top of page

Del amor, el arte y otras tantas patologías

Nov 23, 2019
11 min read
Munch

Las personas inteligentes y sensibles son más propensas a los trastornos mentales. No es casualidad que muchos grandes artistas, hayan vivido inmersos de grandes depresiones o que muchos terminen suicidándose. Vivimos en una era donde las enfermedades mentales son más comunes que en cualquier otro momento de la historia, debido al proceso de desarrollo histórico de nuestras sociedades, sociedades donde se han roto muchos de los lazos comunitarios que en antaño permitían contener esta propensión de las personas a los desequilibrios mentales. Esto explica en buena medida, la epidemia de depresión, ansiedad, compulsiones o fanatismo, expresiones cada vez más comunes en nuestras sociedades. La enfermedad mental no es otra cosa que un desequilibrio anímico, un desequilibrio del alma. La neurosis de la medicina moderna, víctima de sus propios vicios, ha provocado un sobrediagnóstico de estos desequilibrios anímicos, lo cual ha provocado que se ‘inventen’ o se cataloguen como enfermedades mentales cosas que en otros tiempos no eran tales. “Tiene ásperger, tiene déficit de atención, padezco TOC (trastorno obsesivo compulsivo)”. De este modo, la sobrespecialización médica produce enfermos a los cuales hay que diagnosticar para venderles medicinas, tratamientos, etcétera. Y es así que muchos médicos condenan a sus pacientes a la enfermedad, pues el paciente termina asumiéndose como una persona enferma. Esto, desde luego, es un eficiente instrumento de control social. Si una persona padece un desequilibrio anímico, se debe a que está enferma. ¡Pobrecito! Esto maquilla y disfraza las causas profundas que produjeron el desequilibrio anímico. En muchos casos, esto implica un proceso de autocompasión en el que la persona diagnosticada como enferma mental, siente lástima de sí misma, lo cual no hace sino reforzar el desequilibrio al mismo tiempo que ‘libera’ de responsabilidad a las personas sobre su propio bienestar anímico, generando un círculo vicioso en el que la supuesta patología se convierte en explicación y justificación del malestar. “No es mi culpa, es que nací con una enfermedad”. Este proceso tiende a menguar o quebrar la voluntad de las personas. Lo mismo pasa con el “diagnóstico” de muchos problemas (enfermedades) sociales, como la pobreza, fenómeno que si bien se explica a partir de factores sociales específicos, en última instancia esto no es sino una ilusión que puede romperse. Por eso me molestan tanto los estudios sociales que condenan a la pobreza al pobre que se compadece de sí mismo. Al igual que la medicina, los “expertos” de las ciencias sociales quitan al pobre responsabilidad sobre su propio destino. “Estudio señala que el 90% de la gente que nace pobre, muere pobre”. Si uno termina creyéndose el cuento, puede acabar condenado a la pobreza, convirtiendo esa situación en justificación de su propia miseria existencial. Paradójicamente, algunas personas que simple y sencillamente no hacen caso de estos expertos, pueden romper esas barreras y sortear con éxito las muchas dificultades y barreras estructurales que plantean fenómenos complejos como la pobreza. En contraparte, esto mismo ocurre en los estratos altos de la sociedad, donde los ricos pagan a sus propios expertos para inventar un relato sobre cómo su riqueza es consecuencia del “trabajo duro” y su “propio esfuerzo”. Esto ‘libera’ de culpa al rico, quien termina creyéndose sus propias mentiras (“los pobres son pobres porque no quieren trabajar”) para no reconocer que en el fondo de todo proceso de acumulación subyace la explotación de otras personas. Esto explica también esa propensión de las clases altas a promover la caridad, como un mecanismo liberador de culpas, aún cuando esa caridad termina reforzando las relaciones de poder de unos sobre otros, condenando al rico a seguir preso en su delirio de supuesta superioridad sobre el pobre, relato que tatata de justificar relaciones de dominación. De ahí la importancia de promover, como bien afirma Paulo Freire, una pedagogía donde el oprimido pueda liberarse de su opresor, pero que al mismo tiempo, el opresor se libere de su necesidad de oprimir al otro. Un proceso de liberación que busca restablecer el equilibrio anímico en una sociedad enferma. De este modo, muchas patologías sociales no son sino la extensión de desequilibrios mentales que experimentan las personas. Y es aquí donde anidan los fanatismos, esos discursos llenos de animadversión, con los que muchas personas buscan contrarrestar el dolor que produce un desequilibrio anímico arremetiendo contra ‘los culpables’ de su propia desgracia. Una vez más se reproduce el nudo neurótico, que tiende a la autocompasión como una vía que tiene la psique para tratar de justificar un malestar emocional y mantenerse a flote. El nudo neurótico se convierte entonces en un mecanismo de la mente para sobrellevar un gran malestar anímico, es una válvula de escape para preservar la vida en un medio ambiente hostil. ¿Les suena familiar?

