera por el éxodo masivo que ha detonado en toda la región. Los hondureños no son migrantes, son refugiados de una guerra civil que ni siquiera es guerra para los medios de comunicación.
Muchos se indignan con la situación en Venezuela, pero ni siquiera se han enterado del otro desastre que está por consumarse en Brasil, donde un fascista de mierda de nombre Jair Bolsonaro está por llegar al poder con la complacencia, sí, otra vez, de Estados Unidos y su maquinaria mediática, que se reproduce fehacientemente en países que se dicen independientes pero son en realidad colonias del imperio.
Por supuesto, eso no les indigna a los imbéciles que se sienten identificados con el neonazismo, próceres de la higiene a ultranza, ellos, con sus delirios de grandeza a la gringa, insoportablemente ignorantes, vacíos, políticamente indiferentes, seres frívolos y tristes que tratan de esconder su miseria humana odiando al otro: al pobre, al jodido, al extranjero. Por eso sueñan en secreto ser güeros y ricos como Trump, déspotas y tiranos, vulgares, inmundos, machistas que sienten placer sometiendo y sobajando a la mujer. Ese es el “progreso” de la supremacía blanca, ese anhelo que nos han metido a la fuerza en el cine y las noticias.
Pobres diablos. Tan urgidos de todo porque sólo poseen cosas materiales. Tan encerrados en sus prejuicios y sus odios. Tan ensimismados en su propia podredumbre, sin siquiera imaginar que existe un mundo allá fuera, un mundo distinto en el que viven personas que están dispuestas a caminar miles de kilómetros con niños recién nacidos entre los brazos para escapar de la miseria. ¡Y todavía los tachan de irresponsables! Lo responsable, según esta gente ilustrada y estúpida, sería quedarse en su país a buscar trabajo y resignarse a morir de hambre. Total, como “el cambio está en uno mismo”, basta con tirar la basura en su lugar para evitar que los pandilleros de la MS-13 te maten a tiros por el simple hecho de vivir en territorios bárbaros donde la única ley que vale es la ley del más fuerte.
Lo mismo pasa para quienes discuten sobre la viabilidad del nuevo Aeropuerto, sin tratar de entender una chingada, exhibiendo sus prejuicios y fantasías pueriles, como si construir un jodido aeropuerto no trajera irremediablemente consecuencias ambientales, sociales y económicas. Pero hay quienes prefieren vivir en su mundo de caramelo antes de aceptar que el mundo es en ocasiones un lugar terrible donde hay que tomar decisiones dolorosas.
Un infantilismo político, promovido dese la hiperrealidad -ese peculiar rinconcito del capitalismo y la modernidad en el cual, nada existe a menos que salga en la tele y en el Feis- que incita a la inacción política, porque “la política es mala y el poder corrompe”. Pero resulta que nadie está dispuesto a esuciarse los zapatos y ejercer el poder de manera responsable, pues es más cómodo dejarlo en manos de los tiranos o simplemente elucubrar complejas teorías de la conspiración, pero hasta ahí.
Tan podrido está todo. Pero a pesar de que en días como este a uno le dan ganas de echarse a dormir y no despertar, eso no sucederá. Mientras haya vida, habrá lucha. Y mi deber terrestre como periodista y poeta es precisamente ese: luchar contra la estupidez y la oscuridad que se esparce por el mundo en todas sus formas, luchar contra el fascismo y lo prejuicios, luchar contra el odio y la tiranía, con el único objetivo de propagar la alegría y reescribir el mundo. Así he de vivir hasta el último de mis días.
¡He dicho! ::.

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