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Del amor y otros desvaríos

May 9, 2020
3 min read
Día mundial del medioambiente: Pedagogía verde: aprender y crecer ...

Tras leer algunos datos sobre la vida del granjero Luther Burbank, “creador de frutos y flores”, me quedé pensando que metafóricamente hablando, la creación de frutos y flores requiere amor. En todas las tradiciones, de todas las culturas -al menos las que yo conozco- los grandes sabios y profetas han predicado siempre el amor como el camino para conectar con lo sagrado. El amor es la puerta del cielo.


Cuando pasé tres años escribiendo sobre medio ambiente, me volví ‘hippie’ de tiempo completo. Adentrarme en temas como la biodiversidad, abrió mi corazón de par en par. En aquellos años no tenía mucho dinero, pero me sentía muy conectado con lo que estaba haciendo, tratando de entender la naturaleza. Me volví vegetariano por aquellos entonces. Ejercí la compasión lo más que pude, pero me faltaba fuerza para resistir los golpes de la vida. La compasión sin fuerza, es sinónimo de debilidad. Fue un proceso muy difícil, entender estas dolorosas verdades. Se necesita tener el pellejo duro para poder vivir sin armadura en un mundo de lobos siempre al acecho. Ahora caigo en cuenta que quizá por ello, de manera inconsciente, empecé a practicar kung fu por aquel entonces, buscando la fuerza espiritual que me hacía falta. Por eso, cuando morí y renací en aquella etapa de la vida -pues pasar de nivel en el videojuego de la vida implica siempre una muerte y un renacimiento ritual- reencarné con el cuchillo en la boca, nací armado y ataviado para la guerra, como Huitzilopochtli, el colibrí azul. En el proceso me volví duro, severo, implacable, y me sirvió mucho para crecer y aprender a lidiar con algunos obstáculos que era necesario enfrentar. Pero después de tantos años en la guerra, advertí que mi comportamiento se había vuelto más agresivo hacia los demás, como un reflejo natural de todo ese proceso. Desde que noté aquello, he trabajado en esculpirme a mí mismo para perfeccionar los errores, cual artesano de mi propio destino. En el camino, tuve un impulso muy fuerte de reencontrarme con el viaje, y decidí irme a la India. Muchas personas me advertían que no fuera, por aquello del coronavirus. Fiel a mi costumbre, no les hice caso, y seguí sólo el llamado de mi propio corazón. Pese a los problemas que surgieron en el camino -porque en la vida siempre surgen problemas y es bueno que eso suceda- la experiencia me ayudó a reconectarme con la naturaleza. El viaje vertiginoso se vio interrumpido cuando la histeria del mundo me alcanzó hasta el Himalaya y me vi obligado por las circunstancias a pasar mes y medio encerrado en un ashram, a orillas del río sagrado del Ganga. Dicen que quien se baña en las aguas de ese río, se limpia por dentro, y yo soy fiel testigo de ello. Por eso traje conmigo un poco de las aguas sagradas y medicinales del Ganga, para compartir con aquellos que la necesiten, aunque algunas personas sólo puedan ver en ellas “agua con meados”. La percepción es forjadora del propio destino, como también vi ahora en el segundo episodio de The Last Dance, cuando después de una fractura que amenazaba con acabar su prometedora carrera, Michael Jordan no hizo caso a los medrosos personajes que estaban a su alrededor, y a base de esfuerzo y concentración hizo lo que tenía que hacer: convertirse en el mejor basquetbolista de todos los tiempos.

El caso es que aunque el regreso a la “normalidad” después de un viaje largo siempre es difícil, pues uno ve las mismas cosas desde otra percepción, me siento muy tranquilo y contento de haber tenido oportunidad de vivir esta nueva etapa en mi vida. Veo mucha gente llena de miedo, y me da un poco de tristeza por ellos, pero también entiendo mejor que cada quien vive su propio proceso, a su propio ritmo, y uno no puede hacer nada al respecto, más allá de cumplir con la misión para la cual hemos sido elegidos para realizar el propósito de una inteligencia superior, la inteligencia de la sagrada naturaleza que nos susurra en el corazón.

En toda esta vorágine de enorme confusión, noticias falsas, conflictos políticos e intentos desesperados por salvar al mundo, pienso que no hay cosa mejor que uno pueda hacer que ejercer el amor hacia todas las cosas. En nosotros queda no dejarnos contaminar por un ambiente tan tóxico. El amor es la clave: amar más fuerte, más lejos, más alto, amar sin apegos, sin rencores y sin odios, como mandata el verdadero amor. Amor a los otros, amor a la tierra y el cielo, amor a los árboles y los pájaros y los insectos y las piedras, amor a diestra y siniestra, de noche y de día, amor en ayunas y a deshoras, amor y poesía, y nada más.

Es todo lo que el mundo necesita. ::.

 
 
 

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