De este modo, las enfermedades mentales y las patologías sociales tienen una misma raíz en común: ambas son consecuencia de un desequilibrio del alma. Y no existe en el mundo una medicina, fármaco o droga capaz de aliviar las muchas tensiones, dificultades y contradicciones que plantea la existencia humana, algo que solo puede resolver una introspección profunda que nos ayude a comprender el fluir de la mente. Este sencillo patrón que se reproduce continuamente en la vida de las personas es capaz de explicar todos los males del mundo como consecuencia de un desequilibrio. La vida, por definición, es precisamente eso: un equilibrio energético mediado por reacciones químicas ordenadas que sostienen el metabolismo, ese fascinante proceso evolutivo en el que la materia inerte comenzó a ordenarse de tal modo, que con el paso del tiempo engendró el milagro de la vida. Esto explica la razón por la cual, la aparición de la vida es una manifestación del universo en busca de su propio equilibrio. Lo curioso, es que ese momentáneo y efímero equilibrio al que tienden todas las cosas, es consecuencia del movimiento, y ese movimiento a su vez, se produce a partir de un desequilibrio que busca de equilibrio. Es así que las grandes contradicciones generan el movimiento generador de la historia y la existencia humana. Paradójicamente, la búsqueda permanente del equilibrio es aquello que hace que las cosas sucedan. Esta gran enseñanza fue brillantemente plasmada por los taoístas en el ying-yang, símbolo que a partir de la complementación de los opuestos, genera el movimiento fundamental que explica el origen de todas las cosas. Como un trompo que encuentra un momentáneo equilibrio a partir del movimiento, para luego sumirse en el caos, una vez que el impulso comienza a decaer, hasta permanecer quieto, inmóvil. Pero a diferencia del trompo, este proceso es un flujo continuo de energía donde el movimiento se convierte en calma y viceversa, del mismo modo que la vida engendra muerte y la muerte engendra vida. Un continuo vaivén que el sabio Lao Tse denominó como ‘el ritmo del Tao’, ese continuo devenir que explica la existencia de todos los seres.

Resultado de imagen para yin yang

Toda esta reflexión viene a colación, debido a una plática filosófica que sostuve ayer con un viejo amigo que hacía tiempo no veía. Para mí, conversar con otras personas sobre la vida -esa cosa misteriosa, maravillosa y terrible- es un aspecto fundamental en mi propio camino, mi muy personal búsqueda del equilibrio. A lo largo de mi vida, me he enamorado profundamente un par de ocasiones. En ambos casos la situación terminó mal. Llevo tiempo dándole vueltas a esa situación, tratando de entender por qué. Ambas mujeres, poseían una mezcla de sensualidad y locura que me parece absolutamente irresistible. Mujeres inteligentes, sensibles y explosivas, igual que yo, situación que generaba una extraña “atracción repulsiva” difícil de sobrellevar. Ambas chicas, además, manifestaban (desde mi perspectiva, al menos) una especie de desequilibrio anímico que me parecía hermoso, y al mismo tiempo, despertaba mi curiosidad por tratar de descifrar lo que había debajo de la superficie. Estas inquietudes mías me hacen propenso a buscar personas con este mismo tipo de inquietudes. Me aburren terriblemente las mujeres frívolas, huecas. Pero el problema es que esa misteriosa atracción que ejercen sobre mí estas mujeres pantera, puede ser muy difícil de sobrellevar. Tras varios amargos desencuentros, las cosas terminaron mal en ambos casos. Pero eran cosas que yo tenía que enfrentar para seguir creciendo. “Aprender es cambiar”, dijo el primer Buda al alcanzar la iluminación. Con la primer chica, aprendí que existen personas con una terrible necesidad de morder para tratar de lidiar con sus propias angustias. Por aquel entonces yo era un ‘hippie‘ que procuraba llevar el amor hasta sus últimas consecuencias. Tras llevarme varios chingadazos en el camino, aprendí una durísima lección que durante años me produjo una gran tristeza: no existe la maldad, solo un puñado de gente herida. La necesidad de hacer daño proviene de un daño recibido. “La oscuridad es la sangre de las cosas heridas”, resumió Borges en un inolvidable y espléndido verso. Esta es una verdad terrible e inevitable, pues comprendí que a pesar de todo el amor que uno pueda dar, en el mundo siempre habrá gente lastimada dispuesta a hacer daño. Comprendí entonces, la raíz de la violencia, algo que puede contenerse pero jamás podrá erradicarse, pues siempre existirán personas heridas. Yo me había vuelto vegetariano para tratar de erradicar la violencia, pero a partir de entonces, comprendí que lograr aquello era simplemente imposible. Volví a comer carne, ya sin la culpa de hacer daño. La verdad puede ser un bocado dolorosamente amargo, no apto para cualquiera. Curiosamente, a partir de entonces mi vida mejoró en muchos aspectos. Me volví más duro, pero eso permitió que pudiera impedir que otros abusaran de mí, como solía permitir con más holgura en otros tiempos. No me gustaban las reglas de su juego, pero si no había más remedio que jugar en esos términos, estaba decidido a no dejarme vencer. Tras una depresión de varios años regresé al ruedo con el cuchillo entre los dientes, más fuerte. Eso me permitió abrir puertas que hasta entonces habían permanecido cerradas. Supe que era momento de ajustar cuentas pendientes con viejos fantasmas. Una vez más, terminé herido tras el encuentro pero sobreviví, más fuerte, como el ave fénix que regresa siempre de sus cenizas. No pasó mucho tiempo para que terminara involucrándome con un nuevo amor, una chica de una ternura secreta que me deslumbró. Ella también había visto ese otro mundo, esa otra realidad que va más allá de las falsas apariencias, me lo mostró una vez, pero al mismo tiempo, parecía obstinada en engañarse a sí misma. Su brillo parecía ser opacado por un compulsivo deseo de venganza. Aquello me pareció todo un enigma que traté de descifrar. Me daba curiosidad y al mismo la amaba, por lo cual, yo sentía el deber de advertirle los peligros que yo percibía a su alrededor. Y ocurría entonces que ella explotaba, iracunda, al sentirse expuesta, vulnerable. Utilizaba su máscara de víctima para disfrazar su anhelado deseo de venganza, su profundo resentimiento que alguna vez le hicieron daño. Una persona cegada por la ira es incapaz de amar, a pesar de tener mucho amor escondido en su interior. Pasé varios meses tratando de entender esa situación, hasta que durante la noche me fue revelada la última pieza del rompecabezas a través de un sueño. Comprendí entonces, de dónde provenía la repetición de mi propio patrón, esa tendencia aparentemente inexplicable a la hora de relacionarme con mujeres tan intensas. Pero a pesar de los malos ratos, aquellas experiencias dejan siempre un gran aprendizaje para quien está atento a escuchar lo que tiene que decir su propio corazón. No hay peor infierno en este mundo que quedarse con las ganas de intentar aquello que nos mueve a actuar, desde el fondo de las entrañas. Y también por eso, no hay nada peor para la salud que rodearse de gente lúgubre y tóxica, insoportablemente negativa, gente chiquita que se droga con respuestas fáciles que los ayudan a evadirse, huir de sí mismos, respuestas fáciles que no los incomodan, no los confrontan con sus propios miedos, y así permanecen, rehenes de sus propios miedos, aterrados de su propia sombra. Por eso se estancan, no crecen, no aprenden, se pudren por dentro. “El deseo contenido engendra peste”, escribió sabiamente el poeta William Blake. Yo no dejo que se acumule la peste y a veces prefiero darme el lujo de cometer ciertos arrebatos de locura -a pesar de los riesgos y las consecuencias que traen consigo los propios errores- antes que convertirme en un depósito de peste y dejarme infectar con el virus de la desesperanza. La gente muere y se pudre por dentro cuando las ganas de vivir se desvanecen, las ganas de experimentar, de comerse el mundo a puños. La vida verdadera solo es posible cuando existe voluntad de vivir. En eso consiste el auténtico poder, esa capacidad de hacer cosas a pesar de las adversidades, y por eso mismo, ese otro loco furibundamente genial llamado Nietzsche, consideraba esa ‘voluntad de poder’ como el fundamento mismo de la vida. La voluntad es la gasolina para que pueda ponerse en marcha la pulsión de vivir.

Todo eso es lo que he ido aprendiendo con el paso de los años. Soy un tipo sensible y curioso, situación que me ha llevado a recorrer sendas un tanto extrañas para tratar de comprender los más profundos secretos de la existencia humana. Evidentemente, una búsqueda así no es tarea fácil. En el camino uno puede descubrir verdades terribles, difíciles de sobrellevar. Es entonces cuando uno debe encomendarse a otras fuerzas, para luchar y no dejarse devorar por el monstruo interno. Hay personas que, en esos momentos cruciales, prefiere huir antes que enfrentar al monstruo, por el peligro de salir herido de muerte. Habemos en cambio, personas que, por alguna misteriosa razón, preferimos mirar al monstruo directo a los ojos y cortarle la cabeza. Este triunfo espiritual -presente en el inconsciente colectivo y plasmado en todo mito fundacional de los pueblos y que narra la travesía del ser humano sobre la tierra- es aquello que nos hace crecer, pues sólo cuando uno es capaz de enfrentar sus miedos y salir vencedor en la épica batalla, se encuentre un pasito más cerca de volverse uno con la eternidad, hallar cada quien su lugar en el mundo, disolverse con la nada, volverse inmortal. Esto explica la razón por la cual, los héroes mitológicos parecieran estar rodeados de un áura especial que lo anima a enfrentar toda clase de peligros en busca de su realización espiritual. El héroe es aquel que se realiza en medio de la adversidad. Esa lección la aprendí del supremo arte de la ficción. Por eso yo creo que la verdadera cura para contrarrestar los desequilibrios anímicos del mundo, cuna de todo mal, reside en el arte. Y cuando digo arte, no me refiero a una actividad autocomplaciente que se limite simplemente a un goce estético. El verdadero arte debe confrontarnos con nosotros mismos, sacarnos de nuestra zona de confort, el verdadero arte debe contener un arte-obstáculo que permita también un arte-redención, un arte-alivio, capaz de restablecer el equilibrio perdido inherente a toda la existencia humana. Y esto se debe a que el poder curador del arte proviene de su capacidad para replantear los cimientos del mundo. Si la realidad es un consenso construido socialmente a partir de la percepción, y la percepción es una representación simbólica de la experiencia sensible, esto significa que para convertir la desdicha en alegría es necesario trastocar los símbolos a partir de los cuales interpretamos nuestra realidad. Es aquí donde se produce la transmutación, como bien sabían los antiguos alquimistas que buscaban convertir plomo en oro a través de la piedra filosofal. La verdadera magia no es una mera farsa, como creen ingenuamente los voceros del racionalismo imbécil, sino por el contrario, la magia es esa capacidad de reconfigurar nuestra percepción del entorno, para convertir ls mierda en flores, el agua en vino. Por ello, el poeta es siempre mago y curandero, pues la palabra es conjuro, resonancia cósmica, depositaria de todas las verdades. El poder transgresor y purificador del arte consiste en la metáfora, esa ‘otra forma’ de percibir y sentir el mundo, esa facultad que tienen algunos seres luminosos para “sentir con la imaginación”, como alguna vez dijo Pessoa. La ficción se revela entonces como el fundamento mismo de la realidad. El verdadero arte es un acto sublime capaz de transformar el dolor en dicha y esperanza, germen de futuro, pues el artista sabe muy bien que la fe no es otra cosa sino la certeza de que todas las cosas pasan por algo, y que el dolor puede ser también un gran maestro en nuestro camino hacia la iluminación, la eterna búsqueda del equilibrio, que nos hace mantenernos en movimiento a pesar de todo.

Aprender a fluir, aprender a amar, aprender a perdonar y agradecer por cada bocanada de aire. He ahí el secreto para una vida digna, a través de la cual, pueda revelarse la belleza en medio de la podredumbre. Esa es mi meta: compartir la belleza para ejercer una influencia positiva en el mundo donde quepan todos, los buenos y malos momentos que dan sentido a nuestra efímera residencia terrestre. Todo lo malo es para bien. Por eso mi deber de poeta es propagar la alegría y la esperanza, al igual que se riega el polen de las flores para que pueda volver a nacer el sol cada mañana. Y es para mí una alegría inmensa abrazarlos a todos con mi canto y mi palabra, espejos de mi alma enamorada.

Porque la vida es cuento

y la realidad es ficción.

¡Salud!

Ciudad de México, 23 de noviembre de 2019.

::.

 
 
 

Comments


bottom of page